Un hombre camina descalzo por el pavimento ardiente. Usa su remera para cubrir su cabeza y deja su torso al descubierto. Familias enteras caminan por el costado de la ruta. Otro devoto se arrastra escaleras arriba con un bebé en los brazos, allá, otro sube rodando, sólo tiene puesto su pantalón. Arriba, la imagen de cemento de la Difunta Correa casi no se ve, tapada de flores naturales.
Son las imágenes de un film en color, de 16 minutos y sin sonido, realizado por un adolescente sanjuanino en 1971, Ricardo Levinton, quien actualmente vive en Francia.
"Yo estaba entonces en quinto año del secundario. La idea simplemente era hacer un documental sobre la Difunta desde una perspectiva objetiva y respetuosa, sin agregar comentarios ni música, para dejar que el espectador vea, piense e intérprete por sí mismo", cuenta Levinton a Tiempo de San Juan.
En esa ocasión tuvo un asistente de lujo, el historiador Edgardo Mendoza, ya que eran compañeros.
Levinton logró un documento valioso para las futuras generaciones. Pero hoy, con un Doctorado en Antropología Visual asegura que abusó del teleobjetivo, que los planos son muy cortos y que no hay un hilo conductor. Su interés principal, en ese momento, era Bermejo, donde también hizo un documental.

"Eso sí, queda el testimonio. Habiendo mirado varias de las películas sobre el tema, hechas antes y después, se me ocurre que la película está todavía por hacerse. La razón es simple: que yo sepa, la existencia de la Difunta no está probada históricamente. Lo que si existe es la gente que cree en ella y esa creencia tiene efectos concretos en su existencia. La verdadera película sobre la Difunta seria una película sobre la gente que cree en ella, más que sobre el santuario mismo", aseguró.
Una misa en la iglesia con bautismos incluidos y un gaucho llegando a caballo para cumplir con la santa popular aparecen entre las imágenes. Los hombres levantan su pantalón para avanzar de rodillas y que la piel sienta el rigor de la larga escalinata.
"La verdadera película sobre la Difunta seria una película sobre la gente que cree en ella, más que sobre el santuario mismo".
Mientras que por la noche, se triplica la cantidad de gente que llega al santuario caminando, para evitar el duro sol sanjuanino. Una procesión con velas y antorchas sorprende al espectador como una postal de luciérnagas en la oscuridad de Vallecito.
Al amanecer, las familias duermen tendidas al costado de alguna capilla o en la zona de parrilleros. Bien temprano, los fotógrafos con llamas ya sacan la típica postal a los niños, y también a los adultos que quieren llevarse ese recuerdo.
Otra vez los devotos buscan hacer el máximo sacrificio y cumplir con Deolinda, suben arrastrándose de espaldas y sin usar los brazos. Algunos se ven enfermos, la subida les llevará horas. Hay gente ocupando toda la loma y el peñasco de las velas arde tanto que es imposible poner una más.