Desde San Juan, carcajadas para Rosenkrantz

El fallo del juez Flores sobre la balacera al grupo Geras, entre otros, desmienten al supremo en su tesis sobre el origen del descrédito de la justicia. Por Sebastián Saharrea
sábado, 01 de diciembre de 2018 · 09:53

Justo cuando el presidente de la Corte Suprema de Justicia -el máximo organismo de la pirámide nacional- pronunció una de las frases más risueñas que se hayan oído en tiempos recientes sobre el origen del descrédito judicial argentino, se produjo en San Juan uno de esos episodios de siga siga tribunalicio más indignantes por su esencia inoperante.

Se dio todo junto. A Rosenkrantz y su percepción de que la mala valoración de los argentinos sobre la justicia deviene de los titulares periodísticos, lo contradijo sobre el fin de semana los dramáticos episodios del superclásico frustrado en el que ningún juez consiguió atrapar, ni aun usando resortes tecnológicos muy a mano en estos tiempos, a ninguno de los autores materiales. Ni hablar de los intelectuales.

Y por si hiciera falta, se produjo en San Juan un episodio de ilustra hasta qué punto alcanza la burbuja de gases en las que habitan ciertos magistrados, disociados por completo de lo que ocurre en la epidermis. El juez Pablo Flores, uno de los que ya había disfrutado de la falta de tarjetas rojas en la Corte en casos anteriores pero recientes, decidió liberar al atacante de un grupo de élite policial sanjuanino encargado de las operaciones delicadas, hiriendo gravemente a varios de ellos.

Les disparó en el medio de un operativo solicitado por un juez en el que buscaban armas de guerra, y las encontraron de una manera desgraciada: sufriéndolas en el cuerpo. Sólo por una cuestión de puntería no se están lamentando males mayores, pero para el juez no hubo motivos para mantener el atacante detenido. Insólito.

Se quejó de manera muy dura el ministro de Gobierno (y responsable político de las fuerzas de seguridad), Emilio Baistrocchi. Una reacción razonable teniendo en cuenta no sólo el tamaño de la decisión sino sus implicancias, si se leyera el fallo a fondo. Más leve, también lo hizo hasta el propio gobernador Sergio Uñac.

Incapacitado de aportar una explicación sobre el fondo de su decisión, Flores argumentó desde lo formal que no es tarea sino de los tribunales de alzadas, en este caso la cámara de apelaciones, evaluar su conducta. Y no lo hizo poniendo la cara ante nadie o respondiendo preguntas, sino escondiéndose detrás de la oficina de difusión de la Corte que reprodujo su absurda posición formalista como si nada pasara.

Chocolate por la noticia eso que nadie puede modificar su pronunciamiento. Ahora, sólo faltaría no se pudiera hablar sobre un fallo judicial, evaluarlo, polemizar en espacios públicos, y mucho más se trata de una decisión que apunta al funcionamiento de las fuerzas de seguridad. Tanto para quienes padecen esas decisiones judiciales, los ciudadanos, sus referentes periodísticos, o los funcionarios que deben aplicar las leyes y velar por la seguridad pública.

El fallo y la posterior ráfaga de repercusiones que obtuvo merecieron reacciones dispares en el edificio de Tribunales. Por un lado, desde la Fiscalía el rumbo fue el de calificar con contundencia la decisión de Flores, mientras un sector de la Corte prefirió la queja solapada y por lo bajo cada vez que tocan a un policía.

Como si estuviera mal que la autoridad política se quejara cuando un policía no recibe la protección que merece de parte de la justicia. Con el agravante de que la resolución del Flores puede constituir un peligroso antecedente en la manera de manejarse de la tropa de calle.

Comentó con crudeza Baistrocchi en Paren las Rotativas el domingo pasado que si interpretáramos literalmente lo que resolvió Flores en su fallo, “directamente tengo que sacar a la policía de la calle” porque no se podría seguir exponiendo al peligro del mano a mano con los delincuentes sin un mínimo de protección.

Es que el fallo de Flores interpreta que un efectivo policial llegando al lugar de los episodios, pronunciando el reglamentario grito de “alto, policía” para advertir a los delincuentes y darles la chance de que se entreguen, no es garantía suficiente de que efectivamente se trate de un policía. Puede ser cualquier otro, deduce. Increíble, mandaría a redefinir todos los libros de seguridad, acá y en todo el mundo.

Por ese motivo entre otros, el magistrado desmontó la acusación de homicidio en grado de tentativa (el efectivo del grupo Geras más perjudicado recibió disparos en el pecho, que impactaron a tres centímetros del corazón), y la reemplazó por la carátula de lesiones graves. Por lo tanto, debió acceder al pedido del defensor del agresor para que recupere la libertad.

El que no se comió la curva, en el plano institucional, es el fiscal Daniel Galvani. El representante del Ministerio Público efectivamente apeló la decisión de Flores, el camino de objeción señalado por el propio juez para aceptar cuestionamientos a su fallo. Y no lo hizo sólo formalmente sino que disparó artillería pesada. El fiscal le recriminó al juez por su “desconocimiento” del expediente y calificó su decisión como “ridícula”. Su argumento es que la propia argumentación del magistrado concluye con que Navas (el agresor) “quiso lesionar a Morales (el efectivo del grupo Geras) de un certero tiro en el pecho”.

Como botón de muestra de que otro camino es posible, el fuero de Flagrancia dio un ejemplo esta misma semana: condenó a 9 años de prisión efectiva a un sujeto que se tiroteó con la policía. Mismas característica: la voz de alto, la persecución y la captura. La diferencia fue quién los juzgó.

Conviene recordar la foja de servicios de Flores al momento de este nuevo episodio. Viene de una suspensión de 30 días en su juzgado como consecuencia de una grosera falta. Fue cuando estalló el escándalo del ginecólogo abusador serial Carlos Martínez, a quien Flores dejó prescribir el proceso sin ser elevado a juicio por denuncias cometidas años antes de que aparecieran las nuevas denuncias. Con un detalle: olvidó Flores consignar que había sido abogado defensor de Martínez, lo que lógicamente hubiera significado su apartamiento.

Falta merecedora de tarjeta roja directa, pero que fue aligerada por una amarilla y una palizota por el organismo de la Corte encargado de la auditoría y la sanción administrativa. Cuentan que el magistrado hace pesar las causas sensibles que se manejan en su juzgado. Aquella vez no llegó al jury, habrá que ver ahora si ocurre o si apela por el camino intermedio, que sería jubilarse.

Hasta entonces sería conveniente que sintonice con la temperatura que se vive en la calle, en la demanda de justicia. Se abstraiga del microclima que impera en general en Tribunales, patente en el abordaje de los problemas complejos: mucha jornada para la prevención de casos de abusos de menores, cuando lo que más aumenta son justamente los casos de abusos de menores. Y muchos de ellos, caídos ante la ineficiencia judicial.

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