Uno por querer llevarse a la fuerza a su esposa. El otro por defender a su cuñada. En el medio, esa chica que lo menos que buscaba era más violencia. En esa noche, sin embargo, volaron piedras e insultos hasta que los dos cuñados se fueron a las manos en la puerta de una casa de Villa del Carril. Ahí todo se desmadró y el joven que desató el pleito salió con los pies para adelante.
Una mujer maltratada, un marido violento y un cuñado que se llenó las manos de sangre en Villa del Carril
Todo empezó cuando un joven fue a buscar a su mujer a la casa de la hermana. Quiso llevársela a la fuerza y su cuñado salió a enfrentarlo y lo mató. Fue en agosto de 1965.
La violencia machista otra vez apareció como trasfondo en esta sangrienta historia ocurrida el miércoles 25 de agosto de 1965, aunque la víctima no fue una mujer. Paradójicamente, el muerto fue el propio maltratador, Oscar Rubén Quiroga, un empleado de comercio de 21 años que esa noche quiso demostrar de nuevo su falsa hombría con Ana Rivera -su joven pareja- y terminó perdiendo.
Los problemas empezaron horas antes en la casa que compartían en Diagonal Rossini, en Desamparados. Quiroga había llegado borracho y comenzó a golpear a la chica que, asustada o cansada de las humillaciones, tomó a su bebé en brazos y se marchó en dirección al lugar donde alquilaban su hermana y su cuñado en Villa del Carril.
Ana llegó al inquilinato situado en la calle Segundino Navarro y le pidió a su hermana y a su cuñado, Roberto Morales, que le dieran un lugar en su habitación porque otra vez Quiroga la había golpeado. Les contó que tenía miedo y les suplicó que, si éste aparecía a buscarla, le dijeran que allí no estaba.
Roberto Morales y su esposa consolaron a su cuñada y acomodaron el lugar para que, junto a su hijo, pasaran la noche en ese pequeño departamento. Pero la calma no duró demasiado. Aún no se acostaban cuando escucharon los golpes en la puerta del inquilinato. Era Oscar Quiroga, quien llamaba a Ana desde la vereda.
Miguel Escudero, el dueño de la propiedad, salió a atender y le respondió que ahí no vivía ninguna mujer llamada Ana. Por detrás se asomó Roberto Morales para tratar de conversar y tranquilizar a su cuñado, que se veía alterado por el estado de ebriedad. Sin embargo, Quiroga no entraba en razón, a pesar de que le aseguraban que su mujer no se encontraba en ese lugar.
Oscar Quiroga estaba convencido de que escondían a su esposa e intentó entrar de prepo, pero Morales lo frenó y se produjo un primer forcejeo. El escándalo llamó la atención de los vecinos, al punto que un policía que vivía enfrente intervino para separarlos y amenazó al ofuscado visitante con que lo llevaría preso si no se retiraba.
Por un momento, Quiroga pareció haber reflexionado. Y se retiró mordiéndose los labios de las puteadas, pero, al contrario de lo que todos pensaban, se fue con la idea de volver. Sin perder tiempo, buscó a Sixto Gatica y a Hugo Managua -sus dos amigos- y regresó al inquilinato de calle Segundino Navarro para hacer frente a su cuñado y al vecino policía, por si se entrometía de nuevo.
A Quiroga se le puso en la cabeza que sí o sí se iba a llevar a su mujer, pero además quería darle un escarmiento a Roberto Morales. Fue decidido a todo. Desde la calle comenzaron a gritar, llamando a pelear a su cuñado, durante algunos minutos. Como desde adentro no respondían, más se alteraron y hasta largaron pedradas contra el frente del inquilinato.
Roberto Morales, de 27 años, se hartó y salió a enfrentarlos. Primero quiso apaciguar los ánimos e intentó hablar con su cuñado, pero éste continuó insultándolo y lo desafió a pelear. En ese instante se agarraron a golpes, pero el dueño de casa ya venía preparado. En el tumulto sacó el cuchillo que traía escondido y le clavó un puntazo en el pecho a Quiroga. La filosa hoja metálica de 10 centímetros se hundió cerca del corazón; más que suficiente para que su cuñado político cayera al piso.
Los testigos de la pelea, incluso el vecino policía, buscaron en vano auxiliar a Oscar Rubén Quiroga. El joven agonizó un rato en el piso y murió antes de que lo pudieran trasladar al hospital. Morales no se movió de allí hasta que llegaron otros policías y lo trasladaron esposado a la Comisaría 4ta de Desamparados.
La víctima no portaba nada; en cambio, él lo había acuchillado. En ese marco, la causa judicial contra Roberto Morales fue inicialmente calificada como homicidio simple, pero quedaba claro que él no había empezado el pleito y que, en todo caso, primeramente, había sido la víctima.
Todo se planteó en el juicio escrito realizado casi dos años más tarde en el Juzgado del Crimen de Segunda Nominación. Si bien la fiscalía continuó sosteniendo la acusación por el delito de homicidio, la defensa instaló los argumentos de que Morales solo respondió a la agresión de su cuñado. También mencionó que el fallecido era una persona violenta con su mujer y que esa noche el conflicto empezó después de que golpeó a la chica y ésta fue a buscar refugio en la casa de su cuñado y su hermana. Agregó que Quiroga llegó a provocarlo y a querer pelear, y que después regresó con dos amigos con quienes atacó a pedradas el inquilinato de calle Segundino Navarro.
El juez Wilson Vaca analizó las declaraciones y todas las actuaciones en torno a la causa, pero también leyó las declaraciones de los testigos que respaldaron los dichos del acusado. En junio de 1967 dictó la sentencia y declaró culpable a Roberto Morales, pero por el delito de homicidio cometido en exceso en la legítima defensa, y lo condenó a 1 año y 10 meses de prisión. Es decir, dio por cumplida su pena y le otorgó la libertad.
FUENTE: Sentencia del Juzgado del Crimen de Segundo Nominación del Poder Judicial de San Juan, artículos periodísticos de Tribuna y Diario de Cuyo, y hemeroteca de la Biblioteca Franklin Rawson.