La escena fue una mezcla de retazos de las películas de la saga “Locademia de Policía” o las ocurrencias del inefable detective Torrente, pero con una burda versión sanjuanina. Una historia tragicómica protagonizada por policías que una tarde de 1998 compartieron un asado y perdieron mal los estribos al punto que desataron un escándalo inolvidable que fue noticia de todos los medios.
Eran otros tiempos en los que policías eran la Ley y dueños de cierto descontrol, más en el interior de la provincia. ¿Qué festejaban?, sólo lo saben ellos. Fue un mediodía del miércoles 8 de diciembre de 1998, día de la Virgen de la Inmaculada Concepción, cuando los policías de la Seccional 19na organizaron un asado en la mismísima comisaría de San Martín. Como no podía ser de otra manera, no faltó el vino y la música para acompañar ese encuentro entre camaradas, que de tantos brindis y tonadas se les fue de las manos con el correr de las horas, recuerdan los viejos policías. La borrachera de algunos fue monumental y la singular farra de los uniformados se extendió hasta la noche.
Aquello pudo haber quedado como una anécdota más o un secreto divertido entre esos uniformados, pero siempre hay algo imprevisto, un desacatado o un mareado que, excedido por alcohol, derrapa. Y eso pasó.

Dicen que eran minutos después de las cero horas del jueves 9. Los habitantes de Villa La Callecita en Alto de Sierra, Santa Lucía, se despertaron sobresaltados y alarmados por el ulular de la sirena de un patrullero que araba por las calles de ripio del barrio. Uno de los vecinos salió a la vereda y se encontró con la polvareda del Ford Falcón azul que iba y venía como si corriera un rally.
Otros ni siquiera se asomaron para no meterse en problemas. Entre ellos los integrantes de la familia Pastrán, que pasado un rato escucharon que alguien golpeaba la puerta. El dueño de casa preguntó: “¡¿Quién es?!” Como en un juego de niños, del otro lado respondieron: “Soy yo”. Don Pastrán, que empezó a preocuparse, retrucó con voz tensa: “¡¿Quién es yo?!”. Y nada, solo hubo silencio. El hombre sacó coraje y abrió la puerta dispuesto a enfrentar lo que sea. Ahí se chocó con dos policías que apenas si se paraban del estado de ebriedad que tenían encima. Uno, con total desparpajo, andaba con el torso desnudo y con la pistola colgando del cinto casi a la altura de la rodilla.
Lo que había sucedido fue que en esa alocada carrera por las calles de Alto de Sierra se quedaron sin combustible y no les quedó otra que molestar a los Pastrán para pedirle una mano. A la señora de la casa no le cerraba y de pura desconfiada preguntó a los inesperados visitantes qué andaban haciendo a esa hora por esa zona. Rápido de reflejos, uno de los uniformados explicó que andaban buscando “un chorro que se había escapado”. Resulta difícil creerles. Los dos policías se veían en un estado deplorable y el aliento a alcohol se sentía a los lejos.
La familia, de comedida, trajo una manguera y sacó un poco de nafta de su coche para abastecer de combustible al viejo patrullero Ford Falcón color azul. Pero faltaba más, el móvil no arrancaba. Don Pastrán entonces tuvo que poner en marcha su auto y empujó al móvil policial. Lo increíble fue que el policía que estaba frente al volante consiguió arrancar el patrullero, agarró el envión y se largó a mudar dejando a un costado de la calle a su compañero que no se podía mantener en pie de la borrachera.
La gente pensó que el patrullero ya regresaba, pero aparentemente el chofer se olvidó del otro agente y lo abandonó. Al cabo de un rato, el desahuciado policía le rogó a don Pastrán que hiciera el favor de llevarlo a su casa. Con desgano, el vecino subió en su coche y partieron en dirección al domicilio de ese uniformado.

al domicilio de ese uniformado.
Los minutos pasaron y la espera empezó a tornarse sospechosa porque Pastrán no retornaba. La situación comenzó a preocupar a su familia. Su mujer supuso lo peor, o lo que temía desde un principio, que esos sujetos eran ladrones y habían robado el patrullero. Apremiada por el miedo de que a su marido le hubiese ocurrido algo malo, decidió llamar por teléfono al Comando Radioeléctrico para avisar sobre el extraño episodio con esos supuestos policías a bordo de un móvil policial y denunciar la desaparición de su marido. A la par, otro vecino se comunicó a la Central de Policía para contar lo mismo, también dio la descripción del móvil y la patente del vehículo.
En menos de media hora arribaron los patrulleros del Comando y otros móviles de la Central, bajo las órdenes de la comisaria Mary Cabanillas. Iban a ver qué estaba pasando. Los testimonios de los vecinos fueron coincidentes en describir al patrullero Ford Falcon azul. Los efectivos y los jefes que dirigían el operativo empezaron a conjeturar y por descarte llegaron a la conclusión que el único móvil Ford Falcon azul que estaba en funcionamiento en la fuerza era el perteneciente a la Comisaría 19na de San Martín. Sin perder tiempo, la caravana patrulleros partió a toda velocidad hacia sede policial de ese departamento imaginando cualquier cosa: quizás la comisaría estaba tomada por una banda de asaltantes o unos delincuentes había robado el patrullero. Es que no tenían margen, debían averiguar qué sucedía.
Al llegar a la seccional de calle Sarmiento, se dieron con una tremenda sorpresa. Ni habían copado la comisaría ni habían robado el móvil. Lo primero que encontraron en la entrada fue a un policía lavando el Ford Falcon, que en el interior tenía restos de vómito. El oficial de guardia tuvo que poner la cara e intentó hacerse el desentendido para cubrir a sus compañeros del asado y de la borrachera que se alzaron. Es que ese joven policía había sido ajeno a todo, pero esa noche estaba a cargo de la comisaría.
Los jefes policiales que dirigían el operativo entraron a inspeccionar la seccional y hallaron al chofer del móvil, el agente Omar Jofré, arrojándose agua para asearse un poco. Tenía el pantalón del uniforme manchado con vómito y lo más notorio era su estado de ebriedad.
Esa noche todo terminó mal y los policías de la comisaría se arrepintieron por siempre de ese dichoso encuentro de camaraderia. El agente Jofré fue llevado preso a la Central de Policía y la Jefatura intervino la dependencia. En la mañana, el ministro de Gobierno -de esa época- Luis Jiménez dispuso el relevo del jefe de la seccional, un comisario de apellido Flores, y todos los que estaban de guardia el día que armaron la farra.
La versión que circuló en ese momento dentro de la fuerza fue que el mismo jefe de la comisaría fue el promotor y partícipe del festejo, además tenía fama de gustarle ese tipo de encuentros. De hecho, lo que se conoció después fue que esa noche los dos policías que andaban en curda en el patrullero por Alto de Sierra habían ido a dejar al comisario a su casa y en el camino de regreso se perdieron de lo mareados que estaban.
El Ford Falcon azul no anduvo muchos años más. El auto, herencia y símbolo de la última dictadura militar, luego fue sacado del parque automotor de la Policía. El mismo destino tuvo el agente Jofré, que tras el sumario administrativo fue echado de la fuerza, relató un viejo jefe policial. Los otros policías recibieron de sanción días de arrestos, al igual que el comisario, cuya carrera casi acabó a raíz de ese incidente. Sus compañeros de camada cuentan que lo suspendieron, que lo tuvieron “planchado” un tiempo en una dependencia policial sin mucha exposición y se retiró con el cargo de comisario inspector, dos rangos menos que aquel que continúa su carrera sin sobresaltos. En 2916, falleció.
El escándalo con el Ford Falcon azul golpeó duro a la Policía. Desde aquel entonces, la Jefatura extremó los controles en las comisarías, puso en línea a sus responsables para que mantuvieran el orden entre sus subalternos y prohibió todo tipo de festejo en las dependencias, menos con alcohol de por medio.