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domingo 26 de abril de 2026

Historias del Crimen

El pocitano que salió en defensa de su hija y asesinó a su yerno maltratador

El hombre no aguantó más e intentó interceder, pero su enojo fue tal que sacó un revólver para escarmentar al esposo de su hija. Fue en octubre de 1965.

Por Walter Vilca

El clima no era el mejor en ese hogar y todos estaban muy sensibles. Alejo Algañaraz andaba siempre angustiado desde que perdió una mano en un accidente laboral y cada vez que entraba en crisis y se emborrachaba descargaba su rabia contra Francisca Sosa, su esposa. Ella la pasaba peor. Atravesaba el posparto y había entrado en un estado depresivo que hacía doble su sufrimiento ante los maltratos de su esposo.

Eufemio Nicolás Sosa, el papá de Francisca, y su mujer eran testigos mudos de lo que sucedía en la casa ubicada en la calle Rawson, cerca de Uriburu, en Villa Aberastain, Pocito. La pareja, que vivía a solo tres cuadras, prefería no preguntar ni entrometerse en el matrimonio de su hija, quizás esperanzados de que solo eran discusiones del momento y que pronto pasarían.

El aire estaba enrarecido en la familia Sosa y miraban de reojo a Algañaraz por sus violentos arranques contra Francisca. Eufemio se debatía entre mantenerse distante de los problemas de su hija y su pareja, y el sentimiento de culpa que lo carcomía por no hacer nada.

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Algarañaz y su familia vivía sobre calle Rawson, cerca de Uriburu, en inmediaciones de la plaza central de Aberastain en Pocito.

Esa misma impotencia sintió la noche del sábado 9 de octubre de 1965, cuando otro de sus hijos le contó que su yerno Juan Alejo Algañaraz le había pegado otra vez a Francisca. En ese instante le hirvió la sangre y amagó con ir hasta la casa de su hija, pero se frenó; sabía que su enojo empeoraría las cosas, de modo que se guardó.

El domingo 10 de octubre se despertó pensando que debía hablar con su yerno, pero decidió esperar el momento propicio. Al mediodía recibió a un amigo que compartió el almuerzo con su familia y ahí tomaron un vino. La visita se retiró en horas de la siesta y Eufemio ya estaba entonado.

El alcohol que tenía encima hizo tomar coraje y caminó hasta la casa de su hija para hablar con su yerno. Mientras se acercaba a esa otra vivienda escuchó los gritos de Francisca y los llantos de su bebé, de apenas 7 días de vida. Abrió la puerta sin golpear, entonces encontró a Alejo Algañaraz pegando brutalmente a su hija con un lazo.

Eufemio le gritó a su yerno que parara de golpear a su hija, pero este se encontraba borracho y fuera de sí. Su respuesta fueron puros insultos y hasta lo echó con el argumento que era un problema suyo. El trabajador rural de 58 años se desfiguró y enceguecido de la furia regresó presuroso a su casa y buscó su revólver calibre 22.

Eufemio Sosa estaba al tanto de que su yerno maltrataba a su hija, pero no se entrometió hasta ese domingo 10 de octubre de 1965.

A los minutos volvió a la casa de su hija, ya con el arma en mano, y enfrentó a Alejo Algañaraz. El propio Eufemio no recuerda si cruzaron algunas palabras, sí tiene grabado que era tanta su calentura que apuntó a su yerno con el revólver y prácticamente lo acribilló a balazos. Este intentó escapar, pero recibió un tiro en la espalda. Después, dos disparos la zona del muslo derecho.

Cuando Eufemio vio a Algañaraz tirado en el piso, sacó a su hija y a su nieto de la casa y se los llevó a su domicilio. Los otros miembros de la familia y los vecinos salieron a buscar ayuda y trasladaron al hombre de 34 años al hospital departamental. El médico que lo atendió y observó la gravedad de las heridas lo derivó a la víctima a la guardia del Hospital Guillermo Rawson de la Capital provincial, pero llegó sin vida. El disparo que ingresó por la espalda había impactado en la zona de los pulmones.

El oficial Francisco Allende y el agente Oscar Díaz, de la Comisaría 7ma., apenas tomaron conocimiento del hecho de sangre partieron rumbo a la casa de los Sosa y detuvieron a Eufemio como presunto autor del asesinato. Él nunca lo negó, pero dijo que no pudo contenerse. Estaba perturbado y acongojado por el triste final de su yerno, aunque afirmó que intentó defender a su hija.

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El titular de un diario local daba cuenta del violento episodio de sangre.

Eufemio Nicolás Sosa fue alojado en la cárcel pública y dos años más tarde, en 1967, fue sometido a un juicio escrito en el Juzgado del Crimen de Primera Nominación. El delito que le achacaron fue el de homicidio simple y la fiscalía solicitó una pena de 10 años de cárcel. La defensa, en cambio, alegó que el obrero rural había cometido el asesinato en un estado de emoción violenta.

El abogado sostuvo que Sosa se indignó al ver cómo castigaban y humillaban a su hija que reaccionó de forma violenta para defenderla. Dijo que se vio desbordado por la situación que padecía su hija, quien había sido madre hacía apenas 7 días, que atravesaba una depresión producto de su estado puerperal y que la veía sufrir al lado de su yerno. La muchacha sufría violencia de género.

El juez Alejandro Hidalgo valoró los testimonios que daban fe de que Sosa era un hombre violento, que padecía de una neurosis de angustia después de que perdió una mano y que se ponía irascible con Francisca. Tomó en cuenta que Eufemio Sosa gozaba de buen concepto entre sus vecinos, era un hombre de trabajo y no tenía antecedentes.

El 16 de julio de 1967 se conoció el veredicto del juez Hidalgo que lo declaró culpable, pero por el delito de homicidio en estado de emoción violenta. En consecuencia, lo sentenció a la pena de 3 años de prisión. Ese día, el hombre que mató a su yerno por defender a su hija, recuperó la libertad.

Chapa de violencia de género 1

FUENTE: Sentencia del Juzgado del Crimen de Primera Nominación del Poder Judicial de San Juan, artículos de los periódicos Tribuna y Diario de Cuyo, y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.

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