Los dos niños que jugaban a ser policías y ahora son jefes en la fuerza provincial
Se criaron en el barrio Jardín Policial de Rivadavia como “Taca” y “Chuga”. Se hicieron tan inseparables que juntos entraron a la Escuela de Policía. Hoy ocupan puestos claves en la Plana Mayor y cada jueves se reúnen a cenar con sus otros amigos de la infancia.
Hoy son comisarios generales y ya pintan algunas arrugas. Pero alguna vez fueron el “Chuga” y el “Taca”, esos dos niños que corrieron y jugaron en una plaza de Rivadavia, que se hicieron amigos inseparables, que estudiaron juntos y siendo jóvenes abrazaron la carrera policial. Y que nunca se separaron. Actualmente ocupan puestos claves dentro de la Plana Mayor de la Policía de San Juan y como de hace cuarenta años se siguen reuniendo todos los jueves con los amigos de la infancia.
Ellos se tutean y se llaman entre sí por sus apodos, “Taca” y “Chuga”. En sus trabajos y en las actividades públicas son el comisario general Raúl Adrián Córdoba, jefe del Dirección de Coordinación Judicial D-5, y el comisario general Marcelo Alberto Naveda, el responsable de la Dirección de Planificación y Control de la Seguridad Vial de la fuerza provincial.
La secundaria. Cordoba, detrás de la profesora. Naveda, atrás en lo alto.
Ambos son dueños de esas historias comunes marcadas por la amistad que perduran en el tiempo. Eran niños cuando sus padres se mudaron al barrio Jardín Policial de Rivadavia y se conocieron en la plaza de la calle Riobamba junto a otros entrañables amigos como el “Enano” Arias, “El Bife” Fernández, el “Cabezón” Lima, Sergio Casivar y Carlos Marinero, entre otros. Todavía recuerdan que corrían y jugaban a los policías y ladrones entre los parrales y los campos de la vieja Bodega Del Bono y esos terrenos donde hoy están el barrio San Juan o la avenida Circunvalación.
No fueron a la misma escuela primaria, pero la vida la compartieron en la calle y la plaza de su barrio. En la adolescencia, el “Chuga” Naveda y el “Taca” Córdoba se convirtieron en compañeros en el antiguo Colegio Nacional de Rivadavia, hoy Dr. Diego Salinas. La mejor etapa de sus vidas, aprendiendo a ser jóvenes y conociendo las primeras salidas a los bailes. “Mi mamá a veces le preguntaba primero al “Chuga” para saber si era verdad lo que yo le decía. Porque creía que él era buen chico. Pero las travesuras nos la mandábamos los dos”, dice Córdoba.
Despedida. Naveda (de camisa a cuadros azul) abraza a su amigo Raúl Córdoba (de remera).
No estaba en sus planes ser policías. Después de que se recibieron en el bachiller, Naveda probó con estudiar la carrera de periodismo y Córdoba administración de empresas. No terminaron el primer año, no era lo suyo. Ahí fue que el padre de su amigo Sergio Casivar, un hombre que llegó a ser Subjefe de Policía, los sentó a los dos y a su hijo y les dio un sermón para convencerlos que entraran a la escuela de oficiales de la Policía. “En realidad, el hombre quería que su hijo siguiera la carrera policial, pero sabía que, si nosotros nos inscribíamos, el otro se iba a animar. Y entramos a la escuela de Policía. Nuestro amigo no aguantó el periodo de adaptación y abandonó, en cambio “Taca” y yo seguimos y nos recibimos de oficiales”, dice Naveda.
Nunca llegaron a trabajar en la misma comisaría u otra sección de la fuerza, pero continuaron siendo el uno para el otro. Córdoba acompañó a su amigo cuando éste se casó muy joven con Andrea Aguilera y llegaron sus hijos Micaela, Mayra y Benjamín. Lo mismo pasó con Naveda, que estuvo junto al “Taca” en su unión con Patricia Gervasio y cuando fue padre de Federico, Patricio y Francisco.
Los jefes policiales. Los comisarios generales Marcelo Naveda y Raúl Córdoba en la plaza de su barrio, el Jardín Policial.
“Me acuerdo siempre de las picardías del Taca en los recreos de la escuela. Nos reíamos muchos de chicos. Es un amigo de toda la vida y no lo voy a olvidar nunca”, expresa Naveda. “Mirando esta historia de mil momentos, no recuerdo ninguno, en esos de los que verdad importan, en el que el ´Chuga” no haya estado conmigo. Siempre tuvo el valor de mirarme a la cara y decir mis defectos. Y su amistad me acompañó en todo momento y nos dimos fuerza para seguir adelante en momentos difíciles. Él es mi hermano del alma”, asegura Córdoba.
Naveda va a cumplir los 50. Córdoba ya tiene 51. Con menos cabellos y algunas canas, los dos se ven las caras casi todos los días en la Central de Policía en las reuniones de la Plana Mayor. Ambos llegaron a la máxima jerarquía que puede aspirar un policía y en un año y medio se retiran. Ellos igual no perdieron la amistad que los une. Y cada jueves se reúnen a cenar con sus otros viejos amigos de la infancia en la casa del “Enano” Arias del barrio Jardín Policial para reírse y tener esas largas charlas como cuando eran chicos.