El coronavirus planteó una nueva manera de vivir. Todos los días, millones de personas en el mundo mueren repentinamente por la enfermedad, otros agonizan, y otros ni siquiera la sienten. El virus inició en cada persona contagiada una historia diferente, algunas de apasionante supervivencia. Cuerpos, sistemas inmunológicos que bracean contra la corriente de una marea inmensa y desconocida, con la incertidumbre de no saber si llegarán al otro lado: a volver a ver a sus seres queridos, amigos, vecinos. Están atrapados en bajo paredes iluminadas por fluorescentes blanquecinos de un nosocomio, bajo el influjo de tubos y medicamentos. No saber. El coronavirus es no saber. Eso sucedió con una sanjuanina. Una mujer oriunda de Rawson que no sabe que su bebé recién nacida está bien y que su esposo, el hombre que más amó, falleció.
El drama de la sanjuanina que está en coma por Covid, no pudo conocer a su bebé y no sabe que murió su marido
Tamara Guevara habló con entereza, hasta con un poco de esa frialdad obligada por el infortunio. Contó que el drama que atraviesa su familia inició el jueves 13 de mayo. La madre, Celina Rivas (38), venía mal desde hacía varios días, tenía dolor corporales, una fuerte tos. Sospechó del virus chino y concurrió a hisoparse: efectivamente había contraído Covid-19. Hubo preocupación, por ella y por la bebé en gestación. El embarazo estaba avanzado: corría el mes siete. La enfermedad no dejó que el parto fuera en término. El domingo 16, en un acceso de tos convulsa, rompió bolsa. Tamara la acompañó hasta el Centro de Adiestramiento René Favoloro de Villa Krause, "no la quisieron atender". Así, fueron hasta el Hospital Rawson, entró por el Servicio de Urgencias, la atendieron los profesionales. Tamara estaba afuera. No le dijeron nada. Un guardia se acercó, horas más tarde, para comunicarle que su madre había dado a luz. "Le hicieron cesárea con los cuidados por el Covid-19 y la dejaron internada en el área destinada a pacientes con la enfermedad", dijo.
El martes 18, Celina saturó -esa palabra desconocida, salvo por médicos y enfermeros- cada vez menos. Llegó a 42 y los profesionales decidieron trasladarla al área crítica para colocarle oxígeno. Así pasó hasta el domingo 23, cuando la intubaron, la vida pendía del hilo fino de un respirador. Sin embargo, no fue a ella a quien le tocó la fatalidad. El mismo domingo, su esposo, Rodolfo Guevara (40), que llevaba días con un molesto resfriado, "empezó a sentirse un poco mal". Tamara llamó a un servicio de salud privado, al hombre le hicieron una radiografía y resultó que padecía neumonía bilateral, tal vez también producto del virus. Quedó internada en su casa. El lunes, Rodolfo "no tenía oxígeno". Entró en paro. Casi cayó al piso, pero Tamara lo evitó al sostenerlo, lo dejó en la cama. Salió a gritar para que los médicos ingresaran a la casa. Demoraron en suministrarle el oxígeno. Tuvo otro paro cardíaco. Dijeron que no llegaría al hospital. Murió en su casa.
En medio de la desgracia, los abuelos maternos tomaron cartas en el asunto y vía legal pudieron estar con su nieta, la recién nacida Martina. Había estado en Neonatología y en observación por si alojaba el virus. Por fortuna está en perfecto estado. Como si el destino, haciendo gala de sus ironías, hubiese dicho, "lo que quito por un lado, lo compenso por el otro", en términos de vidas. Ahora está en casa con sus hermanas. Todos juntos. Cada noche elevan una oración. A cada momento la Fe está con ellos. Piden a Dios o a la simple suerte. Piden que su mamá despierte del coma farmacológico en el que está desde ese domingo 23. De recuperarse, Celina tendrá dos noticia de alto impacto emocional: tiene una hija hermosa y sana, ya no tiene a su compañero de tantas batallas. También recorrerá un camino difícil: deberá aprender a comer, caminar, hablar. El tiempo en terapia intensiva reduce a los cuerpos a un estado infantil. La familia espera. No sabe. Así es, cada vez más, en la época del coronavirus.