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miércoles 1 de abril de 2026

Historias del crimen

El caso Timoteo Junco, crónica del asesinato de un taxista sanjuanino por unos pocos australes

Dos jóvenes se propusieron asaltar a un taxista del centro sanjuanino. Pidieron que los llevara a Pocito y en el camino lo mataron a tiros. Fue una noche de septiembre de 1986 y, aunque fugaron, al mes cayeron presos.
Por Walter Vilca

Sábado a la noche. Ninguno de los dos tenía ni un peso en los bolsillos. La cálida luna de primavera tentaba y ellos, siempre acostumbrados a la vida fácil, no quisieron dejarla pasar. Entonces “El Púa”, el más chico pero el más arriesgado, propuso a su amigo asaltar a un taxista para conseguir algo de plata. Fue al azar. Tomaron el primer taxi que vieron; el coche de Timoteo Junco, que por esa maldita suerte estaba en su parada céntrica. De allí partió ese viaje que tenía como destino Pocito, pero que fue la excusa para una macabra aventura de dos jóvenes delincuentes, uno de los cuales iba acompañado por la novia, con un recorrido que desembocó en uno de los crímenes más desalmados de San Juan en 1986.

No eran novatos pese a su juventud. Sergio Gustavo “El Púa” Reyes, de 20 años, traía la fama de ladrón. Pedro Guido Troncoso, de 22, tenía lo suyo: sólo ese año, en 1986, había caído detenido tres veces y había salido del penal de Chimbas días antes del crimen. Los dos, junto a una adolescente -la novia de Troncoso-, andaban por el centro de San Juan la noche del 27 de septiembre de 1986, la última para Timoteo Junco que aguardaba en su taxi en la parada de calle Mendoza casi Rivadavia.

Eran chicos de la noche y querían divertirse. Dicen que el promotor de la idea fue Sergio Reyes, que propuso a Troncoso asaltar a un taxista para conseguir unos australes –la moneda vigente en la época-. Y agarraron al primero que cruzaron. Ese fue Timoteo Junco que esperaba ansioso tomar cualquier viaje en su Peugeot 404 - licencia 027- para salvar la noche.

Un viaje a la muerte

Los tres jóvenes abordaron el coche de alquiler y pidieron que los llevara a Pocito. Por la ruta 40, sugirieron los pasajeros. Junco no reparó nada extraño y salió en dirección al Sur. Troncoso supuestamente iba sentado a su lado, atrás lo hacían Reyes junto a la novia del primero.

Esa travesía tuvo una inesperada parada pasando la calle 11, cuando Reyes sacó el revólver que cargaba y le apuntó al taxista exigiéndole el dinero. Se supone que éste reaccionó y quiso manotearle el arma. Fue lo último que hizo. En ese instante se escuchó la detonación. Y ahí nomás vino otro estampido. Fueron segundos. Junco quedó inmóvil de un balazo en la cabeza y otro en el costado del pecho.

La adolescente después declaró en la causa que su novio y ella quisieron auxiliar al taxista, pero fueron frenados por Reyes, que los increpó diciéndole que ya no había nada que hacer, que tenía que escapar. Fue así que éste exigió a Troncoso que lo ayudara a bajar el cuerpo de Junco del coche y lo arrojaran al costado de la ruta, cerca de calle 12. Antes le sacaron el poco dinero que llevaba en su billetera.

El propio Reyes agarró el volante del taxi y encaró hacia la villa cabecera de Pocito. A los minutos estacionaron el Peugeot sobre calle Aberastain, a 70 metros de la Liga Pocitana de Fútbol donde esa noche había baile. En ese lugar abandonaron el auto y caminaron hasta el viejo Bar 43, sobre la misma Aberastain. Sabían que allí era la habitual parada de taxis. Reyes y la chica permanecieron en la vereda, mientras que Troncoso entró al bar y preguntó si había algún taxi libre. Bautista Villena dijo “estoy desocupado” y salió para invitar a los jóvenes a subir a su auto. Ese tachero fue el que los llevó a Villa Nacusi, en el Norte de Pocito, donde vivía la familia de la chica y los dejó en esa zona. Los jóvenes creyeron que con eso estaban a salvo.

Al otro día, a primera hora de la mañana, alguien dio el aviso de la presencia de un cadáver al costado de la ruta nacional 40. Cuando supieron que se trataba del taxista Timoteo Junco, que ya era buscado desde la madrugada, empezaron a rastrear su auto y más tarde lo encontraron estacionado en calle Aberastain.

Los policías no hallaron pistas de los asesinos y la incertidumbre contagió a todos. Es que el fallecido tenía todas sus pertenencias. En el baúl de su auto todavía estaba su maletín y adentro conservaba dinero, lo que resultó extraño. Esto hizo pensar a los investigadores que el móvil no había sido un robo, entonces se inclinaron a la hipótesis de la venganza. Pero cuanto más se adentraban a averiguar sobre la vida de Junco, el desconcierto se agigantaba. El taxista de 53 años llevaba una vida rutinaria. Era casado y padre de tres chicos, un hombre de la casa y de la calle por su oficio de tachero, pero no tenía vicios de la noche ni del juego, tampoco se le conocían amantes.

Un testigo crucial

Fueron muchos días que los investigadores giraron sobre el mismo punto sin hallar una pista concreta. Pero no se dieron por vencidos y entrevistaron a decenas de vecinos de Villa Aberastain preguntando si la noche del 27 o la madrugada del 28 de septiembre vieron por allí a personas que no eran de la zona. Así dieron con el taxista Bautista Villena, que aportó un dato más que importante para la causa.

El chofer relató a los policías que la madrugada del 28 llevó a dos muchachos y a una chica, que no eran de la zona, desde el Bar 43 a Villa Nacusi. También contó que le llamó la atención que uno de los jóvenes tenía rulos. Esa fue la pista clave para el caso. A partir de esos datos, los policías fueron al lugar donde el taxista vio por última vez a los jóvenes y empezaron a hacer preguntas en el vecindario. Tarde o temprano saltaron los nombres de Reyes y Troncoso, que eran conocidos porque siempre andaban metidos en problemas.

Los rostros. Sergio Gustavo Reyes (a la izquierda) y Pedro Guido Troncoso al momento de su detención. Las fotos fueron publicadas en aquel entonces por Diario de Cuyo.

El 25 de octubre de ese año los policías de la Brigada de Investigaciones y la Seccional 6ta allanaron una casa del barrio Guemes, en Rawson, y apresaron a Sergio “El Púa” Reyes. Lo conocían. A principio de julio este joven había estado involucrado en la muerte de Marcelo Salas, que supuestamente se pegó un balazo en la cabeza jugando a la “ruleta rusa” junto con Reyes y otros amigos.

A los días cayó Pedro Guido Troncoso, alías “El Chileno”, que tenía antecedentes por robos reiterados, hurto, desacato y resistencia a la autoridad. Había salido del penal el 23 de septiembre, o sea cuatro días antes del asesinato de Junco. En los operativos también arrestaron a la novia de este delincuente, una chica de 15 años, que fue quien supuestamente confesó el periplo llevado a cabo por el dúo de ladrones, el posterior asesinato y la fuga.

Sin salida

Reyes y Troncoso negaron su autoría en el robo y asesinato. Es más, dijeron no conocerse. Por el contrario, la novia de Troncoso había declarado que eran amigos, además era de público conocimiento entre los vecinos del barrio Güemes y Villa Nacusi que ambos eran inseparables. Las cosas no quedaron bien entre ellos. A los meses, Reyes agredió a Troncoso dentro de la cárcel y lo acuchilló supuestamente por la “buchoneada” de su novia.

En el juicio, realizado en septiembre de 1988, mantuvieron la misma postura, pero no pudieron dar respuestas a los testimonios que los involucraron. Principalmente por esa primera declaración de la chica, que dio con lujos de detalles todo el recorrido que hicieron, cómo fue el crimen y como escaparon de Pocito. Por más que después ella cambió su declaración, aquel testimonio inicial –dado en compañía de su madre- fue crucial. El taxista Villena también respaldó esa versión, cuando frente al tribunal ratificó que la madrugada del 28 de septiembre de 1986  llevó a los tres en su coche desde Villa Aberastain a Villa Nacusi. Incluso los reconoció en rueda de personas, antes y durante el juicio. Otro testigo también los vio en el Bar 43.

Reyes, en su defensa, sostuvo que la noche del crimen estuvo divirtiéndose en el popular baile El Cabú, en Rawson. Sus amigos declararon que estuvo con ellos, pero esos testimonios fueron rechazados por parciales e interesados y no les dieron valor. Troncoso, por su lado, declaró que esa noche acompañó a su novia al cine Luxor de Rawson y luego durmieron en la casa de ésta, pero la coartada no sirvió de mucho. La primera declaración de la chica ya lo había hundido. Además, los parientes de la misma joven aseguraron que Troncoso no tenía llegada a su domicilio. Es verdad que no encontraron huellas de ambos en el coche y tampoco apareció el arma homicida, pero los testimonios complicaron a Reyes y Troncoso.

El 29 de febrero de 1988, el tribunal de la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional compuesto por los jueces Ramón Avellaneda, Ivonne Salinas de Duano y Félix Manuel Herrero Martín sentenció a prisión a los dos jóvenes delincuentes. Sergio Gustavo Reyes fue condenado a prisión perpetua por el delito de homicidio agravado por el móvil y Pedro Guido Troncoso a 12 años de cárcel por robo agravado.

 

 

 

 

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