En tiempos de propuestas matrimoniales en estadios de fútbol, en la cumbre de alguna montaña o en algún mega recital de rock, Edo Okoro decidió ser más sutil.
Compró un bruto anillo de diamantes, que se le complicaba llevar a todos lados por su valor, y comenzó a dejárselo a su prometida en lugares a los que ella, con un poco de astucia (o de ganas) debería acceder.
Durante un mes el joven retrató su aventura hasta que decidió terminar con las adivinanzas y lanzarse: afortunadamente ella dio el sí. ¿Lo imitarías?