Mientras algunos disfrutan la música con un café en la mano y un entorno altamente acogedor, también están los que consideran que la música empieza cuando la partitura se vuela por la ventanilla. Este último es el caso de Agustín Baigorrí, un kinesiólogo y quiropráctico sanjuanino, de 34 años, que un buen día decidió que el éxito no se medía en las cuatro paredes de un consultorio propio, sino en los kilómetros recorridos y en las vidas transformadas al paso.
Agustín Baigorrí, el quiropráctico sanjuanino que dejó el consultorio para ajustar columnas en la ruta
Se recibió en San Juan, pasó años de privaciones en Buenos Aires para especializarse y hoy recorre el país en una camioneta adaptada. Con una camilla pública y la compañía inseparable de su perra Bendi, transforma la salud de los pueblos y derriba los mitos de una profesión que busca democratizar.
Hace poco más de ocho meses, el 12 de octubre del 2025, Agustín armó las valijas, subió a su perra a una camioneta reacondicionada por sus propias manos y salió a la ruta. Desde entonces, el mapa se convirtió en su bitácora de imprevistos: el Valle de Fértil para saludar amigos, La Rioja, las postales imponentes de Catamarca durante casi dos meses, el color del carnaval en la Quebrada de Humahuaca en Jujuy, Salta, el calor de Santiago del Estero y las Termas de Río Hondo, Chaco y, actualmente, Corrientes, una provincia que lo abraza mientras planea sus próximos pasos hacia Paraguay y Brasil.
Se podría decir que se trata de un viaje de vocación ambulante. Allí donde frena la camioneta, en una plaza, una costanera o un rincón concurrido, Agustín despliega una camilla, un banner explicativo, una maqueta de la columna vertebral y un cartel concreto: la especialidad, el precio y las redes sociales. Cortito y al pie.
De los malabares en Perú a la rigurosidad de Buenos Aires
Para entender este presente, hay que rebobinar el casete. No es la primera vez que el bicho del viaje lo pica. Apenas se recibió, con flamantes 23 años, pasó dos años recorriendo Sudamérica de mochilero, llegando hasta Colombia. En aquel entonces, la kinesiología quedó en pausa: vivió del malabarismo, la albañilería, la pintura y cuanto laburo se encontrara para costearse la aventura.
No obstante, el destino le tenía preparada una guiñada en Trujillo, Perú. Casi por casualidad, atendió de manera particular a un hombre mayor, accionista de una clínica local, que arrastraba tres años de dolores crónicos tras cirugías de cadera y rodilla. "El hombre solo quería volver a tomar un café con sus amigos a la esquina", recordó Agustín. Bastaron tres sesiones para que el paciente caminara con su andador hasta el bar. Impactado por el ‘milagro’ de la rehabilitación, el empresario le ofreció la jefatura del área de fisiatría -fisioterapia en Perú- de la clínica. El sanjuanino, con las alas desplegadas y el rechazo natural a quedarse estancado, agradeció y siguió viaje.
El regreso a la Argentina marcó una etapa de sacrificios profundos. Se instaló en Buenos Aires con un objetivo claro: estudiar el posgrado de quiropraxia, una carrera de tres años intensos (de 2017 a 2020). Fueron épocas duras, de soledad en una pensión y presupuestos ajustados. La rutina era demoledora: trabajar de lunes a viernes en consultorios por hora y atendiendo pacientes particulares moviéndose en tren, subte y colectivo; y cursar sábados y domingos de 9 a 18 horas cada quince días. El único fin de semana libre se iba en lavar la ropa a mano y ordenar. En ese entonces, lo que más deseaba era tiempo.
Cuando la pandemia paralizó el mundo, el regreso a San Juan decantó por su propio peso. Tras cumplir la estricta cuarentena —de la que salió justo el día de su cumpleaños, un 28 de junio—, comenzó a trabajar con su padre, también kinesiólogo y quiropráctico. Compartieron espacio físico pero en días distintos, acomodando la economía y logrando una estabilidad que muchos considerarían el techo de una carrera. Pero el asfalto seguía llamando. Tras intentar diseñar durante ocho meses un carro seguro para su moto que no pusiera en riesgo la seguridad de su perra, dio un giro de 180 grados: consiguió una camioneta, levantó el piso podrido, reformó los baños y la mecánica de forma artesanal durante medio año, y finalmente arrancó la nueva historia.
Bendi: la mentora de cuatro patas
Agustín no viaja solo. En el asiento del acompañante viaja Bendi, a quien define con humor y ternura como "su bendición". Apareció hace cinco años en las calles de Rivadavia. Agustín la cruzó, le hizo un par de mimos y la perra lo acompañó a la verdulería y luego a su casa. Pese a las búsquedas en redes, sus dueños nunca aparecieron; rastreando publicaciones viejas, supo que venía vagando desde el Parque Faunístico, acompañando a los caminantes de la zona.
Bendi entró a su vida con las marcas del pasado: es una sobreviviente del moquillo, lo que desgastó el esmalte de sus dientes, y hoy supera holgadamente los diez años de edad. Cada 30 de marzo, el día que apareció, festejan su cumpleaños con un asado compartido. "Ella es una mentora de paciencia y tranquilidad, mi cable a tierra. Yo suelo ser explosivo en un montón de cosas y ella me enseña todos los días a parar, a relajarnos y a acostarnos un ratito a que nos dé el sol", compartió Agustín con emoción mientras la gorda recibía mimos de los correntinos que se acercan a la camilla.
Desmitificar la quiropraxia y sanar en comunidad
El trabajo en la vía pública le ha dado a este profesional sanjuanino una perspectiva única de su oficio. La calle le permite hacer docencia masiva. Pase o no pase el paciente a la camilla, el ida y vuelta sobre los beneficios de la quiropraxia y el porqué de la técnica es constante.
Su misión es clara y combativa, aunque desprovista de arrogancia: democratizar la disciplina. Mientras que muchos círculos profesionales la han transformado en una práctica elitista, inaccesible para los bolsillos populares o hiperdependiente de derivaciones o estudios complejos, Agustín cobra entre un 25% y un 30% de la tarifa de una consulta habitual. Al no afrontar costos de alquileres, secretarias ni servicios fijos, prefiere trasladar ese beneficio directamente a la gente.
El proyecto a corto plazo ya está en marcha en su cabeza: planea cruzar hacia Resistencia y adentrarse en el Chaco profundo para visitar comunidades originarias, específicamente la comunidad Wichí, instalando su camilla de forma comunitaria y gratuita para brindar charlas y atención. "No salí a hacer esto para ganar plata; salí para sentirme cada vez más vivo y en consonancia con lo que quiero. No me voy a hacer ni más rico ni más pobre por hacer lo que amo", sentenció con contundencia.
El futuro: causalidades y un desafío internacional
El destino, que según él no se rige por casualidades sino por causalidades, le depara una sorpresa mayúscula para los próximos meses. Sin querer spoilear demasiado, Agustín reveló estar en tratativas avanzadas para presentarse en octubre en San Lorenzo, Santa Fe, para brindar una disertación en un ciclo de charlas de prestigio internacional. Será su primera vez frente a un escenario masivo y un salón de clases, un desafío que abraza con la misma adaptabilidad con la que acomoda una vértebra en una plaza pública. Después, entre ceja y ceja, Paraguay y Brasil.
A ocho meses de su partida, Agustín Baigorrí demuestra que la salud también puede ser itinerante y que los mejores diagnósticos se hacen mirando a los ojos, escuchando las historias de la gente del interior profundo y entendiendo que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que poner en marcha el motor.