A los 82 años y con una salud delicada -pero que nunca le impidió cumplir con sus labores-, el papa Francisco no dudó: con algo de dificultad, la respiración agitada y la ayuda de sus asistentes, se arrodilló ante sus invitados en el Vaticano y besó sus pies, para sorpresa de los presentes en la sala, que miraban incrédulos la escena.