ver más

sábado 4 de abril de 2026

análisis

San Juan capital del país, ¿imposible?

Volvió un viejo debate, hasta Sarmiento lo propuso. Se habló de Viedma y de Santiago del Estero, ¿por qué no San Juan? Un fascinante juego de simulación sobre datos reales. Por Sebastián Saharrea
Por Redacción Tiempo de San Juan

Siempre es bueno mirar desde arriba: Lo hacen los entrenadores de deportes para analiazar los movimientos de sus jugadores imperceptibles al ras del piso, lo hacen los científicos para tomar distancia, lo hace Google. Revelador será mirar desde arriba un mapa de Argentina y compararlo con el de nuestros países más admirados: el nuestro mostrará un ombligo carretero hacia un mismo punto y un escandaloso contraste con otras zonas donde no aparece el más mínimo trazo, mientras Brasil o EEUU o cualquier europeo pueden exhibir dibujos más parejos. Si es cierto que cuanto más parejo es mejor, por lejos Argentina al aplazo rotundo.
No es ese dibujo aéreo otra cosa que un sólido argumento para el cambio de la capital con fines de desarrollo parejo y equitativo, entre otros justos motivos. Tampoco sería un alarde de creatividad: lo hicieron muchos de nuestros más admirados países que lo entendieron de ese modo, y muchos próceres nacionales también, éstos últimos náufragos en el mar embravecido de los intereses portuarios.
Se puede nacer con la idea, o se puede darse cuenta al poco andar. Para los primeros está el caso de EEUU, que construyó su capital desde cero en un lugar alejado de los centros más habitados, a orilla del río Potomac donde no había nada, y le puso el nombre del prócer máximo. Para los segundos están nuestros hermanos brasileños, que trasladaron su capital hace bien poco y cuando Brasil era un país menos relevante que Argentina, allá por 1960, y se desarrolló luego hasta representar hoy tres veces en materia de PBI al argentino.
También hay países que arrancaron de manera parecida a Argentina: que fueron colonias, que son jóvenes y en vías de desarrollo y que le sacaron varios trancos al nuestro con su capital distanciada de los grandes centros urbanos. Australia, que mandó a construir especialmente a su capital en Camberra y que es la 8va. ciudad más poblada del país; Canadá, con su capital en Ottawa que también aparece como séptima ciudad más poblada; o Sudáfrica que tiene sede administrativa en Pretoria y tampoco está entre las 5 ciudades más grandes del país. Son todos países parecidos al nuestro: dueños de grandes riquezas naturales, que hace un instante para la humanidad fueron páramos despoblados y tienen constantes luchas por sus diversidades raciales, económicas, culturales. Nada mejor entonces que aislar a su capital, no conferirle pertenencia a ningún bando en pugna. Así crecieron.
Pero el caso más asombroso es el Brasil. Allí hubo un presidente que se llamó Juscelino Kubitschek que no sólo decidió trasladar la capital, sino buscó un punto equidistante entre las grandes ciudades del país –Río de Janeiro, San Pablo, Belo Horizonte-, y como era tierra adentro y en el medio de la selva tuvo que tirar bombas incendiarias para desmalezar. Hay que ver lo que quedó Brasilia, una de las ciudades más modernas del mundo, tan vez entre las bellas también, diseñada especialmente y que funcionó como Capital desde 1962, apenas dos años antes del golpe de Estado que mantuvo la sede administrativa decidida en democracia.
Las razones por el traslado en Brasil son las mismas que en Argentina: la capital en Río había generado no sólo un crecimiento inequitativo sino también celos permanentes de las otras regiones importantes, y ese es un sentimiento creciente en  nuestro país. El ejemplo brasileño y el de tantos otros países como el nuestro apuntalan la necesidad de hacerlo aquí de una buena vez. Ahora hay que ver dónde.
Raúl Alfonsín pensó en Viedma-Patagones, y no era una mala idea. Hasta salió por ley en 1986 –la 23.512 que nunca fue derogada, y en consecuencia sigue vigente-, con la idea de descentralizar y fortalecer una zona emblemática como la Patagonia. Pero las urgencias del momento fueron más fuertes y el proyecto Patagonia marchó al archivo.
Desde entonces hubo varios intentos de desempolvar el asunto, por lo que sigue siendo un tema irresuelto. Unos diputados misioneros, un senador santiagueño, y hasta el propio puntano Adolfo Rodríguez Saá en su campaña del 2002. Hasta estos días, en que el diputado oficialista Julián Domínguez sacudió con un nuevo llamado y consiguió instalar un tema troncal entre tanta urgencia de enero.
La diferencia entre el proyecto Patagonia de Alfonsín y el de Julián Domínguez es que el del radical postulaba a Viedma, mientras los argumentos del kirchnerista son acercarse más al Pacífico y desarrollar el Norte Argentino. En la misma dirección conceptual –descentralizar y quitar protagonismo a Buenos Aires-, geográficamente en polos opuestos.
No dijo localización concreta Domínguez, pero todos dedujeron que se trataba de Santiago del Estero. Incluso los santiagueños, ahora en manos de una gobernadora mujer, lo tomaron de esa manera. Ahora, si uno sigue la línea de la pretensión de Domínguez –nada menos que el presidente de la Cámara de Diputados, de cierto peso en el oficialismo- bien puede tratarse de San Juan por ubicación geoestratégica. Inmejorable conexión con el Pacífico con el túnel de Agua Negra y puerta de entrada al Norte argentino, sin llegar al extremo de Jujuy.
Incluso hubo algún runrún en la semana sobre el asunto: si bien no está definido el lugar en el caso en que se presente el proyecto, San Juan es una alternativa para no descartar. Vale entonces preguntarse, ¿qué puede ofrecer la provincia como eventual postulante para recibir el distrito federal?
La respuesta es: bastante más que la locación geográfica, adaptada a los impulsos de Domínguez. Dispone de una arquitectura abierta para localizar nuevos edificios, un área central moderna y la huella de un ferrocarril céntrico que dejó descampados bien ubicados. Ofrece además, como Brasilia, una zona tierra adentro y distante de los grandes centros urbanos, excepto Mendoza. Y para que no se enojen los vecinos e impidan la postulación, una  chance de hacer promedio: buscar una zona equidistante entre San Juan y Mendoza y construir de allí de cero. Como Brasilia, pero sin necesidad de desmalezar.
El debate, este nuevo, recién empieza y es de esperar que no se apague. Hacen honor a los grandes debates de la historia argentina sobre la capital, como aquel en el que Leandro Alem fogoneaba el traslado contra la resistencia nada menos que de José Hernández en la Legislatura de Buenos Aires.
Perdió Alem, está visto, y perdió también el país. Y perdió también su célebre correligionario Raúl Alfonsín. Y hasta perdió Sarmiento, quien pensaba que la república federal debería resistir a la tentación monárquica y a la portuaria. Y proponía la radicación de la capital en la isla Martín García, bajo el nombre de Argirópolis.
Ahora hay otra chance, despreciada desde el vamos por la oposición con el argumento de no entretenerse entre tantas urgencias. Podrá acertar en lo de urgencias, pero si fuera por eso no habría nunca un momento de debatir seriamente un tema central: siempre existen urgencias, por desgracia.
Por la definición geográfica de su autor y por el runruneo también, San Juan puede encuadrar. En el medio, habrá que responder una pregunta inquietante: ¿sería buenos para los sanjuaninos que San Juan fuera la capital del país?


Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar

video