La última semana muchos de los vecinos de la urbanización La Fresneda, en la pequeña ciudad de Pola de Siero, Asturias, se encontraban preocupados. Eva, esa mujer sexagenaria bondadosa, servicial, de un acento extranjero extraño, que saludaba a todos en el supermercado “Alimerka”, llevaba días sin aparecer. La preocupación llevó a algunos vecinos del lugar a hacer la denuncia a la Policía.
Fue entonces cuando los efectivos acudieron el sábado por la mañana al pequeño chalet en la calle Camino de los Castaños para constatar si le había ocurrido algo. Al forzar la puerta de entrada e ingresar al domicilio, se encontraron con Eva, de 68 años, sentada en el suelo de su cocina, desorientada, con fuertes síntomas de deshidratación y sin poder moverse.
Pero en poco tiempo, los efectivos descubrieron que Eva no era Eva y que la historia que parecía ser una típica anécdota de un poblado de 4.800 habitantes en un rincón asturiano de España, se convertiría en un caso de desaparición, décadas de búsqueda, y reencuentro familiar.
Eva en realidad es Blanca Otero Álvarez, una ciudadana argentina que se mudó desde muy joven a España y que llevaba desaparecida desde el año 1995 sin que nadie de su familia pudiera contactarla ni que ella dejara rastro alguno sobre su real identidad.
La mujer, que incluso en su momento llegó a ser confundida con una mujer aparecida muerta en una playa de Galicia, protagonizó una de las historias que arrebató por completo el interés público de toda España. ¿Qué la llevó a fugarse de su familia? ¿Cómo desarrolló su nueva vida? ¿Qué escondía?
Eva, la mujer que siempre acompañaba con una sonrisa
“Todavía no hemos podido salir de la sorpresa. Sigo sin poder creerme que la misma Eva que cuidó a mi hijo pequeño durante innumerables días, esa mujer amable y cálida, que siempre te hablaba con una sonrisa haya podido esconder así un secreto tan grande en todo este tiempo”, afirma María Nosti, de 42 años –quien fue vecina de casa lindera con la protagonista de la historia durante más de seis años–, en diálogo telefónico con Infobae.
“Conocí a Eva hace como 11 años, cuando me vine con mi esposo a vivir aquí a La Fresneda. Es una urbanización de viviendas unifamiliares adosadas, casitas bajas. Es todo muy íntimo, muy cercano. Aquí generalmente viene mucha gente de Oviedo y de Gijón a descansar, a buscar algo de aire. Es un lugar muy tranquilo y con gente muy cercana”, relató.
María se mudó junto a su marido a una de las casas ubicada en la calle Camino de los Castaños. Su pared era lindera con el domicilio de la argentina. Así, desde un inicio, el vínculo entre ambas se hizo cercano.
“Entre nosotras había una diferencia importante de edad, pero aún así nos llevábamos muy bien y solíamos hablar cada vez que nos veíamos. Ella no contaba demasiado sobre su vida personal. Puedo decir que en los 11 años que la conozco, lo único que sabía de ella era que había nacido en Argentina. Se lo había preguntado yo por su acento especial. Es lo único que me contó en todo este tiempo sobre su vida privada”.
La confianza que generó Eva en María llevó a la española a depositar en ella responsabilidades fundamentales en su vida: “Cuando nació mi hijo, hace ocho años, mi marido trabajaba todo el día. Entonces, a veces, cuando yo tenía que ir a algún lugar o a comprar algo, le dejaba a mi hijo a Eva. La dulzura con la que lo trataba era hermosa”.
“Hoy, mi hijo la considera casi como una abuela, vamos”, añadió.
María recuerda muchas tardes en las que invitaba a Eva a su casa a tomar un café, ya que a la argentina le encantaba. “Mi madre me traía aceite de oliva y a ella le gustaba mucho. Le daba algo de aceite y le convidaba un café que a ella le encantaba tomar. Las charlas eran sobre el día a día, triviales. No hablábamos de nuestras vidas personales”.
Nadie sabía bien cómo Eva se sustentaba económicamente. La mayoría de los trabajos que le conocieron eran mediante vínculos informales, como el cuidado de niños, de personas mayores a domicilio o el paseo de perros. Ella nunca hizo el trámite de renovación de su verdadero DNI desde su desaparición.
María y su familia se mudaron a otra casa dentro de La Fresneda hace tres años, el vínculo se enfrió, pero ante cada encuentro, la esencia de la relación se mantuvo.
“Cada vez que nos hemos encontrado en el supermercado Alimerka o en el medio de la calle, nos quedamos hablando. Ella me ayuda con las bolsas. Sigue jugando con mi hijo. Es que para todos nosotros es Eva, esa mujer sola que siempre tuvo una sonrisa para todo el mundo aquí”, reflexionó.
Ya en las últimas semanas, los vecinos de La Fresneda notaron que el estado de salud de la argentina se había deteriorado. Tenía muchas dificultades para caminar y ya no se la veía tanto por las calles de Pola de Siero.
Fue precisamente por esa ausencia prolongada que se decidió dar aviso a la policía.
Asimismo, una vez que salió a la luz la noticia sobre la verdadera identidad de la mujer, se destapó un sentimiento de incredulidad y aún mayor empatía por parte de esa comunidad asturiana.
“Todos nos hemos visto sorprendidos, pero puedo asegurar que nadie ha cambiado ni un poco lo que piensa de Eva. Yo ni siquiera quiero saber qué le pasó en su vida anterior para que haya tenido que cambiar de identidad. Es su intimidad y hay que respetarla. Lo único es que sí me da pena que haya tenido que guardarse ese silencio durante tanto tiempo. Eso le habrá impedido poder hacer amistades muy fuertes”, reflexionó María Nosti con Infobae.
Sin embargo, a unos 145 km de distancia, en la pequeña población de Saelices de Sabero, en León, había una familia que sí necesitaba saber qué ocurrió. Una madre y dos hermanos que después de 25 años se habían resignado a encontrar a Blanca Mabel Otero viva y que hoy la tienen nuevamente a su lado, mientras permanece internada en el Hospital Universitario Central de Asturias.
Fuente: Infobae