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Evitemos la tercera (el monstruo está en casa) – Por Sebastián Saharrea

Los dos casos más espeluznantes de la historia policial reciente de San Juan tienen como víctimas a mujeres masacradas por sus parejas. Un repaso por la justicia y por la contención social. Y una pregunta inquietante: ¿cómo pararlos?

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Sebastián Saharrea

Fue el golpe más brutal que una foto pueda ocasionar a un lector, el que pegó en este escriba la imagen que ilustra esta nota: la del timbre con la palabra mamá escrito en sangre por un hijo que la acaba de ver morir. Esa foto resume todo: la angustia del pequeño que tuvo que ayudar a su padre –el homicida, por otro lado- a matar a su mamá o a lavar su cuerpo desgarrado, el dolor de la sangre materna en las propias manos, la impotencia de no poder hacer más nada que despedirla a su modo. Imposible recordar alguna foto más dramática, más tremenda. Luego parece que la supuesta sangre era esmalte para las uñas, y que había sido escrito antes. Qué más da, igual fue una señal de angustia inigualable.

Ocurrió en San Juan el pasado fin de semana. Un drama familiar, una mujer embarazada de 6 meses masacrada a puñaladas por su pareja y lo de siempre, los hijos que se llevan la peor parte y se quedan sin mamá, sin papá, y con el trauma irreparable de una situación extrema como la que tuvieron que atravesar. Ellos son, sin dudas, las víctimas de este cuadro. Pero más allá de ellos, también hay una agresión flagrante a una sociedad que componemos todos y necesita encontrar anticuerpos para evitar esta clase de salvajismo.

Como ocurrió también, hace desgraciadamente muy poco, con otro crimen lleno de saña que junto al de esta semana completan los dos asesinatos más impresionantes de los que se tenga memoria en la historia reciente de San Juan. Fue el de Cristina Olivares, la mujer que recibió nada menos que 140 puñaladas y por lo que está detenido nada menos que el marido y padre de sus hijos. Salvajes, ensañados, sin antecedentes, llenos de morbo y de locura. Justo, las víctimas son mujeres sometidas por sus parejas, ¿no nos dice nada?

Una buena pregunta es cómo es que estos sujetos –los maridos golpeados y homicidas- andan caminando por la calle. Y lo primero que aparece en estos casos es la crítica sistémica hacia los jueces. Este caso no fue la excepción, con el agregado de un infortunio. O no se informó bien, o no se comunicó bien, la cosa es que apareció una voz policial señalando que el acusado estaba en uso de unas salidas transitorias de la cárcel. Para qué, apetitoso condimento para los favorecedores de la mano dura, encontrarse con un preso violando las condiciones de detención para masacrar a su mujer.

No fue así, pero pudo haberlo sido. Y no lo fue porque el marido detenido y acusado, llamado Cristian Fretes, había purgado una pena por homicidio en grado de tentativa de un padrastro, que quiso frenarlo cuando golpeaba a su mujer, la madre embarazada justamente su hijo que la despidió ahora con el dedo ensangrentado: recibió en respuesta una balacera. Y que recibió después otra denuncia de otra mujer maltratada, que no pudo prosperar porque la denunciante no ratificó su denuncia, y el sujeto siguió mezclándose en el barrio. El policía dijo “excarcelado” y algún colega interpretó “salidas transitorias”, que no es lo mismo. Y la jueza de ejecución penal, Margarita Camus, que suele ser acribillada por su tendencia a conceder derechos tipificados en la ley a los detenidos, debió salir a aclarar los tantos.

Peor aún para el quebradero de cabeza sobre cómo detener esta locura, que el homicida hubiera cumplido sentencia: ejemplifica el fracaso de la ley penal como factor disuasivo a cometer estas locuras. Y termina disparando aún más el debate: los fanáticos del endurecimiento de ley, porque les parece; los más flexibles, porque les parece inútil.

Obliga, sí, a reflexionar sobre si está al alcance de la justicia frenar esta locura. Lo insinuó el ministro Daniel Molina como consecuencia de este impacto, pero luego terminó enojado por no tener la información completa. Se puede sostener también que la ley penal llega cuando la sociedad ya fracasó: nadie le devolverá la vida a Estela. Y se filtran en el medio los beneficios carcelarios, puestos en la mira por quienes buscan leyes más duras.

¿Cuáles? Las salidas transitorias, que es un beneficio incluido en la ley y establece que a la mitad de la pena, el reo puede pedir salidas temporales sujetas a buena conducta y a no ser reincidente. Por lo general, se las dan. O a la libertad condicional, al que puede acceder cualquier penado con dos tercios cumplidos. Se habla menos, pero funcionan igual, las conmutas y hasta los indultos. Una perpetua, como podría corresponderle a Fretes si lo consideran culpable de femicidio –un delito nuevo para penar con agravante el crimen de una mujer-, implica que puede salir a los 20 años. O sea que no es perpetua.

Si la ley fuera más dura, o los beneficios de reinserción –como las salidas- no existieran, ¿habría menos crímenes como estas salvajadas? Una tribuna asegura que sí, otra que los delincuentes no andan con el código penal abajo del brazo. Si fuera así de sencillo no hay manera de dudar, pero las sociedades que funcionan con pena de muerte no consiguen mostrar mejores resultados en materia disuasiva.

Otra manera de abordar el problema de las masacre de mujeres en San Juan es desde la contención social. Hay dos direcciones que se ocupan del problema: la de la Mujer y la de protección de personas con riesgo social. La primera maneja la línea rosa y el 102, para cualquier caso de violencia. La segunda se encarga de tramitar las solicitudes de protección que presentan las mujeres golpeadas en la policía, en el Marcial Quiroga o en los centros departamentales.

Esas solicitudes son expedientes, que en realidad son pedidos de auxilio. Desde que se motorizó el sistema, hace unos 4 años, cada vez se presentan más y más casos, con picos cuando ocurren este tipo de crímenes. En todo este tiempo ya llevan más de 8.000 pedidos de protección. A los encargados del sistema no les parece que eso ocurra porque haya más casos, sino porque las mujeres están cada vez más dispuestas a denunciar. Se cruzan muy a menudo con denuncias de mujeres que dicen que vienen siendo golpeadas desde hace 10 y 15 años. Y que se cansaron. O que temen terminar como Cristina y Estela.

Pero las denuncias no son suficientes. De esos pedidos de auxilio, muchos corren por vía judicial, otros siguen trámites administrativos y unas pocas mujeres terminan alojadas en un hogar especial para alejarlas del riego de ser agredidas y matadas. El lugar se llama Hogar Aurora, y hoy hay allí tres mujeres con sus hijos. Claro que se podrá entender la complejidad de alojar a una mujer golpeada en ese lugar, aislada de su mundo, y mucho más si tiene hijos a cargo en ese mismo lugar.

Para otros casos están las delegaciones departamentales de protección, que motivaron un elogio de la ministra Alicia al gobierno provincial. Y se viene un plan como el Argentina Trabaja –que depende de la Nación- que se llamará Ellas Trabajan y apunta a darles a las mujeres víctimas de violencia un medio de supervivencia y quebrar la dependencia económica de sus maridos golpeadores.

En otros casos, el trámite judicial fracasa porque la propia víctima desiste. En los dos casos más crueles, Cristina y Estela, se verifica algo de eso: Miguel Palma, detenido y acusado de instigar el salvaje crimen de Cristina, tenía hasta impedimento judicial de acercarse a ella, pero era la propia mujer la que lo permitía y se enfrentaba por eso a su propia familia; o Cristian Fretes, quien recibió una denuncia de maltrato de otra mujer en 2011, que luego ella no confirmó.

Allí es donde nace la impotencia de los sistemas judicial y social por hacer algo más. Y donde nace la otra variable que juega fuerte: la cultural. Hasta acá, son muy recientes los tiempos en que pegarle a la mujer era cosa aceptada que no asombraba a nadie.

Hasta dónde quedarán esos rastros que lo grafican los que están en contacto todos los días. No hubo hasta ahora un solo caso en que no se encuentre este panorama: en el barrio, todos sabían que a la mujer le pegaban, y entre los motivos por los que nadie hizo nada es para no quedar al medio. Después se arreglan.

Surge a gritos en el caso Estela. Según la investigación penal, la mujer consiguió salir a la calle a pedir auxilio. Por el modo en que murió, a golpes, se supone que no habrá sido para el homicida una faena silenciosa. Pero nadie la escuchó, nadie llamó. Salta a la vista que el problema es grave, y que todos tenemos algo por hacer.

 

 

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