"Pensé que no la contaba". El mexicano Pedro César Carrizales, mejor conocido como el Mijis, pensó muchas veces que no la contaba. Desde sus días de pandillero en un barrio difícil de la ciudad de San Luis Potosí, en el centro del país, donde pasaba más tiempo en la calle, las guardias de hospital y las comisarías que en su propia casa. Y donde los años le marcaron el cuerpo y la memoria a fuerza de golpes y cuchillos.
Pero el Mijis cambió. Y cambió de tal manera que su experiencia cautivó a la prensa mexicana, fascinada por la redención de este hombre que no conocía más que la ley de la selva. La misma ley que aprendió en la pandilla de los Chondos, a la que entró a servir cuando era un chico de 11 años. Más adelante, a los 25, y habiendo sido líder de la banda, reunió la fuerza de voluntad que le hacía falta y decidió salirse del camino. Primero fue trabajador social, y mucho más tarde, en las elecciones de 2018, fue electo diputado estatal.
"Fue un proceso muy largo antes de llegar a diputado", dice el Mijis en charla con LA NACION desde San Luis Potosí. "Fueron 15 años en el activismo, hice muchos proyectos. Así como creció la fama que tuve en la pandilla creció también en la política. Ayudé a políticos a llegar, y cuando llegaban se olvidaban de nosotros". Fue así que decidió meterse él mismo en política y promover desde arriba su visión de servicio a los demás.
Había conocido los excesos del alcohol, de la droga, de las peleas sin sentido. Se hundió en la depresión y coqueteó con el suicidio. Estuvo cerca de la muerte, aunque por mano ajena: lo "pincharon" con armas blancas en el hígado y en un riñón. Tocó fondo. Desde entonces saca a chicos de la calle y de la droga, jóvenes como era el Mijis en su momento.
El quiebre tuvo que ver con un drama familiar. Sus hermanos le fueron a avisar que la madre estaba muy enferma. La cosa era seria, insistieron, pero decidió quedarse con sus amigos de la banda, tomando en la vereda. Jamás se perdonaría no haber estado cuando murió.
"Yo me quedé con la banda y dije 'mañana voy a verla'. Pero falleció y no tuve ni siquiera la oportunidad de despedirme de ella. A partir de ahí tuve depresión, me metí en las drogas, me intenté suicidar cinco veces", señala.
Y había más. Su hijo de 11 años recibió un balazo de una banda de pandilleros que se enroscaron en un tiroteo en la esquina de la casa. Le dieron en un tobillo. Casi podría decirse que fue un balazo con suerte, dadas las circunstancias. Pero ese incidente y la muerte de la madre minaron de una vez las defensas del Mijis y forzaron el cambio. Meses más tarde comenzó a dedicarse al trabajo social.
"Empecé a ver qué podía hacer cosas por chavos que estaban igual que yo, que tienen sus sueños truncados, por la situación económica o familiar, y empecé a trabajar en situación de calle y cada chavo que ayudaba era como una madrecita que le daba paz, la que no le pude dar a mi mamá. Se convirtió en mi forma de vida", recuerda.
Eso fue hace más de 15 años. Aunque, de alguna manera, como una mancha indeleble, la violencia parece perseguirlo hasta el día de hoy, porque su agenda política toca intereses creados de mafias locales.
"Se escuchaban los balazos y todos los vidrios me estaban cayendo en la espalda", cuenta sobre un atentado que lo tuvo como blanco en febrero pasado. Fue ahí cuando pensó, como tantas veces en sus días de pandillero, "que no la contaba".
"Estamos con una iniciativa muy controversial porque se mueven intereses de grupos y personales que apoyan las corridas de todos, las peleas de gallos, y ahí empezaron las amenazas más fuertes", dice sobre sus iniciativas. En este caso, la legislación contra el maltrato animal, una medida que pone en riesgo el submundo de las apuestas clandestinas y los millones que manejan los dueños del negocio.
"Después vienen otras iniciativas, como la legalización del aborto, el matrimonio igualitario. Mi agenda molesta a sectores que no les conviene que se respeten los derechos humanos", agrega el Mijis, que además de recibir amenazas fue discriminado mil veces.
Los discriminan por su aspecto, por el color de la piel, por los tatuajes que le cubren el cuerpo, por las marcas de machete en la cabeza.
"Mi agenda molesta a muchos", insiste sobre los balazos y las amenazas. "Porque a veces es controversial, a veces piso callos. Pero al final de cuentas es mi vida. Es mi vida dignificar el sector que represento, los sectores populares. Pero también dignificar la política, porque cuando se usa bien se ayuda a mucha gente".
No lo dice con ingenuidad. El Mijis ha sido de todo menos ingenuo. Pero insiste que sería incoherente de su parte acceder a un cargo popular y olvidarse sin más de los que quedaron atrás. "Mi agenda va dirigida a eso".