Por Sebastián Saharrea
Juancito, el sobreviviente
Es el único “cesarista” que sigue en las filas oficiales. Beneficiario directo de la falta de dirigentes cauceteros, Juan Elizondo sigue recibiendo sopapos por la ineficiencia de sus colaboradores. Por Sebastián Saharrea
O es demasiado inocente que se le pegan los colaboradores más increíbles, o es demasiado pícaro que especula con estas jugadas de riesgo.
Misterio del reino político, Juancito ha conseguido remar en aguas turbulentas y hasta ahora sobrevive a fuerza de resignación: y qué querés, si no hay otro. Así justifican en el gobierno provincial la continuidad de Elizondo como portador de la bandera giojista en Caucete, departamento arisco y de lealtades políticas difíciles, por llamarlo de alguna manera.
La más asombrosa de sus supervivencias fue a la de su alineamiento con César Gioja en plena pulseada del año pasado, una condición de la que no volvió ninguno. Aún hasta el año pasado, cuando estaba claro que en el gobierno provincial se estaban jugando una parada decisiva, él coqueteaba con la filas del entonces senador.
Sin tomarse demasiado trabajo de ocultarlo. Llegó hasta a enviar una nota al PJ en su condición de presidente de la Junta Departamental caucetera para pedir que se designara nomás a César como candidato a gobernador, cuando ya los diarios habían adelantado la decisión de José Luis Gioja de ir por un tercer período. Nuevamente, o le faltaba una brújula o le sobraba coraje para las picardías.
Posiblemente de aquella época le habrá quedado agendado el teléfono de Lisandro Gutiérrez Colombo, un consultor que supo hacer estudios de encuestas que luego fueron empleadas por el sector opositor al gobierno y que profesionalmente no despierta demasiado respeto en el ambiente. Gutiérrez Colombo saltó hace poco al equipo municipal de Elizondo y ya le ha generado más dolores de cabeza que alegrías.
Primero, en las propias filas del oficialismo –que, dicho sea de paso, sostienen a Elizondo en Caucete para que no se caiga-, que ven en esa designación un nuevo gesto de deslealtad, además de la posibilidad creciente de perder el departamento como consecuencia de la mala imagen y los malos consejos. Y segundo, en la propia tropa de Elizondo, donde los de toda la vida comenzaron a mostrar en voz alta su descontento por la flamante y extraña incorporación.
Algo parecido le pasó a Elizondo con su compadre Nelson Ibañez, un íntimo al que no tuvo mejor idea que incorporar como supersecretario a pesar de su prontuario, en el que destacan algunos episodios de delitos corraleros.
El asombroso raid de Ibañez había comenzado en 1996 con una causa por robo y dos años más tarde recibió una condena de 3 años de prisión en suspenso por el Juzgado Federal –intervino porque fue un caso interprovincial con San Luis- en una causa por robo calificado. Siguió con una causa por amenazas en 2002 y en 2007 –ya como funcionario del Concejo Deliberante caucetero- atropelló a un hombre en su bicicleta y a su nieta de seis meses que murió. Fue absuelto en la causa por homicidio, pero los concejales lo despidieron.
Para evitar este caso de desempleo sufrido por su compadre, Elizondo lo designó como secretario de Obras, un cargo que era rótulo pero encubría otras funciones por fuera de ese apartado constructor. Y otra vez hubo polémica porque estalló un escándalo en la ciudad del Este por una tala indiscriminada de 14 eucaliptos, 10 moras y 21 tipas sin autorización de Medio Ambiente, cuya leña se acumulaba por las calles y de pronto desapareció. ¿Quién estaba detrás de esa operación? El secretario Nelson Ibañez, con el respaldo indusimulable del intendente.
Lo bancó hasta que pudo, y luego protagonizó un despido para las páginas negras de los desempeños políticos. En medio de las presiones vecinales para que prescindiera de Ibañez, no tuvo mejor idea que decir que lo iba a consultar con Gioja y que, si el gobernador se lo pedía, le solicitaría la renuncia. No hizo el intendente más que involucrar al gobernador en un asunto ajeno, como si la voluntad del mandatario fuera el ámbito para resolver un caso de un secretario caído en el descrédito. ¿Inocencia?
A pesar de todos estos antecedentes y de la furia acumulada en el gobierno provincial contra él, Juan Elizondo consiguió descontar el terreno perdido y anotarse nuevamente como candidato a intendente caucetero por el giojismo. Y con esa escolta, conseguir una reelección que por su foja de servicios personal hubiera sido imposible, a pesar de que le costó más de lo pensado.
En realidad, hasta el último minuto antes del cierre de listas el oficialismo estuvo buscando candidato a intendente de Caucete, sin siquiera tener en cuenta a Juan Elizondo. Le apuntaron al diputado Doña, un verdadero puntal para el oficialismo en el departamento, pero Doña prefirió no incursionar en actividades ejecutivas y preservar el cargo de jefe de bancada en Diputados, además de estar primero para cuando salga el demorado Ministerio de Energía. También sonó Daniel Rojas –el jefe de la Fundación Vallecito-, de buenas migas con el oficialismo y que incluso mantuvo reuniones de aproximación. Hasta hubo un sobrevuelo con Emilio Mendoza, verdadero hombre fuerte del PJ en Caucete, no para ser el candidato oficialista pero sí para establecer una suerte de tutelaje sobre su lista, que al final no se concretó.
El Emilio es una verdadera sombra para Elizondo. Lo hostiga desde su canal de cable, lo presiona y hasta lo desprecia. Ambos fueron muy cercanos en otros tiempos, incluso Elizondo fue su presidente del Concejo Deliberante durante muchos años, y ahora le recrimina por no recibir el mismo apoyo que él le dio. Incluso, esas jugarretas del Emilio operan a favor a Elizondo porque no hacen más que hacer sobrevolar en la provincia el fantasma de un viejo y simpático dirigente como el Emilio, pero al que los más razonables pretenden tener lo más lejos y controlado posible.
Y al final, Juancito golpeó la puerta del despacho del gobernador sobre el filo de la decisión. Le habló de la lealtad que siempre le deparó, le explicó que lo de Ibañez había sido un mal trance que no se volverá a repetir, que su cercanía con César son mentiras de los que no lo quieren, del Emilio, de los planes para Caucete. Y algunos cuentan que hasta lloró.
Gran sorpresa, entonces. Juancito, el que no estaba anotado, había conseguido sobrevivir. Ganó las elecciones por muy poco, asumió, e hizo exactamente lo mismo.
Pero para el futuro, las cosas son diferentes: no hay llanto posible porque no puede ser reelecto, y Gioja ya debe haber tomado nota de que no gana por un campo poniendo a cualquiera.
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