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jueves 23 de abril de 2026

Personajes

Betu, la que pone el alma en un templo de hombres en San Juan

Beatriz Agüero fue modelo a los 17, pero la vida la llevó por el camino del trabajo duro. Hoy, entre quimioterapias y pedidos de tortillas rellenas, sigue siendo un motor en Fredo, la sala de pool más tradicional de la provincia. Conocela.

Por Miriam Walter

El aire en la sala de billar tiene un olor particular: es una mezcla de tiza, café recién hecho y el aroma penetrante del ajo que emana de la cocina. En el centro de ese ecosistema, moviéndose con la agilidad de quien conoce cada baldosa de memoria, está Beatriz Agüero. Para todos es "Betu" o "Bety". Lleva 28 años en el tradicional Fredo Pool, cumpliendo funciones que van desde cocinera y moza hasta cajera, aunque de niña su sueño era otro. "Cuando era chica quería ser psicóloga", confiesa con una sonrisa que oculta las batallas de una mujer que está a punto de cumplir 61 años.

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Beatriz es una sobreviviente nata. Se crió en la Villa 12 de Octubre, en Rawson, entre cuatro hermanos y la dureza de la calle. Su vida ha sido un constante "ir a mil" entre el bife, el ajo y cerrar una mesa de juego en la sala de billar más antigua y grande de San Juan, que maneja Daniel Ramos. "Ya es costumbre, ya es un hábito, no me afecta para nada", dice sobre el ritmo frenético que mantiene durante varias horas diarias.

Esa energía fue la que le permitió criar sola a sus cinco hijos: la mayor de 36, Micaela de 31, Milagros Abril (a quien ella llama Alegría) de 24, Ramiro de 20 y Martín de 18. Se define a sí misma como una madre que tuvo que postergar todo por ellos, trabajando sin descanso porque "fue trabajar, trabajar y dedicarme a los chicos". Beatriz es abuela de cuatro nietos varones de 21, 15, 14 años, y el más pequeño de 6 que juega al hockey y es su gran orgullo.

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Betu, orgullosa de su familia.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que el destino parecía apuntar hacia las luces y el glamour. A los 17 años, Beatriz fue modelo de ropa y peinados, desfilando y posando para fotos. Pero ese mundo le mostró su cara más amarga durante un viaje a Buenos Aires, donde un hombre le dejó una marca de miedo y desconfianza. Poco después se quedó embarazada y la pasarela se transformó en una cocina. "No fue mi futuro tampoco", sentencia con la practicidad de quien no se permite melancolías innecesarias.

En la cocina de la sala, las especialidades que más le reclaman los clientes son los bifes con papas a caballo, las milanesas -que "prefieren bien cargadas de grasa"- y, sobre todo, sus famosas tortillas rellenas con jamón, queso y una generosa cantidad de ajo y cebolla. Aunque hoy es la pieza fundamental del menú y la encargada de alimentar a las distintas camadas de jugadores, Beatriz no siempre tuvo esa destreza culinaria; de hecho, aprendió todo el oficio allí mismo, guiada por la generación anterior de dueños del lugar. Según relata ella misma, "gran parte me lo enseñó el papá de mi jefe, me enseñó a cocinar porque yo no sabía hacer ni un bife". Así, pasó de no tener experiencia previa a transformarse en la especialista que hoy maneja con maestría el fuego y los sabores que definen la identidad del billar.

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Tacones y tacos

Trabajar en un circuito predominantemente masculino durante casi tres décadas requiere una piel especial. Beatriz lo maneja con una mezcla de instinto maternal y firmeza absoluta. Asegura que en su turno trabaja permanentemente con hombres grandes y que el trato es de muchísimo respeto, pero aclara que ese respeto no es gratuito. "Yo creo que con la cara que pongo, pongo el freno. Soy muy expresiva", explica sobre su método para mantener la distancia necesaria en un ambiente que podría volverse hostil para otra persona.

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A pesar de esa coraza, los clientes la buscan. Se sientan a contarle sus problemas, desde los habitués de toda la vida hasta los adolescentes que salen del colegio. En las fiestas, el brindis es siempre para ella porque un poco la consideran la psicóloga del grupo. Ella los observa, sabe quién viene a desenchufarse y quién trae los problemas de la calle en la cara.

Aunque no es amiga de sus compañeros y mantiene su vida privada bajo siete llaves, reconoce que el afecto de los "muchachos" es genuino. "Me río muchísimo al escucharlos hablar entre ellos", confiesa sobre el intercambio constante con los clientes. Esa confianza la ha vuelto, según sus propias palabras, "muy atrevida", permitiéndose opinar y participar activamente en las charlas de los hombres que frecuentan la sala. El vínculo incluye el código de las cargadas. Los que van siempre la integran con total naturalidad, tratándola como "un vago más" dentro de esa cofradía del paño verde.

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A pesar de pasar casi tres décadas rodeada de billaristas, Beatriz confiesa con sinceridad que nunca juega al pool porque, sencillamente, no le gusta. En sus comienzos, solo participaba en partidas con sus compañeros por apuestas domésticas: quien perdía el partido debía limpiar o lavar la vajilla, y como a ella el juego no le atraía, solía terminar perdiendo y encargándose de las tareas, cuenta.

La vida le puso su prueba más dura en junio del año pasado, cuando detectó una "pelotita" que resultó ser cáncer. Lejos de rendirse, Beatriz siguió yendo a la sala, ahora con pañuelo en la cabeza. "El único miedo es dejar solos a mis hijos", dice con una entereza que asombra a los médicos y a sus propias compañeras de tratamiento. Ha pasado por quimioterapias agresivas, sufriendo las náuseas y el malestar general, pero sin soltar la sartén ni el trapo de limpieza. El trabajo, dice, es lo que la mantiene en pie y le contagia la alegría de la gente que viene a pasarla bien.

Hoy, Beatriz sigue esperando su casa propia del IPV, mientras alquila en el célebre barrio San Martín. Sin embargo, no se queda quieta. Terminó el secundario hace apenas tres años para darle el ejemplo a sus hijos. Funcionó: una de ellas decidió retomar sus estudios viendo que es posible si se lo propone con fuerza.

Betu también tiene cursos de esteticista hechos, soñando con un futuro donde pueda trabajar de lo que realmente le gusta cuando la enfermedad se lo permita. Mientras tanto, seguirá siendo la especialista en tortillas rellenas, la mujer que sabe quién es un "perro" jugando al pool y quién tiene buena mano, la que se ríe de los chistes de los muchachos y la que, al final del día, solo quiere tirarse en un sillón a ver una película de acción.

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