Las ventanillas abiertas en el machimbre mediante las cuales daban los turnos desde la madrugada aún asoman al patio de luz de la entrada principal. La doble hoja de una puerta antigua separa el silencio profundo del interior del bullicio de la avenida Libertador San Martín y Mendoza, pleno micro centro, donde está ubicado el emblemático edificio de la Liga, que durante años fue un símbolo de la salud en la provincia.
La Liga resiste de pie
El emblemático edificio en el que miles de niños sanjuaninos se hicieron la cartilla sanitaria ya no está abierto al público. Un paseo que despierta recuerdos dormidos.
Los consultorios parecieran estar listos, como si de un momento a otro fueran a llegar de nuevo cientos de chicos y chicas a primera hora de la mañana para sacarse sangre, hacerse una placa radiográfica o pasar por el examen del oculista.
Si aún pareciera escucharse en el interior de esos cuartos con techo de caña los gritos de la “Gorda que te vacuna”, como medio San Juan conocía a la mujer que durante años vacunó a miles de sanjuaninos. O el tradicional bioquímico que regalaba un caramelo a los chicos apenas terminaba de sacar sangre, como un premio al esfuerzo de haberse levantado temprano y haber ido en ayunas.
En la entrada principal, sobre el suelo, dado vuelta contra la pared como si se estuviera escondiendo, está el tradicional cartel y su símbolo: la doble cruz roja con el nombre a su alrededor que dice Liga Argentina contra la Tuberculosis – San Juan 1935.
Ese cartel que durante años estuvo colgado arriba de la entrada principal remite a la historia del edificio. La Liga Argentina contra la Tuberculosis y Enfermedades Regionales (LACLATYER) fue creada en San Juan en 1935 por el bacteorólogo Héctor Hugo Crescentino, un porteño que nació en la Boca y a los 2 años llegó a San Juan con su familia italiana para siempre. En ese mismo edificio de la avenida Libertador vivió y crió a sus seis hijos. Y allí vivió hasta que murió, en 1984.
La Liga contra la Tuberculosis era un movimiento internacional y el país llegó en 1902. La sede sanjuanina, como todas las otras, es una ONG sin fines de lucro. Cuando se creó en San Juan era el único lugar en el que se trataba a los tuberculosos, chagásicos y enfermos de la peste bubónica, en momentos que en el país había una epidemia de tuberculosis. Incluso, después de la Liga empezó a funcionar el Servicio de Tisiología en el hospital Marcial Quiroga.
Desde 1935, con un grupo humano y profesional de alta calidad, la Liga funcionó ininterrumpidamente hasta el 2011. Incluso después del terremoto del 15 de enero de 1944, cuando el edificio quedó en ruinas.
Ahora, Ricardo Crescentino, uno de los hijos del fundador de la Liga, está haciendo las gestiones para reflotar el edificio: “La Liga nunca desapareció porque es una ONG que siempre estuvo viva. El edificio no reunía las normas de seguridad y debió ser cerrado al público. Ahora estamos gestionando generar algún tipo de recurso económico con el inmueble de 1.000 metros cuadrados para que la Liga vuelva a funcionar como lo hizo toda la vida”.
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