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Editorial

El colapso de un esquema que dio sus frutos

Se rompió el eje macrismo-massismo en San Juan. Las causas, sus consecuencias y el nuevo tablero que se abre. Por Sebastián Saharrea.

Por Redacción Tiempo de San Juan
Cuatro años atrás, aquella vieja estrategia localista de disimular diferencias de enfoque nacionales para fortaleces acuerdos en San Juan dio grandes resultados. Hoy, el mismo esquema acaba de hacerse añicos ante la partida de Mauricio Ibarra. Algo se rompió.
En 2011, ese eje fue la gran novedad de la política vernácula, tanto en la dimensión nacional como en la local.
Alumbró a gran escala la irrupción de Sergio Massa a las grandes ligas aplastando al kirchnerismo en su tierra más arraigada (el conurbano bonaerense), y en San Juan marcó la visagra de un armado que puso freno por primera vez en una década al predominio implacable del PJ encabezado por Gioja.
De esa gran novedad, consistente en opositores a nivel nacional (Massa y Macri) uniéndose en provincias como San Juan para cinchar contra los K, nació el eje de Compromiso por San Juan que acuñó un par de hitos relevantes: protagonizaron entre todas las vertientes que alimentaron ese encuentro (el basualdismo reunido en torno a Producción y Trabajo e incluyendo a los camioneros de Enrique Castro, el PRO incipiente con Eduardo Cáceres, Actuar con Rodolfo Colombo, Confé con Mauricio Ibarra, el bloquismo disidente con Enrique Conti) una competencia inédita que en las Paso consiguió desbordar en los votos de cada una de sus partes sumadas a la lista única del FPV. Y luego coronó con una banca en el Congreso que es la que ganó el propio Cáceres, con el apoyo de los perdedores en la interna y que consiguieron romper la tendencia de que el PJ se quedara con los tres lugares en juego.
Con algún matiz, la experiencia se intentó replicar el año pasado en la presidencial. Pero no hubo caso ante los intereses contrapuestos de cada una de las partes, aunque cierto es también que el clima entre ellos siempre fue fraternal pese a la imposibilidad de ir todos juntos: el PRO buscó su propio destino, con señales amistosas a sus ex socios y resultados –más políticos que electorales- resonantes, como el caso de que todo el arco basualdista apoyara a Macri en el ballotage. Fue una especie de reedición del espíritu del 2011: juntos, contra los K-PJ.
Pero para comparar melones con melones, habrá que hacerlo entre aquel día fundacional de 2013 con el año próximo: en ambos casos se elegirán legisladores nacionales, ahora con el condimento extra de que además de diputados habrá senadores en juego. Y la reciente certeza: ya no será posible ni el acuerdo general de 2013 ni el tácito del año pasado, ante el resonante portazo de Mauricio Ibarra no sólo a integrar filas sino a conjugar algún verbo amistoso con sus ex socios.
¿Y qué fue lo que cambió para que eso ocurra? Hubo un par de eventos políticos de peso, entre los que hay existe uno nítidamente sobresaliente: ya no hay kirchnerismo a nivel nacional-local al que oponerse. Y con eso se eliminó el denominador común que los unía y permitía subsistir a expresiones políticas a primera vista tan disímiles, sólo con el enunciado de estar integrando una cruzada libertadora contra el demonio.
Esa orfandad de factor unificador, como funcionó durante años la referencia antikirchnerista acérrima que los acercó, hizo hoy que las cosas cambiaran por completo. El responsable de lo que ocurre con el país (o la responsable) ya no es Cristina, sino que las herramientas para solucionar los padecimientos de la calle están en el campamento del hoy oficialismo macrista. Si resultan o no, el aplauso o los reclamos habrá que dirigirlos hacia otro lado.
Cómo será de fuerte ese elemento, que la furia ibarrista explotó en el momento más bajo de la gestión de Macri, cuando el presidente decidió avanzar con el aumento de los servicios de luz y gas. Medida, por otro lado, de alta dificultad en ser atribuida a la herencia recibida más allá de un atraso evidente, que de ningún modo justificó retoques del 500%.
La salida del senador Basualdo y su entorno de los confines massistas en los que había recalado para la última elección para formar parte de la primera fila oficialista (que, se insiste, ya no es Cristina sino Macri), dejó al rawsino ante la posibilidad de seguir sus pasos como hizo últimamente, o cortarse solo y aprovechar en ancho desfiladero que le queda despejado de competencia: representación exclusiva en San Juan de la firma de Tigre, y un discurso que puede enamorar a dos bandas. A los que se mantienen indignados con CFK –que parecen ser muchos- y a los que tampoco les calzan las acciones del actual presidente.
Quedó claro que no es lo mismo establecer una alianza en San Juan con un demonio en común (los K), que hacerlo cuando uno de ellos lleva las riendas y el menú de herramientas. El otro factor que operó, casi a consecuencia del primero, es la distancia que fueron asumiendo los dos máximos líderes en cuestión: Macri y Massa. En tiempos K, los unía lo que consideraban el espanto; hoy, más allá de las piruetas de Sergio Massa en plan de oposición no obstructiva y acuerdos puntuales, conjugan discursos e intereses diferentes.
Fue generando eso un clima de tormenta perfecta para que se diera lo que finalmente ocurrió en San Juan. Y que, para avalar que no se trata de un capricho de nadie, difícilmente se replique en algún otro distrito nacional: tiraron juntos años ha no sólo en San Juan sino en otras provincias (Mendoza y Jujuy, por caso, donde ambos son además ahora oficialismo provincial), y en ningún lado aparece cerca la posibilidad de reeditar esos tiempos.
Ibarra aparece decidido ahora a explotar ese terreno fértil que le quedó por delante, de alcances impredecibles: montará fórmula alternativa a la de Basualdo para senador y a la de quien se ponga por el basualdismo para diputado. No está previsto que sea él quien encarne alguno de esos trajes, no se descarta. Su horizonte es difícil de anticipar: puede darse que resulte un fenómeno estrictamente rawsino (lo que no es poco), como algunos dirigentes del basualdismo pronostican, puede también que se generalice y pelee bien arriba.
Lo que cantan las tripas es que su suerte podrá quedar atada a la mejor o peor perfomance del gobierno nacional en traer soluciones y mejorar el clima: si no lo hace al nivel de la expectativa general, puede el ciudadano encontrar en Massa y toda su influencia un consuelo no K.
También es una evidencia que la separación de trapos ha dejado de saldo una secuencia bastante parecida a cuando ocurre un divorcio: división de bienes y afectos comunes que quedan cruzados por decisiones ajenas. Es lo que ocurrió la semana pasada en el debate de Paren las Rotativas (los domingos a la noche por Telesol) entre dos mujeres (Susana Laciar, basualdista, y Vanina Alonso, ibarrista): les costó polemizar sobre lo bueno y lo malo del gobierno nacional, y con razón. Son amigas de mates y familia, de tantas caminatas juntas, ahora quedaron ambas a uno y otro lado de este muro de Berlín levantado entre ambos sectores.
Habrá que ver el tono del choque, lo que se escuchó hasta ahora de Ibarra es que no será precisamente suave. ¿Y hay chances de volver todo este cisma atrás? Cuentan algunos operadores que hay esperanza en el basualdismo de que un golpe a nivel nacional traiga la solución: un eventual acuerdo Massa-PJ. ¿Ciencia ficción?.
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