Eduardo Cabello es uno de los hombres más poderosos de la provincia. No sólo es la tercera máxima autoridad local detrás de Sergio Uñac y el vice Roberto Gattoni, diputado provincial y el más alto dirigente de la CGT sanjuanina. También dirige el tránsito de la demanda en uno de los nervios laborales más relevantes de la provincia, como la caja de la UOCRA a la que acuden las grandes constructoras y la minería para proveerse de mano de obra, además de administrar semanalmente las bendiciones de su templo en la Villa Hipódromo.
En medio de la estampida sindical, la CGT sanjuanina también despega: ¿dónde apunta?
Suficiente motivo como no pasar por alto su última aparición en los medios en una semana de vértigo para los alineamientos políticos del sector sindical con motivo del siempre inquietante Día de la Lealtad: que más allá de honrar la gesta del General, no tiene mayor utilidad en últimos años que pasar revista sobre de qué lado está cada uno.
En especial en estos años tan extraños para el peronismo. Acostumbrado a la diversidad y a la invocación de su nombre en vano, pero no tanto como para contemplar como reverdece todo aquel que recite sin tropezar alguna letanía antiperonista. Y en el que el viejo prestigio de las cúpulas sindicales que supieron inmolarse por el interés de su clientela trabajadora, hoy es literalmente pasado por arriba ante la eternización de dirigentes de autos importados con mandatos renovados en las “democracias” internas, alejados sin remedio de los padecimientos de sus representados.
Ya no son lo que eran las agrupaciones sindicales para el peronismo. Una fuerza que se cimentó en los gremios, beneficiarios directos de la obra de Perón en las reivindicaciones laborales. Hasta trabar con el General una obvia relación de intereses: de qué lado iban a estar los trabajadores y las cúpulas que surgían de ellos, si no de quien personificaba sus luchas.
Hoy ya las cúpulas no surgen de sus representados: apenas un manojo de afiliados en comicios de un solo candidato, conocedores todos que ni Cristo podría con los oficialismos (ejemplos variados en San Juan, de UPCN para abajo). Los sindicalistas estereotípicos andan en autos alemanes por la calle y las cuesta el contrapunto con las patronales. Tanto si se trata del Estado como patronal, o un sector empresario con los que suelen compartir mesa.
Consecuencia: aquel movimiento sindical de estirpe peronista va perdiendo gas, arrasado por un reclamo incontenido que los fagocita y alumbra otras especies. Como los autoconvocados. Especialmente en tiempos del 100% de inflación anual acuñada en una administración que de una u otra manera contiene a la mayoría de los gremios que se siguen proclamando peronistas.
En esa transición se inscriben los manotazos de ahogado por hacerse sentir en la mesa y cosechar utilidades. Que fue la delicia del último día de la lealtad, partido en al menos tres sectores a nivel nacional: quién está de cada lado, como si a alguien le interesara verdaderamente. O como si esas formaciones dispusieran de algún efecto real en el menú de ocupaciones de la vida cotidiana. O como si el hecho de contar o no con esas bendiciones significaran alguna ventaja política para alguien.
Pese a esas desconexiones, todo el arco dedicado a detectar de qué lado depositaba su lealtad cada uno. Que los más oficialistas en Obras, señalados por los que estaban en Plaza de Mayo como buscadores de cargos. Como si Moyano –de recordado respaldo al propio Macri- o Víctor Santa María –además poderoso empresario de medios oficialista- no estuvieran dedicados a salvaguardar sus negocios, como siempre. Todos, costillas de la misma CGT que avergonzaría al propio general si se levantara.
Hilando fino, lo que se pudo ver en todas las sedes de celebración fue una creciente distancia de la administración de Alberto Fernández. Que no fue a ningún lado, y celebró la lealtad en soledad. En Obras le reclamaron puestos (en el ejecutivo, claro, que acaba de renovar el Ministerio de Trabajo) y decisiones, y en Plaza de Mayo le pasaron un menú de exigencias que saben no cumplirá. Y por lo tanto, les permite a los sindicalistas proclamarse a salvo de un eventual incendio.
Allí es donde se anota la aparición del sanjuanino Cabello. Debía hacerlo, como ingrediente necesario del Día de la Lealtad, la voz sindical de la provincia por medio de su máximo portavoz. Lo particular fue el tono que empleó para referirse al futuro político del peronismo a nivel nacional: jubiló a Cristina, lo que no tienen mucho de novedad ante la falta de empatía recíproca, pero también jubiló a Alberto: “Tanto Alberto como Cristina tienen su ciclo cumplido”, sentenció por radio Sarmiento y reafirmó luego en el streeming de Tiempo Off the record.
Cruzó el Rubicón Cabello como pocos, o nadie, en el universo sindical regado por el oficialismo se animó a hacer. Hasta acá, los sindicalistas del peronismo que conocen como nadie las dificultades de Alberto en la gestión y en consecuencia en su reelección, vienen surfeando el tema con la destreza propia de sus años de roce: que veremos, que está complicado, que falta mucho. Pero nadie se atrevió a pasarlo al cuarto: al fin y al cabo sigue siendo el presidente hasta dentro de un año y monedas, no vaya a ser además que acierte un pleno con la inflación y/o encuentre un muletto competitivo (¿Massa?).
Especialmente al tratarse de quien se trata. Cabello tiene fuertes resistencias sindicales en San Juan, como su lance con el poderoso cabecilla de UPCN José Pepe Villa, hasta recelos con las 62 Organizaciones de Juan José Chica. Pero no deja de ser la máxima autoridad sindical de la provincia: ¿error no forzado?
No parece. Dicho como al pasar, pero no tanto, el despegue de Alberto es evidente. Entonces, ¿si no es Cristina ni Alberto su presidencial, ¿quién sería? Ningún misterio, también lo dijo: un gobernador de provincias. Y si es un gobernador de provincias, ¿quién? Respuesta que no requiere pronunciación: Sergio Uñac, no aparece ninguno más en ese renglón.
Como tampoco requiere que alguien lo diga para comprender que la aspiración encriptada del gobernador sanjuanino por saltar al escenario mayor nacional se mantiene latente. Más allá de su ocupación por la provincia, donde un mínimo descuido puede costarle caro.
Lo alienta con razón la suma volatilidad de un tablero imprevisible, los antecedentes de definiciones en la última curva (ver Alberto), la hipótesis permanente de crisis sociales y económicas.
También las condiciones personales de Sergio: gestión, renovación. Y su permanente presencia, una inversión en tiempo y recursos propio de una potencial aparición levantando la mano en el momento indicado. Imposible? Nada, nada, menos en este país. Por ahora, un sueño que no deja de ser enunciado sottovoce.