El cierre definitivo del supermercado Libertad en San Juan marcó el final de un ciclo de casi 27 años. Lo que durante décadas fue uno de los espacios comerciales más concurridos de la provincia, hoy aparece vacío y en pleno proceso de transformación para el desembarco de una nueva firma.
Los 450 empleados, los "fantasmas" y la competencia de las cajeras: el recuerdo de la época dorada de Libertad en San Juan
Durante más de dos décadas, el supermercado fue uno de los polos comerciales más importantes de San Juan. Con cientos de empleados, filas interminables en cajas y una dinámica laboral marcada por la convivencia diaria, extrabajadores reconstruyen cómo era el funcionamiento interno en sus años de mayor actividad. El relato de una exempleada y las aventuras con la "familia Libertad".
En ese contexto, comienzan a emerger los relatos de quienes formaron parte de su funcionamiento cotidiano. Historias que permiten reconstruir cómo era trabajar en el hipermercado durante su etapa de mayor actividad, cuando el movimiento era constante, las cajas no daban abasto y la estructura laboral alcanzaba a cientos de personas. Una de esas voces es la de Gabriela Zeballos, exempleada que ingresó en 2004 y finalizó su vínculo a fines de 2025. Su recorrido dentro de la empresa abarca desde los años de expansión hasta el progresivo descenso de la actividad comercial.
De dejar currículums todos los meses a formar parte del hiper
El supermeracado abrió sus puertas el 29 de septiembre de 1999, en el lateral de Avenida Circunvalación, en Desamparados. Fue el primer hipermercado con paseo comercial en la provincia y llegó a contar con una superficie cubierta de 30.000 metros cuadrados.
En ese contexto, también se convirtió en una fuente de empleo relevante. Durante la década del 2000, la sede local alcanzó los 450 empleados, incluyendo personal jerárquico, y llegó a operar con hasta 42 cajas activas.
Gabriela Zeballos comenzó a vincularse con ese espacio incluso antes de ser contratada. Según relató, desde la apertura del hiper enviaba su currículum de manera mensual, motivada por la imagen que proyectaba el lugar.
La oportunidad llegó en junio de 2004, cuando fue convocada a una entrevista grupal. Ingresó inicialmente con un contrato de seis meses, pero en menos de un mes quedó en planta permanente.
Su puesto fue en línea de cajas, dentro del área de facturación, uno de los sectores con mayor exposición y ritmo de trabajo dentro del supermercado.
Jornadas extensas, hasta 40 cajas abiertas y filas sin fin
Durante los años de mayor actividad, el hiper funcionaba con una dinámica intensa. Las jornadas laborales incluían horarios cortados, una modalidad que implicaba dividir el día en dos turnos. “Entrabas a las 9, salías a las 12, volvías a las 4 y te ibas a las 9 de la noche”, describió.
A pesar de la exigencia, el volumen de trabajo era constante. En los momentos de mayor afluencia, las filas en las cajas se extendían durante largos minutos y el objetivo era sostener la fluidez en la atención.
En ese contexto surgían dinámicas internas para hacer más llevadero el ritmo. Una de ellas era la competencia entre cajeros.
Esa lógica, según señaló, funcionaba como una forma de motivación y entretenimiento dentro de un entorno de alta demanda. Sin embargo, con el paso del tiempo y la caída en las ventas, esa escena comenzó a desaparecer.
Hacia el final de su etapa laboral, la cantidad de cajas activas se había reducido considerablemente. “Cuando me fui quedaban 12, después quedaron nueve”, indicó.
Compañeros, solidaridad y una red que funcionaba dentro y fuera del trabajo
Más allá del funcionamiento comercial, uno de los aspectos más destacados en los relatos es el vínculo entre los empleados. Zeballos describió al grupo de trabajo como una estructura de fuerte contención interna.
Esa dinámica se reflejaba tanto en lo cotidiano como en situaciones puntuales. Según contó, era frecuente que los empleados se ayudaran entre sí, incluso con recursos propios.
Recordó casos de compañeros que, ante la falta de dinero de clientes -especialmente jubilados-, aportaban de su bolsillo para completar compras básicas. También mencionó gestos solidarios dentro del equipo, como el acompañamiento a colegas que atravesaban situaciones personales o económicas complejas.
Durante la pandemia de COVID-19, esa red se intensificó. Mientras algunos trabajadores debieron aislarse por condiciones de riesgo, otros continuaron en funciones y organizaron ayudas. Entre esas acciones, se incluían envíos de mercadería, colectas de dinero y la realización de videos para acompañar a quienes no podían asistir al trabajo.
Según el testimonio, el impacto sanitario también dejó secuelas en parte del personal, con casos de complicaciones posteriores a la enfermedad.
After office, fiestas y celebraciones internas
Fuera del horario laboral, el grupo mantenía espacios de encuentro que reforzaban los vínculos construidos dentro del hipermercado. Uno de los puntos habituales era una estación de servicio cercana, donde se reunían después de la jornada. Allí organizaban encuentros informales con música, comida y bebida. “Nos quedábamos hasta tarde, nos ponían luces, música. Se había generado un vínculo también con los que trabajaban ahí”, relató.
A esto se sumaban las celebraciones organizadas por la empresa, como las fiestas de fin de año, que eran recordadas como eventos de gran convocatoria interna.
También había actividades impulsadas por los propios empleados, especialmente en fechas especiales. Para Halloween, por ejemplo, organizaban la entrega de golosinas a niños, con participación activa del personal.
En otras ocasiones, algunos trabajadores asumían roles específicos para eventos: desde animaciones para el Día del Niño hasta caracterizaciones como Papá Noel o Reyes Magos.
“Los fantasmas”, las bromas y el detrás de escena del supermercado
Dentro de la rutina diaria también había espacio para el humor y las anécdotas internas. Zeballos recordó que entre los empleados circulaba la idea de que el supermercado tenía “fantasmas”. Se trataba de bromas recurrentes que formaban parte del folklore interno del lugar y que, según explicó, contribuían a distender el ambiente laboral.
A eso se sumaban otras prácticas informales, como juegos entre compañeros durante momentos de menor actividad. Desde esconder productos hasta generar situaciones ficticias que luego debían resolver, eran parte de una dinámica cotidiana marcada por la convivencia prolongada.
Del auge al cierre y el cambio de escenario
El contraste con la actualidad es marcado. Este jueves, el supermercado Libertad cerró definitivamente sus puertas tras un proceso de liquidación de mercadería. El espacio quedó vacío, con sectores cubiertos y estructuras desmontadas, a la espera de su reconversión. La operación incluyó la venta del fondo de comercio a la firma La Anónima, que comenzará a operar en el lugar a partir del 12 de junio.
En términos laborales, unos 80 empleados continuarán bajo la nueva empresa, que mantendrá la antigüedad. Un grupo reducido seguirá vinculado a la gestión del paseo comercial, que conservará el nombre Paseo Libertad.