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viernes 3 de abril de 2026

Historias del crimen

El desalmado asesinato del sanjuanino Francisco Leiva en un atraco en la calle

Fue allá por 2005. Leiva cumplía funciones de portero en un frigorífico, pero ni siquiera era empleado de la empresa. Le pagaban 10 pesos por día, como una “changa”. De vez en cuando le pedían que acompañara a hacer los depósitos. Un día salió con el gerente rumbo al banco y lo mataron. Por Walter Vilca
Por Redacción Tiempo de San Juan

“Tené cuidado, no te arriesgues…”, le decía su esposa. Francisco Leiva no tenía más respuesta que: “no tengo otro trabajo”. Hacía dos años que “Paco” se desempeñaba como un simple portero en la entrada de un frigorífico de Rivadavia. Trabajaba en negro, pero siempre prometían tomarlo en la empresa, entonces hacía lo que le pedían y entre esas tareas estaba la de acompañar a realizar los depósitos. Un día salió junto al gerente con destino a un banco y en el camino fueron emboscados por una banda de asaltantes, que no sólo escaparon con el botín sino que también se llevaron para siempre la vida de este hombre.

El nombre de Francisco Fernando Leiva engrosa la lista de víctimas de la inseguridad y de los casos jamás resueltos en San Juan. Ya hacen 14 años de aquel asesinato y sólo queda el trágico recuerdo de ese padre de familia que fue ejecutado por un delincuente en enero del 2005, todo por la mísera paga de 10 pesos por día –hoy, actualizado, eso equivaldría a algo de 150 pesos-.

“Paco” Leiva, como lo llamaban en el barrio de toda su vida, la Villa Flora, en Rivadavia, era parte de esa gran masa de sanjuaninos sin empleo fijo que, como hoy, buscan unos pesos para salvar el día. Su situación lo obligaba, debía ayudar a su esposa Celia que tampoco tenía trabajo y mantener a sus dos hijos varones que ese momento contaban con 8 y 2 años. Con quince años de casados, a Leiva le entraba ese apuro por conseguir un trabajo estable.

La vida por tan poco

En 2003 lo tomaron en el frigorífico mendocino José Micheli, situado en un predio de la avenida Libertador cerca de Hipólito Yrigoyen, en Rivadavia. Era una “changa”, no figuraba como empleado y le daban 10 pesos diarios por apostarse en la puerta cuidando el ingreso a la empresa. Eso sí, los directivos le decían que hiciera mérito que algún día le darían empleo.

Así estuvo dos años. La firma contrataba un policía que hacía adicionales y realizaba el traslado de dinero, pero no siempre estaba. Y como “Paco” Leiva era alto y corpulento, en ocasiones le encomendaban a él que reemplazara a ese efectivo. Fue así que de vez en cuando le ordenaban acompañar al gerente Sergio Salinas a depositar la recaudación a una sucursal bancaria del centro sanjuanino. El, que era un hombre confiando y bueno, quizás nunca se representó el peligro o le fue perdiendo el miedo en cada viaje, de modo que agachaba la cabeza y cumplía las órdenes sin poner reparos. Pensaba que todo valía la pena si de eso dependía que más adelante le dieran empleo. A su mujer Celia Heredia, en cambio, le daba miedo, pero “Paco” la frenaba diciéndole que necesitaba trabajar por el bien de la familia.

Fue el lunes 31 de enero del 2005, que uno de los responsables de la empresa se acercó a Leiva y le exigió que fuese al banco con el gerente. A eso de las 10 de la mañana, “Paco” subió al auto Ford Escort de Sergio Salinas y partieron por avenida Libertador en dirección al centro de San Juan. Debajo de uno de los asientos llevaban un maletín con la recaudación, en total 36.000 pesos. Era mucha plata en ese año. En aquel entonces el dólar estaba a 3 pesos; si esa suma se traduce al precio dólar de hoy superaría los 500.000 pesos.

Un trámite como tantos otros. Nunca había pasado nada y ese viaje no podía ser la excepción, supusieron. Al llegar al cruce de Libertador y Paula Albarracín de Sarmiento, tuvieron que desviarse hacia el Sur por esta última calle por la obra de la red cloacal en la avenida. Hicieron una cuadra y retomaron por calle San Rafael hacia el Oeste por el interior del barrio Residencial. A la altura de calle Perito Moreno se vieron sobresaltados por un auto Fiat Duna que apareció de repente desde el costado izquierdo y se les atravesó en frente y frenó de golpe.

Parada inesperada

Salinas y Leiva no entendían nada. Se dieron cuenta de lo que sucedía cuando observaron que dos desconocidos bajaron presurosos de ese coche y uno de los hombres sacó una pistola 9 milímetros y encañonó al gerente. Otro se puso al lado de la ventanilla donde estaba Leiva y apuntó con una escopeta recortada. Amenazaron gritando que si no entregaban el dinero, los mataban.

“Paco” Leiva no llevaba arma, no sabía de esas cosas sí apenas era el portero del frigorífico. Ni él ni Salinas opusieron resistencia. Es más, Leiva se dispuso a retirar el maletín debajo del asiento para entregarlo, pero el asaltante que lo tenía de frente creyó que intentaba extraer un arma o algo y no dudó en dispararle. El ensordecedor estampido dejó a todos mudos, después vinieron los quejidos de dolor de Leiva por esos perdigones que despedazaron su hombro derecho y parte del pecho.

Igual nada detuvo a los ladrones, que abrieron la puerta y tomaron el maletín con el dinero y escaparon en el Duna. “Paco” Leiva empezó a sentir que la herida hacía estragos en su cuerpo y perdía los sentidos. No se sabe cuántos minutos transcurrieron hasta que llegaron los policías y un equipo médico para auxiliarlo. Iba muy malherido cuando lo subieron a una ambulancia.

Entró agonizando a la guardia del Hospital Rawson. Un médico relató que entró con un paro cardiorrespiratorio por la gran hemorragia. Le practicaron tareas de resucitación durante media hora, pero “Paco” no respondió y murió en una camilla del hospital.

Celia a esa hora estaba en su humilde vivienda de Villa Flora cuidando a sus hijos y ni se imaginaba lo estaba pasando lejos de allí. Ella no puede olvidar aún hoy que ese lunes, cerca del mediodía, un vecino llamó a la puerta de su casa y le comentó que un camión del frigorífico Micheli había tenido un accidente. En ese momento, percibió un extraño escalofrío mientras pensaba en “Paco”. Con miedo y la incertidumbre a cuesta, salió apurada a buscar una cabina telefónica. Con los dedos temblando, marcó el número del frigorífico. La atendió la esposa del gerente, que no quiso decirle la verdad, sólo le conto que su marido y el suyo habían tenido un accidente y estaban en el hospital.

Sin saber qué hacer, Celia Heredia regresó corriendo a su casa y prendió la radio. En esos minutos escuchó que un periodista relataba un asalto ocurrido en Desamparados. En el informe señalaba que unos ladrones asaltaron al gerente del frigorífico Micheli, que el custodio había resultado baleado y había muerto camino al hospital. No podía creer lo que escuchaba, pero sintió esas palabras como una puñalada que le partía el corazón y entonces llegó a la conclusión de que hablaban de “Paco”, su compañero de los últimos 25 años de su vida. La mujer largó un llanto desgarrador y, como pudo, tomó a los niños para salir desesperada a buscar consuelo en la casa de su madre. Al rato llegaron a confirmarle lo que ella ya sabía: que Francisco Fernando Leiva estaba muerto en el hospital Rawson.

Después todo fue pura conmoción pública y preocupación oficial por el fático asalto, aunque eso no remediaba el asesinato de ese hombre de 43 años al que le pagaban 10 pesos diarios. Es más, nunca encontraron a los asesinos. Al tiempo, Celia tuvo que conformarse con el empleo que le dio la firma Micheli como una forma de compensación por la tragedia. Trabajó muchos años en ese frigorífico hasta que la empresa cerró y se retiró de la provincia. Ella igual logró sobreponerse, aunque no borró el dolor, y sigue viviendo en ese hogar que alguna vez soñó con “Paco”, junto a sus dos hijos que hoy tienen 22 y 18 años.

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