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Opinión

Arzobispado: que sea lo que Dios quiera

Una de cine en San Juan: una investigación criminal con la Iglesia en el centro de la escena. Sospechas hacia los operadores financieros y hasta el propio Arzobispo. Feroz interna al medio. Llamados, testimonios temerarios, encuestas y alguien que no dice la verdad. Por Sebastián Saharrea.

Por Redacción Tiempo de San Juan
Por Sebastián Saharrea
En otra escala, es cierto, pero hace ya 40 años que la muñeca maestra de Francis Ford Coppola lo retrató en su magistral El Padrino, que relata los manejos turbios de dinero en el Vaticano y ficciona los hechos del Banco Ambrosiano que podrían haberle costado la vida nada menos que a un Papa. Este mismo año, un film en el que por primera vez en la historia de la cinematografía que se recuerde los malos de la película son los obispos, se ganó nada menos que el Oscar: se trata de Spotlight, la película que trata el caso de la red de curas pederastas de Boston investigada por el diario Boston Herald. Sin la grandiluencia de los grandes negociados ni de los delitos de altísimo impacto como los relacionados a la sexualidad, en San Juan estalló una bomba de manera imprevista y alcance incalculable: se robaron la limosna, u otra plata de los ingresos del Arzobispado, por la módica suma de unos $700 mil. Y eso, para San Juan, es una fortuna. Además de un ataque al mandamiento de no mentir y de un pecado de daño incalculable sobre el principal capital religioso, muy difícil de mensurar: la fe y la confianza.
Recopilando la información de uno y otro lado, esa parece ser la única certeza: que a la plata de la limosna u otro de los tantos ingresos que tiene la curia, se la robaron. Es decir, que la desviaron de manera ilícita hacia la cuenta sueldo de un empleado administrativo desde la cuenta de la Iglesia, sin ningún motivo que lo justificara, o ningún fin específico que le diera argumento. Es en lo que coinciden tanto la versión del Arzobispo Monseñor Alfonso Delgado en su denuncia penal contra Juan Brozina y Darío Tapia, como la explosiva declaración del propio Brozina el domingo pasado en Diario de Cuyo señalando algo así como que estaba robando para la corona, que efectivamente había retirado el dinero pero que lo hizo cumpliendo órdenes de su superior Delgado y con fines que "si se conocen generarían un escándalo”, entre los que enumeró por ejemplo el pago a otros religiosos por sus votos en desconocidas instancias políticas. Toda una red corrupta, encima.
Más allá de la hojarasca, lo que queda en firme y casi ahorra tiempos a la investigación del juez Benedicto Correa y la fiscal Ana Lía Larrea es que a la plata la retiraron de manera ilegal. Lo dicen todos. Lo que falta determinar es para qué, quién fue el autor y cuáles los motivos. No está en duda que el hecho ocurrió, y eso supone ya un trago difícil de digerir para todo el que de buena fe contribuyó a su Iglesia con su limosna.
Muy probablemente el observador neutral haya sentido la misma sensación de varios analistas avezados. Que pensaron de inmediato que no alcanzarían los años para ver algo así: un titular a toda portada del principal diario de la provincia titulado con la violenta denuncia contra la máxima autoridad religiosa.
Se impone luego la larga lista de los porqués. Que en orden cronológico debuta con el hecho en sí mismo e interroga sobre las razones por las cuales el sospechoso de robarse el dinero decide transferirlo a su propia cuenta sueldo de donde es empleado, es decir la víctima del robo. Bastante increíble como para que se le dé crédito de delincuente avezado, se trata de algo así como ir a robar y tocar el timbre.
Luego aparece la larguísima dilación entre el hecho, ocurrido en noviembre pasado, y la denuncia, presentada luego de la feria judicial. En todo ese tiempo surge la sensación de haberse mantenido alguna clase de negociación entre las partes –salarial o de cualquier otro tipo- que no se condice con la gravedad de los hechos y el carácter innegociable de un supuesto delito de altísima gravedad. Nuevamente porqué, en este caso la denuncia no fue inmediata.
Los investigadores del caso se preguntan también por qué el caso estalló con tanto impacto. Tanto el juez Correa como la fiscal Larrea habían comprendido alguna solicitud de los denunciantes de mantener de manera reservada teniendo en cuenta sus delicadas aristas, y altas fuentes judiciales señalan al abogado de Brozina por haber sido el autor de la filtración.
También sobrevuelan los porqués en la declaración de Brozina. Dijo en la entrevista con Diario de Cuyo que ese dinero que él canalizaba por su cuenta personal era para pagar favores de monseñor solicitados, ordenados, por él mismo como su superior. Cuando le repreguntaron cuáles favores, sólo señaló que sería un escándalo que lo dijera y que antes que eso se lo dirá al juez de la causa. Curioso, porque el día antes de la entrevista, el viernes, estuvo delante del magistrado y calló justamente esos detalles. ¿Por qué no se lo dijo en ese momento?
Y agrega el porqué de las claves. En su declaración periodística, Brozina señala que las transferencias como las cuestionadas a su propia cuenta llevaban dos firmas, es decir que hay alguien que las avaló. Las claves bancarias eran manejadas por el padre Román Becerra, segundo de Delgado, quien declaró en la semana ante el juez. No está claro qué le dijo, si él avaló los pagos, si le robaron la clave, si la manejaba cualquiera. Ante la prensa, sólo hizo silencio.
Finalmente, la búsqueda de un por qué para el salvaje estado de deliberación de una sociedad golpeada. Que piensa que si algo, aunque sea mínimamente, de lo que dice el contador Brozina es verdad, es equivalente a decir que nos tapó el agua. Se trata del último rincón donde uno supone que estas cosas de raterismo barato pueden llegar a ocurrir. Justo ahora que abundan las obcenas imágenes de contratistas contando montañas de dólares en lujosos despachos de financieras y en tiempos de cepo.
El último resguardo espiritual es el escenario donde transita lo más generoso del ser humano: la caridad por medio de la limosna. Y por lo visto, muchos de los feligreses parecen haber perdido la confianza en este sitio sagrado, a juzgar por las encuestas de los medios en los que parecen darle crédito a la versión del contador en desgracia.
Que es eso: un sujeto apuntado por una denuncia sometido a un estado de emoción violenta. Y que tiene un gran y pesado secreto que contar, o que se ha dispuesto a revolear la media ahora que tiene el agua al cuello. Ésta última interpretación aparece bien razonable para explicar el escándalo, claro que hay una lista generosa de personas que le cree.
Lo que también acaba de destapar el affaire es que ya no quedan escondites para evitar ciertos vicios terrenales como la disputa de poder. También la Iglesia aparece en la lista de las grandes internas, producto de sectores inconformes que se hacen escuchar por las vías más extrañas. No hace más falta para avalarlo que escuchar las palabras de monseñor Francisco Martín, un sacerdote de gran predicamento especialmente en la zona de Rawson que siempre mantuvo una relación tirante con Delgado desde que éste lo trasladó desde el departamento donde Paquito hizo toda su obra hasta la capilla de UCC. Y aún antes, cuando el padre Paquito firmó una nota dirigida a todos los curas de la provincia contando su visión sobre las cuentas del Arzobispado, que en ese momento se estaba declarando con dificultades económicas.
Consumado el escándalo, el padre Paquito encendió otra mecha de una importante resonancia. Directamente prefirió enfilar para el lado del alejamiento de Delgado, no por el escándalo sino por su edad superior a los 75 años, aunque la hilación de los hechos permite interpretaciones variadas. Pequeño detalle: le faltan 2 años para llegar a esa edad. Aún con esa anticipación, dijo que reza para que "Dios mande a San Juan al obispo que necesita y espera”. Elíptica manera de ponerlo en comparación con lo que piensa sobre Delgado. Cosas que son frecuentes por lo bajo, pero nunca hasta acá ante un micrófono.
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