"Los cambios más visibles en el paraje Difunta Correa, fueron gracias al empuje del padre Ricardo Baez Laspiur", dijo Agustín Salvatierra, uno de los comerciantes más antiguos de Vallecito. Famoso por su espíritu constructor, para los que vieron crecer el paraje, el sacerdote es el "gran hacedor"; y lejos de enfrentar la devoción hacia una mujer no santa, al menos no por la iglesia que lo regía, apoyó y respetó el amor y la fe del pueblo hacia Deolinda.
"El sostenía: 'Me han enseñado a respetar el milagro de la Virgen y el Niño, ¿por qué no podemos creer que en este desierto absoluto haya ocurrido otro milagro? Yo soy creyente en Dios sobre todas las cosas y por eso creo que Dios ha querido que haya un milagro, para que esto sea un lugar de fe y oración'. Y así fue", recordó Salvatierra.
Los 13 años que Baez Laspiur estuvo al frente de la iglesia de Caucete, los hizo rendir como nadie antes a cargo de la comunidad de Vallecito: la construcción de la iglesia, los tinglados de refugio, la hostería y los salones comerciales son sólo algunas de sus obras.
"Me han enseñado a respetar el milagro de la Virgen y el Niño, ¿por qué no podemos creer que en este desierto absoluto haya ocurrido otro milagro?", Báez Laspiur.
Salvatierra contó que el sacerdote era el vicepresidente de la Fundación Vallecito que administraba el paraje y durante su gestión se contrató a la firma Vallvé y Asociados para darle forma a la entrada y al camino interno. Y en los '70 se empezó a construir la galería comercial, la hostería y antes, la iglesia.
En el libro "Culturas de la devoción: Santos populares de Hispanoamérica", su autor, Frank Graziano, señala que "el santuario no se desarrolló de manera notable hasta 1963, cuando el padre Ricardo Báez Laspiur se involucró activamente en la fundación. El complejo de la Difunta Correa se transformó por visión e iniciativa de este sacerdote católico. La prioridad de la fundación fueron las infraestructuras: electricidad, agua, teléfono, y otros avances como el mercadillo y el hotel. Los propietarios de las tiendas y restaurantes del santuario de Difunta Correa se organizaron en una asociación en 1973".

Cuenta Graziano que Báez Laspiur decía que como sacerdote tenía la obligación de trabajar en todos los aspectos que afectaran a su gente y a su cultura. Hasta 1959 la Iglesia había ignorado o rechazado el santuario de la Difunta Correa, que era «totalmente pagano». "Influido por el Concilio Vaticano II, y al igual que el padre Julián Zini en el santuario del Gauchito Gil, Báez Laspiur consideraba la devoción a los santos populares como una muestra de fe auténtica. A él le correspondía encauzar los aspectos positivos de este «centro espiritual» hacia el catolicismo ortodoxo. Quizás su movimiento más atrevido a este fin fue la construcción de una iglesia católica en el interior del complejo de la Difunta Correa en 1966. Anteriormente, a su llegada, celebró una boda colectiva de unas treinta parejas que convivían fuera del matrimonio y bautizó a sus hijos".
Años más tarde a la investigación de Graziano, Salvatierra señalaría a esta cronista que Báez Laspiur "fue muy combatido dentro de la misma iglesia por su obra con la Difunta Correa, hasta que Monseñor Sansierra le dio un espaldarazo para que pudiera continuar. Pero antes de eso tuvo muchos contratiempos".
Cuando inauguró la galería comercial, el cura les dijo a los emprendedores: "¿saben lo que tenemos que hacer? Atender a la gente siempre. Nosotros debemos ser capaces de atender aún a pérdida, no pensemos en ganar". "Por eso si usted va al paraje lo encuentra siempre abierto, en junio o en diciembre, a cualquier hora. El espíritu de Báez Laspiur era estar el servicio más allá del comercio, tal es así que allá nadie hizo fortunas, para todos es su medio de vida", aseguró Salvatierra.
Después de esos años de prosperidad, el crecimiento del santuario llegó a su fin con el golpe de Estado de 1976, entonces Báez Laspiur y el resto de miembros del consejo fueron desplazados cuando el gobierno de San Juan encontró «irregularidades» en la gestión del santuario y tomó el control de la Fundación Cementerio Vallecito. En realidad la meta era hacer desaparecer esa devoción "del mal".
Graziano destacó que "La Iglesia se volvió más conservadora y la tolerancia de los años de Báez Laspiur dio paso a una condena abierta a la devoción de la Difunta Correa considerándola herética. El sacerdote era menos dogmático. Cuando le pregunté por la iconografía estandarizada de Difunta Correa que a veces se le suele atribuir, contestó que la Difunta Correa no es una santa canonizada por lo que su imagen no se puede hacer ni bendecir, y después de una pausa añadió un sugerente “sin embargo...”.
Pero a pesar de su apertura, seguía siendo un clérigo. Por eso impuso a la Virgen del Carmen como alternativa preferida a la Difunta Correa. La iglesia que fue construida junto al santuario está dedicada a esta Virgen. "Cuando le pregunté a Báez Laspiur por qué había elegido a la Virgen del Carmen, me explicó que es la patrona de los muertos (algunos dicen que de las almas del purgatorio). Los devotos añaden que también es la patrona de Vallecito", señaló Graziano.
Y agregó: "El sacerdote construyó la iglesia de la Virgen del Carmen muy cerca del santuario de la Difunta Correa, «que está considerada una esposa y madre ejemplar». La proximidad de la iglesia y del santuario está adeudada con la similitud (jerárquica sin lugar a dudas) entre una madre ejemplar y otra. La cercanía de las estructuras físicas y de las dos identidades maternas espera sugerir la facilidad con la que los devotos pueden cambiar de la devoción inapropiada a la apropiada. La similitud entre la Difunta Correa y la Virgen María promueve una transición gradual".
Gracias a Báez Laspiur y a su apertura, el paraje vivió épocas de oro, mientras la fama de la Milagrosa seguía creciendo por toda Sudamérica. El sacertote falleció el 31 de marzo de 2005.