Vivimos un tiempo más oscuro que el culo de un topo negro (Hasta la victoria siempre Indio). La pantalla ilumina el rostro y empobrece la experiencia. El teléfono se convirtió en el dispositivo central de una cultura que mezcla entretenimiento, sobresalto, deseo, indignación, exhibición y consumo en una secuencia continua. La atención queda capturada por un flujo que no se detiene, empuja a reaccionar antes de comprender y desgasta, casi sin pausa, la capacidad de pensar, de demorarse y de sentir con alguna profundidad.
La interacción constante con la red está alterando nuestra arquitectura cerebral. El fenómeno ya tiene nombre. Se lo llama “brain rot”, mente podrida. La expresión puede sonar brutal, pero nombra con bastante precisión una experiencia extendida. Algo se degrada en nuestra forma de atender, de comprender, de registrar lo real y de sostener un pensamiento con continuidad. Está en juego una ruptura con nuestra historia cognitiva. Se modifica la manera en que aprendimos a concentrarnos, a leer, a demorarnos en una idea, a elaborar una emoción y a habitar el tiempo.
Internet organiza hoy el ambiente principal de nuestra vida despierta. Habitamos más el plano virtual que el real. La gran mayoría de las personas consultamos el teléfono en los primeros diez minutos después de abrir los ojos. El dato revela una obediencia incorporada, una forma de disponibilidad inmediata ante el dispositivo que ordena el día antes incluso de que el cuerpo termine de despertarse. Las cifras de conexión diaria retratan con crudeza esa captura. En Sudáfrica el promedio supera las nueve horas y veinticuatro minutos. En Brasil alcanza las nueve horas y trece minutos. En la Argentina llega a las ocho horas y cuarenta y un minutos. En Estados Unidos ronda las siete horas y tres minutos. Estamos hablando de una porción gigantesca de la vida entregada a una mediación que organiza la experiencia y modela la sensibilidad.
El colapso de la atención constituye una de las consecuencias más visibles de esta transformación. Distintos estudios muestran que la exposición prolongada a las pantallas afecta el control emocional y reduce la capacidad de sostener el foco. La caída resulta obscena. En 2004 todavía éramos capaces de mantener la atención durante dos minutos y medio. En 2012 ese tiempo había descendido a setenta y cinco segundos. En 2025 el promedio ronda apenas los cuarenta y cinco segundos. Ahí aparece una modificación profunda del vínculo con el pensamiento, con el lenguaje y con la realidad. Una sociedad que ya no puede sostener la atención durante más de unos pocos segundos se vuelve más ansiosa, más impulsiva, más vulnerable a la captura emocional y, claramente, más violenta.
En ese terreno prospera la cultura del espectáculo. Aumenta también la excitación continua, la indignación automática y el consumo inagotable de estímulos. La pantalla ofrece una secuencia interminable de escándalo, erotización, violencia, denuncia, ironía, sufrimiento y entretenimiento bajo el mismo régimen de circulación instantánea. La consecuencia es una sensibilidad fatigada, sobreexpuesta y cada vez menos capaz de establecer jerarquías. La tragedia social, el dolor ajeno, una humillación pública, una denuncia, una guerra, un chisme o una noticia ridícula quedan sometidos a la misma lógica, a la misma velocidad y al mismo dedo que desliza.
El negocio de la indignación encontró en las redes y en los canales de streaming una de sus formas más rentables. La atención se volvió mercancía y la violencia verbal, un recurso eficaz para producir circulación. Decir algo brutal, insinuar una aberración, herir una sensibilidad colectiva, degradar a alguien en público o transformar la crueldad en una escena comentable ofrece rendimiento inmediato. El escándalo engorda el número de vistas, la obscenidad genera recorte, la humillación promueve la interacción. Esa lógica organiza cada vez más espacios de la conversación pública y va formando una sensibilidad donde lo extremo empieza a instalarse como parte del paisaje. Ahí aparece una pedagogía completa del egoísmo, del descarte y de la competencia moralmente degradada, una forma de vivir donde el otro deja de ser un semejante y pasa a ser material de uso, de burla, de consumo o de ventaja. Juegan a “primero yo”, después a “también yo” y, al final, a “las migas para mí ”
Esa degradación se ve con nitidez en ciertos discursos que circulan con total impunidad en algunos canales de streaming, donde se puede escuchar que una mujer borracha “está regalada”, que un hombre no podría resistirse a actuar sexualmente con su propia hija o que una mujer preferiría quedarse sola antes que vivir en un cuerpo que no responda al mandato de delgadez. Esas frases expresan una pedagogía del envilecimiento. Naturalizan la violencia por la vía del chiste, de la provocación o de la supuesta valentía de decir cualquier cosa. Enseñan a convivir con la brutalidad hasta volverla tolerable.
La política participa de esa misma degradación cuando hace del insulto, la humillación y la agresión una forma estable de construir legitimidad. Milei elevó esa práctica a método y convirtió la violencia en una pedagogía pública del desprecio. La red se llena entonces de imitadores, de usuarios que aprenden rápido que la crueldad da visibilidad y que la ofensa puede funcionar como forma de pertenencia. El resultado es una conversación pública intoxicada, con umbrales de violencia cada vez más altos y con una parte importante de la sociedad acostumbrándose a consumir agresión como si se tratara de un rasgo normal del clima de época.
Las principales víctimas de esa maquinaria siguen siendo las mujeres. Sobre sus cuerpos, sus decisiones, sus palabras y sus vidas se descarga una parte decisiva de la violencia que este tiempo produce, multiplica y normaliza. La cultura del espectáculo encuentra en ellas un territorio privilegiado para la exhibición, el juicio moral, la humillación y el castigo. La pantalla le da a esa operación velocidad, escala y repetición. Una agresión se comenta, se comparte, se reformatea, se discute y vuelve a circular hasta desgastar cualquier resto de pudor. El sufrimiento femenino entra con demasiada facilidad al circuito del consumo visual.
Ese clima cultural tiene consecuencias concretas. Jonathan Andrade, operario minero, atropelló, secuestró, golpeó y apuñaló a su pareja. La gravedad de los ataques convivió luego con una respuesta judicial que repone, con una serenidad escalofriante, el lugar subordinado que todavía ocupa la vida de una mujer. Andrade recuperó la libertad ambulatoria después de un acuerdo entre su defensa y la Fiscalía que derivó en una pena de tres años de prisión de ejecución condicional. El caso expone con crudeza quiénes cargan el peso principal de esta violencia y qué respuesta encuentran demasiadas veces. Las mujeres aparecen como las víctimas más recurrentes de una brutalidad que viaja del lenguaje a los hechos, de la pantalla al cuerpo, del comentario degradante a la agresión concreta. La distancia entre el daño sufrido y la respuesta institucional transmite indulgencia, relativiza el espanto y confirma que la vida de una mujer sigue valiendo menos de lo que debería valer en una comunidad que se pretenda justa.
La misma lógica asoma cuando el horror ingresa al circuito del espectáculo o queda atrapado en una lengua pública incapaz de conmoverse. El triple crimen de Florencio Varela, filmado y transmitido en un vivo de Instagram, mostró hasta qué punto la pantalla puede absorber incluso la ferocidad más extrema. La muerte quedó incorporada al mismo flujo que organiza el entretenimiento, el comentario y la mirada sin pausa. En esa misma atmósfera de degradación se vuelve posible que el fiscal Raúl Garzón pida una medalla para un perro cuando Agostina Vega, de catorce años, había sido violada, asesinada, descuartizada y enterrada. Esa frase puso en evidencia una lengua pública quebrada, formada en una época que vuelve consumible el espanto y cada vez más difícil la conmoción verdadera.
Una sociedad acostumbrada a consumir humillación también se acostumbra a tolerar más crueldad en la vida real. Una sociedad que vuelve espectáculo el sufrimiento femenino debilita su capacidad de cuidado, de escucha y de justicia. La violencia contra las mujeres expresa entonces una de las verdades más brutales de esta cultura del entretenimiento y la indignación infinita. Ahí se ve con claridad qué cuerpos quedan más expuestos, qué vidas son más fácilmente degradadas y qué dolor encuentra mayores obstáculos para ser reconocido con la seriedad que merece.
Escribo esto siendo varón porque esa posición ya no admite comodidad ni inocencia. En la Argentina, la violencia contra las mujeres tiene una persistencia atroz y una regularidad que debería quebrar cualquier forma de indiferencia. Esa frecuencia habla de un orden, de una pedagogía, de una cultura y de un sistema del que los varones somos los responsables. Nos toca hacernos cargo, revisar la lengua con la que hablamos, el humor que celebramos, la violencia que dejamos pasar y la cobardía con la que demasiadas veces miramos para otro lado. Debemos romper ese sistema desde adentro, en la vida cotidiana, en los vínculos, en la política, en la justicia, en los medios y en las pantallas; acompañando a nuestras mujeres, que nos están marcando el camino. El problema de fondo tiene que ver con la humanidad que estamos perdiendo y con la que todavía podemos salvar. Y si no hay amor, que no haya nada entonces