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yuliana neira

Sobreviviente: la sanjuanina baleada por su ex, que quedó en silla de ruedas, habla por primera vez

Más viva que nunca, la joven que estuvo al borde de la muerte rompió el silencio por todas aquellas víctimas de violencia de género que ya no están. Ella, en silla de ruedas; él, sano en la cárcel y aún sin condena.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Sobrevivió. Resiste. Pasaron exactamente 484 días desde aquel fatídico 12 de noviembre de 2018 en el que Yuliana Neira recibió un disparo del arma de fuego que manipulaba su novio, que de milagro no le arrebató la vida, pero que la puso contra las cuerdas y hasta hoy sufre las consecuencias. Es que la bala que ingresó a su cuerpo y se alojó en la columna le perforó un pulmón, le dañó el hígado, el estómago y le lesionó la médula y, a pesar de que la secuela más severa del violento ataque haya sido la parálisis en sus piernas, la joven sanjuanina se levanta y lucha para que la justicia sea justa con ella. 

Su caso conmocionó a San Juan por cómo se desencadenaron los hechos, ya que el sujeto que la baleó, Samuel Isaac Abdala, fingió un asalto para evitar ir tras las rejas. Le dijo a la Policía que motochorros los habían asaltado -a él y a su novia- cuando caminaban por la calle en Villa Krause. Como si fuera un héroe, se mostró como el salvador de la joven que de inmediato la socorrió y llevó hasta el centro de salud más cercano. Sin embargo, el instinto de su madre despertó las sospechas que con el correr de la investigación se confirmaron: el robo nunca existió. Un arsenal de pruebas desmoronó su versión; se quebró y admitió que el tiro se lo había propinado él y había sido accidental, por lo que terminó detenido y procesado. Ella mientras tanto luchaba por su vida. 

Tras haber permanecido más de dos semanas en Terapia Intensiva, haberse sometido a delicadas operaciones en las que estuvo al borde de la muerte y haber estado seis meses internada en el Hospital Rawson, Yuliana fue dada de alta en mayo del año pasado y a partir de entonces comenzaron sus intentos por rehacer su vida. Mientras tanto, el episodio del que fue victima aún no se resuelve en la justicia sanjuanina y el responsable de lo que pudo ser una completa desgracia todavía no recibe el castigo que corresponde.

Yuliana Neira junto a su hermano Roberto y su mamá Susana Troncoso

En el comedor de su humilde casa de Rawson, espera en su silla de ruedas la mujer que pudo ser una menos pero el destino quiso que sea una más, una sobreviviente después de la pesadilla, y por eso aprovecha la oportunidad para hablar por primera vez con un medio de comunicación. Es tímida y de pocas palabras, sin embargo está dispuesta a romper el silencio para que su causa no sea olvidada y para que otras jóvenes que pudieran atravesar una relación tóxica como la que ella padeció abran los ojos y reaccionen antes que sea tarde. 

Si bien confiesa que referirse al hecho traumático que protagonizó le genera angustia, reconoce que encontró el valor para dar a conocer su historia gracias al apoyo de otras mujeres. La marcha del 9M fue hace unas 24 horas y la referencia no es casual porque fue su participación en la movilización lo que terminó de motivarla a dar la cara y pedir justicia. "Nunca antes había estado en una manifestación de ningún tipo. Fue muy emocionante compartir eso con otras personas que pasaron por situaciones similares y entender que, a pesar de todo, soy una privilegiada porque estoy viva. El amor que sentí y el respaldo me llenaron de fuerzas", asegura. 

La madre de la joven que fue baleada por su novio

Con 23 años, la muchacha que estudió para ser preceptora manifiesta que no siente odio ni quiere venganza por lo que su ex novio le hizo, solo pretende que sea juzgado y condenado. Cobijada en la fe y en el respaldo incondicional de su familia, explica que sus energías están puestas en su recuperación: "Sueño con volver a caminar. Quiero ser la misma, ir al gimnasio, estar con mis amigos, ser independiente".  

Como todo tiene un origen, Yuliana recuerda el sometimiento que sufrió al lado de Abdala durante tres años. "Salimos un tiempo y después fuimos novios. La verdad es que nunca fui consciente que me dominaba, que ejercía violencia psicológica. Nunca me golpeó pero sí tenía un control muy grande sobre mí", relata y sigue: "No le caían bien mis amistades y me terminé alejando. Dejé de hacer cosas que me gustaban por él, como salir a bailar. Y me terminé aislando". 

Sin darse cuenta, la joven reconoce que su vida se redujo a su noviazgo y a las constantes peleas que le consumían las ganas de vivir. "Me iba a buscar a todos lados, a la facultad, al trabajo. No me dejaba sola y me celaba por todo. Con el tiempo se volvió más intenso y ya era imposible", detalla. "Mi familia no sabía nada y yo solo me animé a contarle a una amiga que estábamos mal, que me quería separar. Eso fue dos días antes de que pasara lo que pasó", agrega. 

Yuliana, antes de que se desate la pesadilla

En su memoria, la escena de máxima violencia que vivió en manos de su pareja -cual apagón- se tiñe de negro; no porque no recuerde sino porque prefiere no hacerlo. Como evitar dar detalles es lógicamente sano para la sobreviviente, las manos que escriben no insisten y sólo obtienen como respuesta dos palabras: discusión y estallido. En el expediente se describe una pelea entre los jóvenes en el interior del domicilio de Yuliana y un posterior disparo que impacta en la zona del tórax de la entonces estudiante de 22 años. La herida instintivamente corre hacia la salida y en el camino es interceptada por el agresor que la "auxilia". El resto, para la damnificada, es confusión. 

Cuando recuperó la consciencia ya estaba hospitalizada. "Me desperté y dije 'qué hago acá'. Luego recordé todo", señala. Entubada y sedada no tuvo chance de contar de inmediato qué había sucedido realmente; recién logró hacerlo a las semanas cuando se sinceró con su hermano mayor Roberto. "Me dijo que me quedara tranquila porque ya estaba detenido", añade y continúa: "Sentí un alivio enorme, estaba aterrada y pensaba que en cualquier momento entraría a la habitación a verme". 

Al cabo de 16 meses de introspección, Yuliana analiza lo sucedido con otra mirada y advierte que estaba envuelta en un calvario sin siquiera saberlo. Como su voluntad estuvo abocada a su recuperación, asevera que no pretende ninguna revancha. "No puedo desearle el mal a alguien y al mismo tiempo desearme el bien a mí misma", dice quien deja de lado por un momento su fachada de resistencia y da lugar a sus sentimientos más profundos. "Aveces no valoramos lo que tenemos, la salud, las pequeñas cosas", murmura entre lágrimas. Con la voz temblorosa, admite haber visto de cerca experiencias dolorosas estando tanto tiempo en el hospital que le cambiaron su percepción sobre la existencia. 

Con el corazón en la mano, confiesa que le resulta insólito que algunas mujeres la consideren una referente de este tipo de casos porque sólo ha tratado de sobreponerse a lo que le pasó. Es que Yuliana no sólo se ganó la admiración de sus pares, sino también la de las enfermeras y enfermeros que fueron testigos de su evolución y con los que entabló una relación de amistad. "Para ellos y para los médicos solo tengo palabras de agradecimiento. Me salvaron la vida", dice y cuenta: "El día del alta me hicieron una despedida y entre todos me regalaron un celular. Fue muy especial, lloramos todos". 

No obstante, el asombro que genera y que más la conmueve -asegura- es el de su pequeña sobrina que apenas con nueve años no tuvo reparo en contarle a todo su curso de la escuela que su ídola es su tía Yuliana. "Dijo que me admira por lo valiente que soy. Mi otra sobrina, la más chica, no se queda atrás. Me contó que le reza a la virgen para que vuelva a caminar", describe otra vez con la voz quebrada.

Respira y por ello está agradecida, pero no puede caminar, no puede comer cualquier alimento ni tampoco puede ir al baño sola por lo que tiene que usar pañales. Su independencia está limitada por una discapacidad. No murió por su fortaleza, por el trabajo de los profesionales que la asistieron y vaya a saber uno si hubo un factor extra que permitió que eso sucediera. Volvió a estudiar, va a zumba y se refugia en sus creencias para salir adelante, mientras que el responsable de su estado también vive y, aunque privado de su libertad, camina y goza de buena salud. 

Increíblemente, la situación procesal del agresor mejoró porque la calificación que pesaba sobre sus hombros fue modificada tras un fallo en la Cámara de Apelaciones y, de ser imputado por tentativa de homicidio, portación de arma de fuego y falso testimonio,  pasó a ser imputado por lesiones gravísimas agravadas por el vínculo, lo que supondría una menor condena en el juicio.

"¡Es una vergüenza! Es una injusticia muy grande y por eso no nos vamos a quedar calladas", pronuncia su madre Susana Troncoso al mismo tiempo que se seca las lágrimas con bronca. Esa mujer que hasta en el más complejo momento que atravesaba su hija se tomaba los minutos para hablar con los medios, para informar sobre su estado, expresa que no puede acreditar que para colmo de males el acusado se vea favorecido por el sistema. "No puede ser, no puede quedar libre en unos años más como si ningún mal hubiera causado. Tiene que pagar", espeta. 

Ante semejante cuadro, madre e hija anuncian que pronto habrá una marcha para pedir justicia. "Espero que nos puedan acompañar, queremos ser escuchadas", afirman. 

 

 

 

 

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