Tan querible, pese a todo
Hay que separar. Por un lado, el resultado de su gobierno. Por el otro, un hombre con la absoluta certeza de estar haciendo lo correcto y pelear por eso hasta el final. Por esto último, le quedará para la eternidad el afectuoso Don Alfredo. Por Sebastián Saharrea.
Su condición de médico también fue un factor que lo ayudó a obtener respeto. Porque irrumpió como el profesional no mercantilista que la gente buscaba, el que atendía sin orden de prepaga, el que llevaba los remedios, el que no cobraba un centavo a sus eventuales pacientes. Y más de una vez se lo escuchó relacionando la condición de político y su relación con la gente, con el juramento hipocrático de un médico: así como el médico se compromete a no violar determinados preceptos, el dirigente político igual.
Con su llegada a la cúspide del poder, esa visión estricta de la responsabilidad política se convirtió para él en un corset que le impidió cualquier tipo de negociación, siempre importante para tan alta jerarquía. Más aún en su condición: había llegado al cargo como cabeza visible de un conglomerado de cuatro partidos –UCR, Frepaso, Bloquismo y Cruzada Renovadora-, cada uno con visiones y expectativas distintas que hacía crujir las bases políticas del espacio. No fue aventurado pronosticar en aquel entonces –como finalmente ocurrió- que las primeras crisis que le tocaría atravesar fueran justamente internas.
Pero Don Alfredo se la arreglaba para seguir con la iniciativa a caballo de su gran carisma. Era dueño de un mano a mano irresistible, que siempre amenizaba con su término de cabecera: “negrito”. Con eso ablandaba hasta a las rocas: sus interlocutores siempre sabían que –acertado o equivocado- en él siempre había un hombre convencido.
Hasta que los problemas se hicieron más gruesos y no hubo personaje, por más querible que fuera, que los arreglara. Y hasta el final hizo gala de su estilo: no negoció un centímetro aún con la Cámara de Diputados que en minutos más lo iba a destituir.
-Si quieren destituirme, que me destituyan, se le escuchó. Y así fue.
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