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Difunta y dictadura: la increíble historia de Manuel Navarro

Fue administrador de la Fundación Vallecito en los '70 y estuvo preso por una acusación de película. Por Viviana Pastor

Por Redacción Tiempo de San Juan 28 de enero de 2018 - 09:11

Dos días después de producido el último golpe de Estado en Argentina (24 de marzo de 1976), Manuel Navarro era citado en la comisaría de Caucete. Nunca imaginó que quedaría preso bajo un argumento increíble: en su casa había armas, sables y trabucos del siglo XIX, que pertenecían al oratorio Difunta Correa, del que era administrador, "arsenal" que habían sido donado por los devotos. Navarro los había prestado al director de la película Difunta Correa, Hugo Mattar, para dar realismo a las escenas de la batalla de Angaco que enfrentó a unitarios y federales, pero las versiones señalan que en vez de devolver las armas al paraje, las dejaron en la casa de Navarro, en Caucete.

Fue como una película detrás de la película.

Navarro estuvo preso 8 años, primero en el Penal de Chimbas, después en Buenos Aires y en Chubut, hasta que el abogado Jorge Camus logró, en 1983, que la Corte Suprema de Justicia de la Nación hiciera lugar  un recurso extraordinario. Fue puesto en libertad el 17 de diciembre de 1983.

La historia la recuerdan en Caucete los más viejos y fue rescatada en un documento por un grupo de alumnas  de la Escuela Normal Superior Gral. Manuel Belgrano, que estudiaban en el Instituto de Formación Docente.

En su investigación señalaron que Navarro había nacido en Córdoba, y vivía en Caucete desde hacía varios años. Allí tenía una pequeña empresa pasera y un hijo militar, que durante la Guerra de las Malvinas fue jefe del Escuadrón Pucará.

"Su único delito es haberse dedicado como ciudadano a trabajar en política, haber sido una autoridad partidaria del peronismo y ocupar un cargo, desempeñándose como Presidente de la Fundación Vallecito (Difunta Correa), nombrado por Eloy Próspero Camus", señalaron.

El cargo lo aceptó por "devoción a la Difunta Correa". Pero de todos los proyectos que tenía para el paraje no pudo realizar ninguno.

Cuando el 26 de marzo se presentó en la comisaría de Caucete, lo recibió Mereles, quien lo detuvo acusándolo de poseer armas y explosivos en su domicilio particular. Los explosivos estaban en la fundación; habían sido comprados con el permiso de Fabricaciones Militares, y se utilizaban para la explotación de las canteras de piedra laja de las sierras de Pie de Palo. Esas piedras se utilizaron en la construcción de la escalinata que permite el acceso al santuario principal.

...fue trasladado al RIM 22 para ser juzgado “por las armas que tiene en la Difunta Correa”, según la expresión de los militares.

Preso su administrador, el paraje fue intervenido y según contó Navarro había una caja fuerte con joyas de oro 18 y 24 quilates, platino y piedras preciosas, que estaban inventariadas en libros foliados, "valuadas en $37.800". Todo desapareció.

El hombre fue trasladado al Penal de Chimbas donde sufrió todo tipo de torturas, incluidos los simulacros de fusilamiento.

Navarro enfermó y fue trasladado al RIM 22 para ser juzgado “por las armas que tiene en la Difunta Correa”, según la expresión de los militares. Poco les importaban las explicaciones de Navarro respecto a que se trataban de donaciones de los devotos de Difunta Correa, a lo que uno de los represores contestó que "un cortapluma es un arma de guerra".

De Chimbas fue trasladado a la U9 de La Plata, donde pasó la mayor cantidad de tiempo. Y sus últimos años como preso político los vivió en la cárcel de Rawson (Chubut), lugar al que definió como "terrorífico, el infierno en la tierra, donde se mezcla lo inhóspito, con lo nauseabundo y la falta de caridad y respeto por la dignidad humana. Un campo de concentración".

Finalmente, por resolución de la Corte, fue liberado en 1983.

La historia fue contada por el mismo Navarro a las estudiantes quienes lo dejaron todo plasmado en “Un oasis en la travesía, milagro y represión". Ellas son: Verónica Giménez, María Emilia Ochoa Galván, Yesica Vargas Castro y Débora Villegas.

 

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