En un boliche top del Lateral de Circunvalación, entre Libertador y Central, tres policías intimidaban a la gente que entraba y salía el sábado por la noche. Eran adicionales contratados por el lugar: los efectivos estaban con uniforme, chaleco y el arma calzada sobre el pecho, seguramente con seguro, pero en un claro mensaje de peligro en medio de tanta gente.
Ya es costumbre escuchar en juicios o en casos de gatillo fácil que el disparo se escapó y terminó matando a un inocente. Especialmente cuando se trata de un arma policial en manos desprevenidas e inexpertas de la propia policía. En este caso del boliche se trata de un telegrama al peligro, en un lugar donde casi con certeza no tendrían que correr a un delincuente en 3 décadas seguidas. ¿Para qué, si su presencia allí es para prevenir?
A la misma hora y no muy lejos de allí, en plena Plaza 25 de Mayo, dos vehículos aceleraban por calle Mitre, a los gritos entre auto y auto. Se mostraban botellas y ningún policía andaba cerca. La plaza no paga adicionales.
Barrio Smata, lunes a las 9 de la mañana sobre calle Dominguito. Tres policías están de consigna en la esquina de un barrio donde suele haber episodios delictivos. No es común ver allí policías a menudo, por lo tanto, una buena. Pero, ¿por qué tres? No hubiese sido más eficiente que uno se ponga en la esquina y los otros dos caminen barrio adentro. Claro, no se hubieran podido contar las novedades del fin de semana.
Misma hora, calle 25 de Mayo y Matías Zaballa, un policía de consigna sobresale con su chaleco en un cruce transitado. Pero el hombre mira su celular insistentemente, no lo suelta. Y sigue mirando. Es un efectivo anulado por el narcótico del celular, como tantos, cientos, de los que recibieron la orden en estos días de salir a la calle para ofrecer seguridad y a veces generan el efecto inverso.