editorial

El industricidio nacional que opera en San Juan no reconoce a sus captores

Parece que Mendez de ITEC, Elztain de Casposo o Carmona de EMA, entre tantos, no consiguen detectar los motivos por los cuales la cosa no va bien. Por Sebastián Saharrea
sábado, 13 de abril de 2019 · 09:53

Héctor Méndez, reconocido dirigente industrial de los últimos años al mando de la UIA, fue lapidario la semana pasada con el equipo de Cambiemos, al que apoyó fervientemente para que irrumpiera en el gobierno hace 3 años y medio.

Entregó perlitas en Radio 10, como: “me arrepiento de haberlos votado”, “este gobierno es un fracaso rotundo, las mentiras del presidente hacen que todo pierda valor”, o “el sector industrial estaba mejor antes, inclusive tenía mejor diálogo con el gobierno”, y “había cosas que estaban mal pero había una política, ahora hay no hay una política”.

No sólo al sector industrial en general, sino a él personalmente le iba mejor. Dueño de una empresa de plásticos, llegó hasta liderar el espacio político más importante de los industriales argentinos. Pero cuando el periodista le preguntó si en un cuarto oscuro está la boleta de Cristina Fernández y la de Mauricio Macri, cual pone en la urna, el empresario respondió contundente: la de Macri.

Sí, lo aseguró después de haber sostenido con fiereza los pasajes críticos del segundo párrafo de este análisis. Y revela que aquel célebre momento de la democracia de EEUU tomado como modelo para el resto de las democracias liberales del mundo en el que un irrumpiente Bill Clinton justificó su ascenso con la frase “es la economía, estúpido”, en Argentina al menos le falta una tuerca. Hay sectores, está visto, que prefieren pegarse un tiro en la pierna de sus propios intereses con tal de no conceder terreno dialéctico o de percepción ideológica.

Es el caso de Mendez, otrora fuerte industrial que actualmente corre con dos procesos de desguace para sus empresas, caídas en desgracia a manos de la gestión gubernamental que respaldó sin disimulos y que aún hoy, resultados a la vista, apoyaría si se dieran condiciones extremas como seguramente considera un eventual regreso de CFK. Con quien le fue bien en los números, pese al medio ambiente de tensión permanente. Como a la gran mayoría de la industria nacional.

Pero resulta que para los sanjuaninos, el de Mendez no es un apellido cualquiera. Es nada menos que el último dueño de ITEC, ex Dolphi, la industria más poderosa de San Juan hasta hace un par de años, cuando el propio Méndez la mandó a la quiebra en enero del año pasado y dejó en la calle a casi 400 familias sanjuaninas.

Llegó Méndez a comprar Delphi en abril de 2015 a caballo de la atmósfera política y económica kirchnerista: de actividad, tamizada por cierto temor empresario a los arranques presidenciales y al cuestionado mal clima de negocios. No impidió eso que una industria del plástico resultara solvente como para comprar una autopartista de punta como la sanjuanina. Lo que resultaría irrisorio hoy, en medio de la hecatombe y el sálvese quien pueda que es hoy la industria nacional (en especial la automotriz).

Aprovechó además Mendez que el antiguo dueño de ITEC era el fondo Elliot, de Paul Singer, uno de los buitres interesados en cobrar bonos caídos en default y para eso desestabilizar políticamente al país para generar un cambio de mando que “honrara” esos compromisos, lo que finalmente ocurrió con Macri. Qué podría interesarle a Singer una industria pequeña para su escala: le puso el tarrito de venta y apareció don Héctor.

Casi que no tuvo tiempo Méndez de echarla a andar en todo su potencial porque en seguida comenzó a sufrir los coletazos de la política industrial del nuevo gobierno. La primera le dio en la frente: en nombre de la libertad, el nuevo gobierno nacional permitió el ingreso irrestricto de insumos importados y Singer dejo claro que no es un primerizo y que sabe aprovechar las ventajas de quienes lo dejan hacer a placer.

Vendió en San Juan, compró en Brasil una industria igual y mantuvo a su principal comprador argentino, la planta de Peugeot (ahora paralizada por la caída de ventas), que le seguía comprando a Singer, ahora en Brasil y no en San Juan. Todo en nombre de la libertad de comercio vociferada por el funcionariado argentino (y sólo ejercida por él en todo el mundo), que terminó de manera lógica: el cierre sanjuanino, la quiebra de la empresa de Mendez y el plus del no pago de indemnizaciones, que aún reclaman.

Esa libertad absurda y para un solo lado, que no se verifica para quien pretenda vender sus productos a Brasil o EEUU –sólo dos ejemplos brutales de imperio del mercado- se sumó a la falta de mercado interno, altos costos energéticos y falta de crédito. El trípode de los grandes éxitos del industricidio nacional, que lógicamente tienen su impacto en la provincia. Con varios otros ejemplos recientes:

-Uno bien fresco, Casposo. La industria minera con sede en Calingasta cerró, sostienen que lo hace transitoriamente pero como intentan reubicar a sus trabajadores no parece ser un cierre temporal.

La firma a su cargo es Austral Gold, propiedad de Eduardo Elsztain, quien compró hace un par de años cuando los dueños originales amagaron a irse. El comunicado de la empresa indica que el cierre responde a motivos de baja de precios de los metales, en especial la plata, que es lo que extrae mayoritariamente en Casposo pese al nombre de la compañía.

Debe permitirse una mueca de duda: los precios internacionales de los comodities son fluctuantes y no están en una caída generalizada y sin perspectivas, sino que son puntuales. Difícil que una mina cierre por ese motivo. Mucho más posible lo es por el cóctel de grandes éxitos de la política económica, que también enumeró en el comunicado pero de manera secundaria: la falta de financiamiento bancario, el encarecimiento del costo vía tarifas. Y la más importante, que se privó de explicar en público: el retorno de las retenciones mineras dispuestas por Macri, quien justamente había anunciado su eliminación en Calingasta.

No parece estar en el ánimo del dueño de Casposo inoportunar a la gestión presidencial, a la luz del cúmulo de negocios que maneja. Algunos con problemas, como los shoppings de los que es propietario su grupo IRSA (Alto Palermo, por ejemplo) y otros de los pocos que funcionan en el país de hoy: la gestión del Banco Hipotecario, pese a que su mayoría es estatal y en consecuencia porque puede corregir el gerenciamiento sólo mediante una reunión de directorio.

Incuso, hay quienes trazaron lazos íntimos entre Elsztain y el PRO y hasta lo denunciaron, luego de que Macri concediera de manera exprés la concesión del Buenos Aires Design (que acaba de fenecer) en plena Recoleta. Quien lo hizo? Nada menos que Martín Lousteau, quien hoy suena como vice de Macri.

-Aparece también el caso de la EMA, compañía célebre en los títulos periodísticos de San Juan por su permanente y monocorde reclamo de tarifas eléctricas que le permitan producir en base a ese insumo. Cuya familia propietaria (los Carmona) sufrió una sangría interna y dejó a las dos hermanas al frente: ellas despreciaron a las gestiones provinciales y focalizaron su expectativa de sobrevida en la administración nacional cuando irrumpió Macri al frente del Ejecutivo, hoy están desaparecidas y con la empresa literalmente a la deriva.

La concesión o no de tarifa preferencial para este negocio es una potestad nacional, y las herederas de don Gustavo se sintieron bendecidas cuando aparecieron en el radar Macri –un vecino del barrio Parque para ellas- o el mendocino Pancho Cabrera, primer ministro de la Producción macrista caído en desgracia ante el primer golpe del dólar pero vigente aún en todo escenario top.

La estrategia de la EMA siempre fue empujar en público a los gobernadores para que ellos gestionaran en la Nación en su nombre. Así desde los 70, cuando los atrajo la promoción industrial. Hasta que ahora la Nación dejó de sentir sensibilidad por esa vía, mantener contentos a los gobernadores, sean o no del palo.

Y así terminó toda expectativa de las hermanas que se hicieron cargo de la planta, invirtieron de su bolsillo pero nunca pudieron poner a andar a la compañía de manera sólida. Hoy está abandonada y con el cartelito de venta en la puerta, sin siquiera conocer el precio que tiene de mercado una empresa que no tiene producción asegurada, para empezar.

De arranque, las nuevas dueñas mantuvieron al gremio encabezado por José Gordillo como aliado, hoy fue sobrepasado por las bases y sólo esperan que se concrete con algún comprador. Y a bicicletear sólo en busca de más tiempo. Pero nada de aparecer cuestionando a la administración nacional, dueña del resorte de tarifas que podría salvarlos.

Víctima de ese mismo combo de caída del mercado interno y apertura de importaciones fue la clásica empresa sanjuanina Calzados Argentinos, que pasó de vender 40 mil pares a 12 mil. Su propietario, Gabriel Mesquida, llegó hasta a presidir la Unión Industrial de San Juan, a bordo de una fábrica que creció con la promoción industrial y ahora tuvo que presentarse en convocatoria luego de despedir a su personal. Tampoco se le conoció conjugar a viva voz los motivos de la caída en desgracia de su planta, a excepción de algún reclamo por la elevada presión tributaria.

Que es real, pero de allí a proyectarla como causal exclusiva del industricidio, parece haber un campo. Es de lo único que se escucha quejar a los industriales, los nacionales y los sanjuaninos, como si no existieran motivos de base que llevaron a los que arriesgan su capital en plantas fabriles al exterminio. Si deben quejarse, todos ellos apelan a la clásica de los impuestos, pero nada de importunar a los causantes de su debacle ¿Síndrome de Estocolmo?

Ni qué hablar de los bodegueros, industria que ha tenido tal vez uno de sus peores años de su historia reciente y sigue payaneándola desde los atriles por medio de su interlocutor Angel Leotta, presidente de la Coviar y bodeguero trasladista, escondiendo los motivos debajo de la alfombra. Leotta hasta llegó a reunirse con el mismísmo presidente Macri luego de la decisión de la Nación de permitir el ingreso de vino desde Chile y España que deprimió los precios de toda la cadena, como era de prever. ¿Y de qué le habló? De los impuestos. En fin.

Queda discurrir sobre los motivos de esas fintas. Si será que realmente los industriales locales no consiguen percibir cuál es el martillo que los entierra, o es que prefieren no darse cuenta. Pero eso da para otra novela.

 

 

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