editorial

Sermón de la montaña en el Palacio de Tribunales

Guillermo De Sanctis protagonizó su función estelar y personal, todo muy Lorenzetti style. Las inconsistencias entre esas palabras y los hechos de la realidad. Por Sebastián Saharrea
sábado, 16 de marzo de 2019 · 09:52

Enfundado es un vestuario estelar y ocupando un lugar en el centro de los reflectores exclusivo para él, Guillermo De Sanctis tuvo ese minuto de fama por el que pareció militar toda su vida pública.

Un rock star ante un auditorio de interés impostado, fingiendo concentración y mirando el reloj de reojo. Ansiosos sólo por conocer cuándo terminaría esa sesión autorreferencial del presidente de la Corte encadenando protagonismos y expresiones de deseo que se han pronunciado una y mil veces ya, con el tanteador en cero del lado de los resultados. Y en un horario desacostumbrado para el trabajo en el ambiente judicial, las 18.30 en adelante, y pasando lista de presencias. Horas extra, en fin.

Ha decidido De Sanctis, en una insistencia sólo personal entre la Corte, darle institucionalidad a lo que habitualmente se hizo siempre por canales más o menos oficiosos: El chamuyo sobre los cambios necesarios y el estado del servicio judicial, invistiendo a la cita de una aureola social y con el pomposo rótulo de plan estratégico.

Copió de esa forma lo peor de Ricardo Lorenzetti, el caído en desgracia cortista que en sus años mozos supo concentrar la atención absoluta sobre sí mismo. Un púlpito construido por el rafaelino desde el cual adoctrinar al ambiente y de paso mostrar las dotes personales para el lobby por medio del personalismo. Los mismos trazos copiados ahora por De Sanctis, en su pretensión de asumir centralidad en un proceso de cambio irreversible en el Palacio que se impone de maduro más allá de su propia estelaridad.

Claro que Lorenzetti, además de un lobbysta de paladar exquisito y notable sexto sentido político, es un gran jurista. Lo mismo que De Sanctis. La diferencia entre ambas puestas en escena es que aquellos célebres ensayos de Lorenzetti eran seguidos en vivo y en directo por la suma del poder político y privado, mientras que el caso local apenas pudo observarse una concurrencia forzada por el paso de la lista de asistencia o el ojo comprometedor desde el escenario.

Y que de aquellas citas cortesanas presentando la apertura del año judicial surgía la hoja de ruta en la que se desenvolvería el sistema –temas de interés, causas activadas o cajoneadas, frases inquietantes, y demás especies- mientras que del evento local no parece haber surgido un ámbito de resonancia acorde a la pretendida altura del evento.

La aludida refundación de De Sanctis en el sistema judicial lleva el pretensioso rótulo de Justicia en Cambio, enunciado que cada persona que pasa por el sitio descerraja sin compasión. Ejercicio de una lógica de doble faz, como aquellas tertulias intra judiciales de coquetería en el Auditorium, donde terminaban premiando a smoquinados magistrados traviesos puertas adentro de sus juzgados, y que debieron dejar de celebrarse ante lo evidente.

Este plan pone el eje en una serie de consignas que exceden por mucho la centralidad del cortista estelar, y dispone de otros protagonistas que ponen el hombro desde lugares más prudentes. Para que prosperen, por ejemplo, la reforma del código procesal o la tan esperada reforma edilicia que se hace con presupuesto.

Ni qué hablar de Flagrancia, el implacable nuevo fuero creado para dotar de celeridad y eficiencia al servicio de justicia y que está batiendo récords positivos para el asombro desde su creación, impulsado por la férrea voluntad del Ministerio de Gobierno y el concurso de otros actores claves en la vida judicial, como el Ministerio Público.

A los dominios exclusivos de la Corte le queda la supervisión sobre una jurisdicción que no verifica cambios cualitativos visibles, más allá de este conversado inicio: la indeclinable resistencia a la dedicación y el trabajo -más visible en los magistrados de cámaras, a los que se ve escapar del edificio sobre el mediodía tras haber arribado después de las 8, que en los noveles jueces-, ni hablar del despoblado turno vespertino sobre el que la mitología versa como profesión de fe que trabajan puertas adentro en el avance de los expedientes, los vigentes fallos acordes a la temperatura política, los persistentes manoseos en el sistema de ingreso o la indignante parálisis en algunos casos de los más demandados por la sociedad, como los que tienen como víctimas a la mujeres en casos de femicidios. Por esos desafíos pendientes, siempre es más aconsejable empezar haciendo, no hablando, como reza la máxima peronista. En criollo, no cacarear hasta poner el huevo.

En todos éstos ítems no se ven avances, si no dolorosos episodios reiterados de resoluciones asombrosas y sin castigo. A la vuelta de la esquina está el recuerdo de los primeros días del año en que la justicia ordinaria decidió detener a la madre de la joven asesinada en Zonda.

Se llama Anabella Recabarren y tuvo que pasar una noche en una comisaría porque un juez decidió encarcelarla porque estaba muy alterada escrachando al presunto (y confeso) asesino de su hija Thalía, liberado insólitamente por la justicia (ahora se sustancia el juicio en su contra y está en libertad). Y sí, estaba alterada, tanto por la presencia en la vía pública del sujeto como por el golpe de la pérdida irreparable. Una víctima, parece no ser entendido.

Pero lo peor está por ser contado. Un juez emitió una orden para detenerla a ella, la víctima. Y encima se borronearon las huellas dactilares sobre quién había sido el magistrado que lo ordenó: un patético pasamanos de responsabilidades entre un subrogante que dijo que había sido una colega, ésta devolvió señalando al juez, y así hasta la indefinición.

Hoy no se sabe quién fue el autor de semejante insensatez en una resolución judicial, entre otras cosas porque nadie se encargó de averiguar. Para eso la Corte dispone de una oficina de Superintendencia, seguramente de vacaciones (o feria) en ese momento. Lo que privó a la sociedad de revisar la conducta de los jueces, establecer responsabilidades, tanto en ese caso como en la insólita liberación del acusado de femicidio por parte de un juez de menores.

Siguiendo en el rubro, también sería útil conocer si hubo impericia en otra resolución judicial que devolvió a las calles a un acusado de violencia familiar, que una vez recobrada la calle fue y asesinó a la mujer. Es el caso de Myriam, una mujer del Médano de Oro que había denunciado a su pareja tras haber protagonizado una pelea con él. El sujeto, que recibió lesiones, estuvo detenido hasta que un juez decidió liberarlo porque un médico legista indicó que en prisión corría riesgo su vida. Salió, fue y la mató. La vida que corría peligro era la de ella. La conducta del juez nunca fue evaluada por ninguna Superintendencia. No parece ser un tema relevante.

Así sigue la vida cotidiana de Tribunales. Con una ampliación de estructuras necesaria, y lógica ampliación de personal ingresando por la puerta de un sistema al que la Corte se empeña en borronear su condición discrecional. Seguirán entrando apellidos conocidos por la puerta de servicio, mientras desde el escenario se proclama apertura.

De partida, haría falta revisar el tamiz de la realidad. Se concluirá que en ciertos casos hay que esperar que opere un cambio generacional, que se vayan los viejos y quede al menos el sub 65 (edad jubilatoria general). En otras, el cambio de metodologías, que no parecen demasiado interesadas en irse. Y menos si se las payanea para la tribuna.

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