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miércoles 1 de abril de 2026

Historias de devoción

Sabina, la boliviana que llegó engañada a San Juan y a quien la Virgen de Copacabana le cambió la vida

Llegó a San Juan muy pequeña de la mano de una hermana. Años más tarde una situación delicada la dejó en manos de la Virgen de Copacabana, a quien se encomendó y cuya devoción incondicional lleva cuatro décadas.

Con mirada serena y de postura firme, Sabina Franco de Aguilar recorre el tramo que hay entre su casa y la Capilla a la Virgen de Copacabana que se inauguró en el marco de las fiestas patronales de la patrona de Bolivia en la Villa Saffe. Quienes la cruzan saben quién es y todo lo que ha hecho por la comunidad boliviana en San Juan de la mano de la virgen, pero su historia va mucho más allá de haber sido la primera persona, junto con su marido, en traer la imagen de Candelaria a la provincia.

Asegura que no le gusta hablar mucho, y señala que para eso está su hija Marta, una de las encargadas de llevar adelante la Fiesta de la Virgen de Copacabana. Pese a su postura reservada, una vez que comienza con su historia es imposible no dejar de escucharla y querer saber más. Parecida a una ficción, Sabina tuvo una infancia en San Juan donde su consciencia sobre quién era y de dónde venía llegó mucho después.

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Era tan pequeña cuando llegó a la provincia cuyana que recién a los 12 años se enteró sobre sus orígenes. Una hermana mayor de Sabina y su esposo venían a probar suerte a Argentina, y en ese viaje la trajeron tras decirle a su madre que iban al mercado. Salieron a hacer compras y no volvieron más.

Creció entre veredas y moras sanjuaninas hasta que entrando a la adolescencia se enteró que su hermana no era su madre, como ella creía, que sus padres estaban vivos en Bolivia, y que en realidad era oriunda de Cochabamba, a donde viajo luego para conocer y conectar con sus antepasados.

Su vida había transcurrido en San Juan y fue el lugar que eligió para echar raíces. Conoció a su difunto esposo, Francisco Aguilar, y armó una familia.

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Sobre 1983 Sabina junto a su esposo y dos de sus cinco hijos viajaron hasta Copacabana en tras la invitación de un familiar que salía también desde San Juan. Las intenciones eran visitar el santuario de la patrona de Bolivia. “Estaba recién casada, en esa época no teníamos dinero y me corrió mi hermana cuando llegamos al Santuario por haber ido sin plata, cuando ella nos había dicho que nos invitaba”, recuerda.

Aun puede percibirse la impotencia en la voz, esa misma impotencia que sirvió de motor para encomendarse a la Virgen ante la injusticia que sentía estar viviendo, y junto a Francisco se encomendaron a la Candelaria, a quien le prometieron volver “con mucho dinero”, como dice Sabina.

Pasó un año de arduo trabajo cuando volvieron al Santuario. Francisco trabajaba de sol a sol en una fábrica de carburo mientras Sabina coordinaba los trabajadores de los hornos ladrilleros de la familia. Su espíritu tenaz y su fortaleza la hacían ideal para la tarea, donde gracias al sacrificio diario se ganó el respeto de quienes la fueron conociendo.

“En un año trabajamos con mi esposo y fuimos en una camioneta 0km. Estuvimos casi una semana en Bolivia, en un hotel. Ahí decidimos con mi esposo traer la imagen de la Virgen a San Juan, y la hicimos bendecir. Fue la primera imagen que llegó”, recuerda.

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Su relación con la Virgen Candelaria, otro de los nombres con el que es conocido la Virgen de Copacabana, es directa sin intermediarios. Sentada desde su casa, Sabina asegura que todo lo que tiene es fruto de trabajo como de devoción, de haber cumplido esa primera promesa y de haberla traído para tenerla cerca.

Cuatro décadas después, los devotos a la patrona de Bolivia son cada vez más en San Juan, sus celebraciones combinan generaciones completas y Sabina sigue estando a la cabeza de las Fiestas Patronales organizada por la Fraternidad Boliviana Centralista, como de cada actividad que la involucra a la Virgen.

Hoy, con sus 73 años, solo le pide a la “Virgencita” salud, para ella, para sus hijos y para la gran familia que fue adoptando a lo largo de todo este tiempo. Salud y al menos poder llegar a los 50 años de la llegada de Candelaria a San Juan. “Ella me cumple y yo también le quiero cumplir”, reflexiona.

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