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domingo 12 de abril de 2026

Historias

A los 80 y pico, no hay freno para la pasión: Salvador y Hugo, dos espectadores de lujo en El Zonda

Con 87 y 86 años, llegaron al autódromo como dos fanáticos más para vivir el TC2000 y el Top Race. Entre recuerdos, actualidad y una filosofía de vida clara, dejaron un mensaje: la edad no es excusa cuando hay ganas de disfrutar.

Por Carla Acosta

El movimiento en el cerro del autódromo El Zonda empezó temprano, y entre los cientos de fanáticos hubo dos presencias que destacaron sin buscarlo: Salvador Lo Cascio, de 87 años, y Hugo Miguez, de 86. Amigos, apasionados del automovilismo y protagonistas de una escena que combina historia, presente y amor por los fierros.

Salvador, reconocido médico sanjuanino y ex ministro de Salud, volvió a un lugar que conoce bien, aunque hoy lo recorre desde otro lugar. Supo vivir el automovilismo desde los boxes en su etapa como funcionario; ahora, se ubica entre el público junto a su nieto Lucas Quevedo, disfrutando cada vuelta como un espectador más. “He visto el autódromo en todas sus etapas”, resumió, con la memoria intacta.

A su lado, Hugo llegó desde Córdoba y se encontró con un Zonda renovado. “Hacía más de veinte años que no venía y lo veo muy bien, modernizado”, contó, mientras seguía de cerca la actividad en pista y comparaba con otros circuitos que frecuenta, como el Cabalén.

Lejos de cualquier limitación, ambos armaron un plan sencillo pero lleno de sentido: ver las carreras, compartir un asado y volver al día siguiente para no perderse nada. Una rutina que, en su caso, vale doble.

Pero si algo los define no es solo la pasión por el automovilismo, sino la forma de vivir. “Hay que seguir viviendo y disfrutando con lo poco que tenemos. No hay que quedarse en casa a lamentar los dolores”, expresó Salvador, con una claridad que atraviesa generaciones.

La edad, coinciden, es apenas un número. “Nunca hay que pensar cuántos años tiene uno. Hay que mantenerse joven de cabeza”, dicen, mientras los autos pasan a toda velocidad frente a sus ojos.

En el Zonda, entre motores que rugen y el paisaje imponente del cerro, Salvador y Hugo no solo miran carreras: dan una lección silenciosa. Porque la verdadera velocidad, al final, es la de las ganas de seguir disfrutando.

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Embed - Los amigos de 86 y 87 años que siguen la pasión por El Zonda

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