Milagros Domínguez tiene 22 años, es deportista de alto rendimiento y representa a la Argentina en la Selección Nacional de Goalball. Sin embargo, detrás de los viajes, las concentraciones y el sueño de llegar a unos Juegos Paralímpicos, existe una historia marcada por desafíos que comenzaron prácticamente desde su nacimiento. "Nací como todo bebé, con un peso normal y todo lo que me pasó llegó después", relató la sanjuanina.
"Un propósito": la historia de fortaleza de Mili Domínguez, la chica no vidente que le escapó al bullying y sueña con llegar a los Juegos Paralímpicos
Capítulo III. Milagros es de Santa Lucía, tiene apenas 22 años y una resiliencia tremenda para superar los obstáculos. Nació con una discapacidad visual, atravesó años difíciles marcados por el bullying y encontró en el Goalball su lugar en el mundo, donde desconecta y se siente feliz. Hoy integra la Selección Argentina y trabaja para cumplir el sueño de representar al país en Los Ángeles. Desde el comedor de su casa y entre lágrimas, nos cuenta su vida.
La vida de Mili cambió cuando tenía apenas unos meses. Aunque nació a término y con un peso normal, una complicación durante el parto derivó en una falta de oxígeno que obligó a los médicos a mantenerla durante algunas horas en incubadora. Tiempo después, su mamá comenzó a notar algo extraño en sus ojos, lo que la sacó rápidamente de la comodidad para recibir una mayor atención.
"Me veía algo transparente", recordó que le contó su madre años más tarde, cuando creció y aprendió a convivir con su discapacidad visual. Ésto y a su corta edad, la preocupación derivó en consultas médicas y numerosos estudios hasta llegar al diagnóstico que terminó siendo un desprendimiento total de retina y ceguera.
A partir de ese momento comenzó una etapa de tratamientos, controles y adaptación. Su mamá la llevó a la entonces Escuela de Educación Especial Luis Braille, especializada en personas ciegas, donde inició procesos de estimulación visual y aprendizaje para desenvolverse en una realidad completamente diferente. Pero si hay algo que Milagros destaca una y otra vez es el papel que tuvo su familia, especialmente su madre, el eslabón principal de todo.
"Hoy le agradezco todo lo que hizo. Nunca se quedó con la idea de que tenía una hija ciega. Siempre buscó actividades para que aprendiera, para que perdiera los miedos y pudiera desenvolverme", afirmó con la voz segura de una niña que desafió la vida con otras herramientas.
Mientras crecía, empezó a buscar su lugar dentro de diferentes actividades. Hizo estimulación visual, bailoterapia, expresión corporal, equitación, natación y distintas propuestas recreativas, que si bien le gustaban, no los terminaba haciendo su hogar. Si bien ya se sentía grande, Mili quería independencia y confianza.
La adaptación no fue sencilla. La etapa escolar representó uno de los desafíos más difíciles de su vida. Durante la secundaria sufrió situaciones de bullying que dejaron marcas profundas y hasta ahora duele.
"No solamente se metían con mi ceguera. Me robaban los auriculares que usaba para la computadora, me llegaron a romper máquinas braille y hasta me empujaban", recuerda.
Estas heridas que le dejó el secundario se fueron secando con el tiempo pero no desaparecieron. Milagros se volvió una persona más cerrada, reservada y con dificultades para relacionarse socialmente. Además, ver el esfuerzo que hacía su madre para reemplazar los elementos dañados la afectaba emocionalmente.
Entre tanto caos lo que fue aprender y adaptarse, apareció una herramienta que terminaría cambiando su vida para siempre: el deporte. Primero fue la natación. Más adelante llegó el atletismo, disciplina en la que competía tanto en pista como en lanzamiento de bala. Aunque obtenía buenos resultados, sentía que los deportes individuales no terminaban de convencerla.
Sin embargo, y como si todo estuviese planeado, hace once años conoció el goalball, una disciplina exclusiva para personas con discapacidad visual.
Mili no la pensó dos veces, decidió probar y descubrió algo mucho más importante que una nueva actividad deportiva. "Encontré mi lugar. El goalball me dio independencia, amigos, vida social y confianza. Yo entro a una cancha y siento que estoy donde tengo que estar", aseguró.
A los 15 años recibió la convocatoria para integrar la Selección Argentina Juvenil después de destacarse en los Juegos Nacionales Evita. Aunque la pandemia modificó por completo la dinámica de entrenamiento y muchas concentraciones se realizaron de manera virtual, logró mantenerse dentro del sistema nacional.
Actualmente se desempeña como pivot o jugadora central, una posición que requiere liderazgo, orientación y una enorme capacidad de concentración dentro de la cancha. El Goalball es su gran apuesta y entrega sus días a la disciplina que tanto aprendió a querer.
Fuera del deporte también enfrenta otros desafíos. Durante varios años estudió Abogacía, aunque reconoce que el acceso a materiales adaptados, las dificultades académicas y la falta de accesibilidad terminaron desgastándola. "Todo me costaba el doble. Conseguir material, estudiar, rendir exámenes. Llegó un momento en que empecé a preguntarme si realmente era lo que quería", explicó.
Aun así, no abandona el objetivo de obtener un título universitario. Entre sus planes aparece la posibilidad de retomar la carrera o iniciar una nueva etapa académica. Y como broche de oro a su historia, aprovecha y agradece otra vez a los suyos. "Mi mamá, mi abuela y mis hermanos son todo. Si ellos no hubieran estado, me habría rendido hace mucho tiempo".
Hoy, aquella nena que de un día para el otro debió aprender a vivir a oscuras encontró una forma completamente distinta de mirar el mundo. Y lo hace ahí, donde las papas queman, en el corazón de una cancha de Goalball. En ese rectángulo de parqué, donde el silencio es sagrado y el oído se agudiza, cada cascabelazo, cada arrojada al piso y cada esfuerzo compartido la acercan un paso más a sus sueños de los Juegos Paralímpicos.