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La ley y el barro: Juan Grabois, el peronista incómodo

Grabois no rompe con el peronismo, pero tampoco se deja absorber: su lugar es la irritante insistencia que obliga a discutir lo que la dirigencia preferiría administrar.

Domingo, 19 de julio de 2026 a las 12:33

El derrotero político de Juan Grabois tiene dos escenas fundacionales.

Buenos Aires arde en diciembre del 2001. En esa ciudad incendiada, con el aire saturado de gas lacrimógeno, las persianas de los bancos replegadas a toda velocidad para evitar la furia de los ahorristas estafados, y las balas del Estado asesinando argentinos, un pibe de 18 años, entre tantos, fue perseguido y detenido por la policía.

La otra escena es anterior: Buenos Aires de noche. Las avenidas se pueblan de cartoneros, naturalizados con el paso del tiempo. Persiguen el sustento, antes de buscar, va a decir el poeta, “un tren que los devuelva a su lugar”. Junto a esos cartoneros decidió caminar Juan Grabois. Esa situación terminaría en la masacre de tantos, y en su detención tiempo después.

Vente años más tarde, aquel pibe se convirtió en una de las figuras más revulsivas de la política argentina.

Juan Grabois está signado por la paradoja. No es un insurgente. En su mensaje están presentes las instituciones, pero su terreno de juego, su zona de confort, es el conflicto. Su lenguaje es el de la academia, pero los ladrillos con los que construye están hechos de barro del arrabal. Soldado de Francisco, cuando debate usa un trono agresivo que desconcierta a aliados y a enemigos.

Nació el 23 de mayo de 1983 en una familia de tradición peronista. Su padre, Roberto “Pajarito” Grabois, fue un escritor, sociólogo, y dirigente político del peronismo, al que llegó en los 60 desde el socialismo. Fue uno de los fundadores del Frente Estudiantil Nacional (FEN), y trabajó por el “trasvasamiento generacional”, y el compromiso militante de la juventud.

Juan Grabois evitó las asambleas que para muchos jóvenes eran, casi, una manera divertida de militar. Prefirió trabajar en la organización de masas populares que estaban ya inventando nuevas formas de sobrevida. Eran cartoneros, vendedores ambulantes, costureras, recicladores urbanos, trabajadores que el neoliberalismo había expulsado pero que seguían produciendo riqueza desde los márgenes.

En lugar de construir un partido tradicional, ayudó a fundar el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), una organización que transformó a miles de cartoneros en una fuerza gremial con representación propia. Más tarde participó en la creación de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), antecedente directo de la actual Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), organización que terminó consolidando un nuevo actor dentro del sindicalismo argentino.

La dirigencia tradicional debatía empleo formal contra desempleo. Grabois hablaba de economía popular. Lo que parecía una discusión semántica era en realidad una redefinición del mapa social argentino.

Se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires en 2010, donde más tarde comenzó a enseñar Teoría del Estado. También es licenciado en Ciencias Sociales y traductor de inglés. Antes de convertirse en dirigente político trabajó como telemarketer, analista funcional de software, vendedor técnico, coordinador de traducciones, gerente comercial de un call center, docente y consultor privado.

Su trabajo como abogado estuvo relacionado con litigios por alimentos retenidos para comedores comunitarios, la defensa del Fondo de Integración Socio Urbana, el patrocinio de causas vinculadas a derechos sociales, e investigaciones de alto impacto político como la criptoestafa LIBRA. También intervino en la causa contra grupos de ultraderecha investigados por su presunta vinculación con el atentado contra Cristina Fernández de Kirchner y promovió denuncias contra dirigentes del oficialismo, como José Luis Espert.

Como escribía Enrique Cadícamo, parafraseando al poeta español Ramón de Campoamor, “en todo, siempre el color es del cristal con que se mira”. Entonces, para sus seguidores, Juan Grabois utiliza el derecho como una herramienta de justicia social. Para sus detractores, judicializa la política.

Quien comprendió cabalmente la evolución de Juan Grabois fue el Papa Francisco.

Ya sumo pontífice, Francisco lo designó como consultor del entonces Consejo Pontificio Justicia y Paz. Luego colaboró con el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral hasta 2025. También coordinó los Encuentros Mundiales de Movimientos Populares, espacios donde confluyeron cartoneros argentinos, campesinos brasileños, cooperativistas africanos y organizaciones sociales de distintos continentes.

Toda su arquitectura política e ideológica terminó de consolidarse en tres palabras que él y Francisco, repitieron como un mantra: Tierra, techo, trabajo.

Dentro del peronismo Grabois ocupó siempre una posición incómoda para él, y para los demás.

No fue un militante kirchnerista, pero no fue un opositor a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.

Estuvo al lado de CFK cuando en 2016 tuvo que concurrir por primera vez a declarar por causas de corrupción en su contra en Comodoro Py. Fuera de La Cámpora, fue quien motorizó con más trabajo la movilización de decenas de miles de personas que acompañaron a la ex presidenta.

Al mismo tiempo, en una reacción de profundo pragmatismo, acordaba con la ministra Stanley, responsable del área de Desarrollo Social durante el macrismo, cierta paz social a cambio de beneficios para los sectores populares que el representaba. Esto le valió la durísima crítica de dogmáticos kirchneristas

Ya alejado de la conducción de los movimientos populares y metido en la política tradicional, en las PASO presidenciales de 2023 obtuvo más de un millón y medio de votos compitiendo dentro de Unión por la Patria.

Grabois perdió, pero ganó. Entendió que había un sector del peronismo que se identificaba con una posición más de izquierda que el “posibilismo” que campeaba, y erigía como figuras a Alberto Fernández y Segio Massa, ganador de aquella interna.

Con la llegada de los libertarios al poder se abrió una nueva etapa en su construcción política. Javier Milei, su entorno, y lo que representa, constituyen su némesis paradigmática. El extremismo libertario le permite ubicarse en la otra punta, para centrar el fiel.

Desde 2025 Juan Grabois es diputado nacional, su primer cargo público en dos décadas y media de militancia política y social. No será el protagonista central de la próxima elección, pero su voz y sus votos deberán ser atendidos.