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domingo 24 de mayo de 2026

Columna

La reedición: la libertad sin patrones

El mensaje del 25 de mayo de 1810, la obediencia que no. Reflexión patria.

Por Eduardo Camus

Las revoluciones parecen haber pasado de moda. Incluso la misma palabra “revolución” suena vieja, gastada, como si perteneciera a una época extinguida junto con los cabildos, las proclamas y las multitudes en la plaza. Decir “revolución” en estos tiempos puede sonar exagerado, anacrónico o directamente ingenuo. Como si ya no hicieran falta. Como si el mundo, a pesar de tanta injusticia, tanto desamparo y tanta intemperie, hubiera logrado convencernos de que no hay nada verdaderamente grande por transformar, y de que lo único razonable fuese adaptarse, sobrevivir, administrar el cansancio y …seguir.

Sin embargo, cada 25 de Mayo vuelve a poner sobre la mesa una pregunta decisiva, acaso la misma que sigue latiendo en toda comunidad que no se resigna del todo a obedecer el curso de las cosas. Lo que hace falta para que un pueblo decida interrumpir la inercia, discutir el orden establecido y animarse a imaginar otra vida en común. No se trata de comparar livianamente épocas tan distintas ni de buscar heroísmos donde tal vez solo hay desconcierto. Se trata, más bien, de permitir que aquella revolución le formule una pregunta severa a este presente.

A este presente en el que también nosotros libramos una batalla cotidiana, silenciosa y persistente. No una batalla con uniformes, fusiles o proclamas, sino una que se juega en el centro mismo de nuestras vidas: la mía, la tuya, la de cada uno de nosotros. La batalla entre vivir realmente o tener el teléfono en la mano. Entre habitar el mundo o deslizar el dedo. Entre conversar o consumir. Entre prestar atención a lo que nos pasa (e identificarlo) o dejarnos absorber por un flujo interminable de imágenes, estímulos, polémicas fugaces y distracciones sin memoria. No estamos descubriendo “el agujero del mate” (como ironiza un dicho popular…) Ya sabemos bastante sobre esto. Sabemos, incluso, cuánto tiempo de nuestra vida se escurre ahí adentro. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es animarse a pensarlo políticamente.

Se trata de una derrota más profunda y más preocupante, la derrota de la argumentación, de la presencia real y, en definitiva, de una cierta ética de la responsabilidad pública. Porque cuando una sociedad se acostumbra a vivir absorbida por la velocidad, por el impacto inmediato y por la circulación incesante de fragmentos (de todo, de cualquier cosa, situación o proceso), también se debilita la paciencia necesaria para comprender, para verificar, para conocer lo que se tiene delante y para hablar con algún compromiso con la realidad. Entonces la política empieza a parecerse demasiado a ese mismo flujo, una sucesión de frases sueltas, de opiniones lanzadas al aire, de intervenciones hechas para existir unos segundos en la pantalla aunque sea al precio de quedar completamente divorciadas de la realidad y de la verdad.

No hace falta ir muy lejos para advertirlo. Basta escuchar a una representante de esta provincia afirmar, con naturalidad desconcertante, que el gas natural solo existe en cinco departamentos de San Juan. No interesa aquí el nombre propio, sino lo que esa frase revela, una palabra pública desprendida del territorio que dice representar. Como si ya no hiciera falta conocer una provincia para hablar en su nombre. Cuando la política pierde arraigo en la experiencia concreta de un pueblo, cuando deja de necesitar verdad para sostenerse y se conforma con apenas sonar verosímil durante unos segundos, lo que se deteriora no es solo el discurso. Se deteriora el vínculo entre representación y realidad.

Tal vez esa sea una de las marcas más inquietantes de este tiempo, estamos dejando de habitar aquello sobre lo que hablamos. Perdemos presencia en el sentido más fuerte de la palabra. Presencia como disposición a dejarse afectar por lo real, a conocerlo, a soportar su complejidad y a responder con seriedad ante él. Sin esa presencia, la política se vuelve puro reflejo automático, pura reacción, puro (y mero) comentario; y una comunidad que ya no puede sostener argumentos ni reconocer el espesor de su propia vida común queda cada vez más indefensa frente a la manipulación, la superficialidad y la mentira.

¿Seguimos siendo capaces de distinguir la fantasía que nos entrega la pantalla, de la densidad áspera, incómoda y a veces dolorosa de la realidad? más todavía, ¿la realidad sigue siendo capaz de movilizarnos, de conmovernos, de sensibilizarnos? O estamos entrando, casi sin darnos cuenta, en una forma de adormecimiento donde todo se mira y casi nada se siente, donde todo circula y casi nada permanece, donde la tragedia ajena, la injusticia cotidiana y hasta la propia vida pasan delante de nosotros como una secuencia más, apenas un contenido entre otros.

Hay algo profundamente inquietante en esa anestesia. Porque una comunidad deja de serlo cuando pierde la capacidad de conmoverse, cuando deja de registrar con intensidad lo que le pasa, cuando ya no distingue entre lo importante y lo trivial, entre el dolor real y la polémica pasajera, entre el drama de una sociedad y el entretenimiento que la distrae de sí misma. En un mundo que nos exige respuestas inmediatas, opiniones rápidas y disponibilidad permanente, detenerse a pensar empieza a parecer un lujo. Y sin embargo quizás sea, justamente por eso, uno de los actos más revolucionarios de este tiempo.

Detenerse a pensar quiere decir recuperar una relación menos servil con la velocidad que nos gobierna. Volver a darnos momentos de conversación real, de silencio, de lectura lenta, de encuentros sin pantallas. Volver, incluso, a tener un poco de tiempo “al pedo”, porque no todo lo valioso nace de la productividad, de la urgencia o del rendimiento. A veces es en ese tiempo aparentemente improductivo donde aparece la imaginación, donde madura una idea, donde una conversación se vuelve fértil, donde se enciende algo parecido a una intuición compartida. Sin esos márgenes, sin esas pausas, sin esos espacios donde la vida no está completamente colonizada por la lógica del estímulo permanente, también se empobrece nuestra capacidad de crear, de desear y de actuar con otros.

Tal vez el desafío de este tiempo consista, en buena medida, en volver a estar presentes. Presentes en el sentido más hondo: de disponernos a habitar lo que vivimos, a escuchar de verdad, a conversar sin apuro, a dejar que la realidad nos toque. Y por eso creemos que seguir construyendo espacios de encuentro reales tiene hoy más valor que nunca. Tiene valor histórico, tiene valor político y tiene valor, sobre todo, humano. Porque si algo enseña el 25 de Mayo es que ninguna transformación verdadera nace del aislamiento. Es imposible imaginar una revolución sin conversación pública, sin deliberación, sin presencia compartida, sin esa experiencia elemental y decisiva de un pueblo que se encuentra para discutir su destino. ¿Puede pensarse el 25 de Mayo de 1810 sin el Cabildo Abierto? Resulta imposible. Y acaso también por eso convenga preguntarnos, con toda seriedad, qué clase de vida común podemos construir si renunciamos a los lugares, a los tiempos y a las prácticas que todavía hacen posible encontrarnos.

En ese sentido, el grito de libertad del 25 de Mayo permanece vivo. Permanece vivo como recuerdo de un momento en que un pueblo se animó a deliberar sobre su propia suerte y a abrir una discusión sobre el poder, la legitimidad y el porvenir.

El Cabildo Abierto fue una escena política, institucional y popular. Fue también una escena humana. Hubo cuerpos presentes, voces, discusiones, tensiones, tiempo compartido. Hubo una comunidad en movimiento, todavía sin saber del todo hacia dónde iba, pero con la certeza de que el orden heredado e implantado ya no podía seguir intacto. Esa escena conserva una enseñanza poderosa. La historia se mueve cuando los pueblos se encuentran. La historia cambia cuando la conversación deja de ser un murmullo aislado y se convierte en fuerza pública. La historia abre diversas posibilidades, cuando una sociedad decide que su destino merece ser discutido colectivamente.

Las pantallas organizan gran parte de nuestra vida. Organizan el consumo, el deseo, la atención, la ansiedad, el humor y hasta la percepción de la realidad. Esa centralidad produce un efecto político profundo. Reduce el espesor de la experiencia, fragmenta la sensibilidad, empobrece el argumento. Por eso recuperar presencia se vuelve una tarea central. Recuperar presencia quiere decir volver a sentir la densidad de lo real, volver a habitar los lugares donde la vida sucede, volver a escuchar a otros sin la mediación constante de una lógica que todo lo acelera y todo lo simplifica.

La revolución, en nuestra época, requiere nuevas formas, nuevos nombres, nuevas escenas. Conserva, sin embargo, un núcleo intacto: exige coraje, conversación y vocación de destino compartido. En fin, exige presencia.

Tal vez por ahí pase hoy nuestra revolución, un nuevo grito de libertad. Volver a tomarnos en serio la conversación entre nosotros y con nuestra historia. Darnos el trabajo de pensar qué nos está pasando. Crear, en medio de tanta saturación, momentos donde una idea pueda madurar, donde una palabra pueda pesar, donde una pregunta pueda abrir algo más que una reacción instantánea. Sostener espacios donde la imaginación política vuelva a respirar. Apostar a que de esos encuentros salgan respuestas colectivas al momento que estamos viviendo. Apostar a que todavía somos capaces de conmovernos, de pensar, de organizarnos y de abrir una discusión sobre la vida que queremos.

Ahí sigue latiendo, bajo nuevas formas, la potencia de toda revolución.

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