Hace tres años moría Leopoldo Alfredo Bravo, hijo del famoso caudillo pero que supo hacer nombre propio como embajador en Rusia, como líder del Partido Bloquista, como amigo y como padre de familia. Tenía 50 años cuando le ganó el cáncer. Lo despidieron con honores, colaboradores y ocasionales adversarios políticos le reconocieron por igual sus dotes de gran hombre, de conciliador, de impetuoso y de gran militante. Murió siendo diplomático y conduciendo el bloquismo, en medio de los tironeos por la sociedad con el giojismo, de los intentos por reflotar el partido centenario. Los que lo conocieron, en sus épocas de bigote y en sus épocas sin bigote, encontraron en él un político sincero, audaz y de paso firme. Cuando se fue decía que quería ser gobernador, más que como un mandato familiar, como un sentimiento que lo movilizaba, incansable, hasta que no pudo más. Hoy lo recuerdan sus familiares y sus correligionarios y todos los que compartieron con él, en silencio, sin misa ni acto, pero con el afecto de siempre.