Por ahí sobrevivir la tempestad es más dramático luego, cuando… llegan las desgracias.
Desgracias de opiniones, intrusos y rumores.
El vendaval desatado en el sur sanjuanino posee características que nunca antes se habían mostrado con tanta bravura devastadora. Bastaba observar en silencio los tapes y fotografías del momento para alcanzar un recorrido penoso a la distancia y al que todavía le faltaba olores, frío, fango, y llantos de personas que sienten que lo perdieron todo.
Ese punto, las víctimas, la gente sufriente… es sin duda el target central, humano e imprescindible de la contención y la comunicación en crisis.
¿Sirve decirle a esa gente desde los medios, y mientras gotea el techo el agua quieta en su cama, que vamos a cambiarlos de casa para siempre, y de ciudad, de barrio, que le vamos a mudar de amigos y costumbres, que ellos son impotentes y sin decisión?
¿No alcanza la angustia de estar deshabitando con baldes el comedor, con el pan a la deriva para rumorearles éxodos en masa?
Por fiero y débil que sea el rancho, es el rancho, y el pueblo de uno ¿Cómo dejarlo?
Esta provincia, a la que se le ocurre tembladerales de madrugadas, se ha llenado de sanjuaninos entrenados en capear cascotes y robustecer vigas, y aunque cueste el doble hacer una casa, es muy fácil levantar un hogar. Es nuestra tierra y no nos vamos. Aprendimos y convivimos con el terremoto aunque vengan genios como Domingo Cavallo a proponer éxodos y decir que “esta provincia era inviable”, “in-viable”… a la distancia, la frase suena a canallada.
En Córdoba o San Luis hay miles de pueblos encantadores a la vera del río. Hasta allá nos vamos a dejar mucho dinero a cambio de ser por un rato parte del paisaje, hermosos paisajes que a veces se hacen grises y se largan en crecidas imparables que arrasan con carpas veraneantes y vidas humanas. Todos esos pueblos siguen creciendo y todos seguimos volviendo, aprendiendo, respetando esa posibilidad de la naturaleza y su capricho. Nadie va a mudar a la gente del Trapiche, ni a los vecinos del Volcán Hudson, ni a los cauceteros inquietos, mucho menos, a los heroicos vecinos del Pie de Palo.
Todos estos lugares desarrollaron respuestas, culturas, procedimientos, estímulos, que disminuyen los riesgos y facilitan la protección de la vida frente a cualquier desastre natural, y esto implica, desde la señaléctica, a la emisión de cada responsable mensaje masivo.
Usted puede no saber que es un tsunami, pero ni bien llegue desprevenido a las costas chilenas millones de carteles en la vía pública le crearan conciencia de cómo proceder frente a la emergencia. También tiene esos otros carteles de bienvenidos y cosas por el estilo, a nadie se le ocurrió la idea de trasladarlos más arriba en la cordillera.
El volcán Popocapetl está activo y a menos de 55 Km de la Ciudad de México, sin embargo hay más de 40 millones de habitantes alrededor que deben ser miopes porque no ven la mole de casi 5.400 metros con tos cíclica escupiendo gases, incluso, el año pasado se le ocurrió ponerse a fumar justo en el año de las profecías mayas para terror de todo el mundo.
Es difícil, superar la adversidad de la naturaleza, pero los sanjuaninos somos el mejor ejemplo de que sí se puede, y nunca se nos ocurrió migrar de suelo.
En el caso del sur sanjuanino no puedo afirmarlo, pero algunos entendidos ya ofrecieron para Sarmiento varias soluciones que hasta permitirían (de repetirse alguna otra vez este evento) contener el agua para volcarla luego al desierto: canalizando, conteniendo en diques, modificando su curso, aseguran muchas respuestas alentadoras y profesionales antes de proponer que se marchen los pobladores con lo puesto.
Es un pueblo acostumbrado a calentar la tierra, al sacrificio, una parte se organizó en pequeñas pymes para trabajar y fueron tiñendo de blanco el aire, el suelo, y repitiendo la insalubre tarea por generaciones, y es todo lo que saben y pueden hacer. Durante mucho tiempo fue el pueblo blanco de Serrat, pero estaban cambiando, mejorando creciendo, y por eso es mayor la necesidad de contenerlos, abrazarlos, facilitarles esperanza, es muy pronto para diagnósticos tan duros, para asegurar que es un ciudad inviable, aunque no siempre es culpa de los medios.
Es que con la desgracia en las calles llegan los socorristas producidos y solidarios, más preocupados en el encuadre del fotógrafo y en la exageración del relato que garanticen épica su participación, que de la sistematización operativa dispuesta. Entonces avanzan criticando todo, donando como les parezca e interfiriendo organizaciones, de ser posible, criticando al intendente de la zona... Y con desobediencia reparten sin saber, así, mientras algunos comen y reciben 2 colchones en otro lugar, otros aplastan un poco más el cartón para ver si ganan siesta y callan las tripas.
Incluso hasta los diputados que pasan la gorra solidaria y anuncian a viva voz aportes voluntarios, sin saber cuánto, ni para qué les alcanza, podrían poner más énfasis en asistir de una vez y para siempre al Ejecutivo con una verdadera ley de cadena provincial, para facilitar procedimientos y salvar vidas, herramienta que hoy no existe y que cuesta armar.
Es más solidario y lógico ese esfuerzo pertinente y legislativo que actuar frente a cámara en su capacidad de dar.
Una cadena provincial es una voz de mando, de comunicación inmediata, simultánea, una voz de ayuda, un sistema de información, una guía, un plan.
Una cadena no debe admitir interpretaciones variadas, porque de pronto un día te llueve 5 horas seguidas, te caen 1.000.000 metros cúbicos, y te superan cualquier pronóstico pluvial casi en un 50 por ciento, ese día, mas te vale comunicar un solo plan en cadena, a quedar encadenado a la voluntad de muchos tipos que decidan como ser historia en la crisis y cuando quieran ponerse play.