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jueves 2 de abril de 2026

a 35 años del desastre

Borys y la explosión de Chérnobil en primera persona

Es ucraniano, decidió echar raíces en San Juan y, cuando el accidente nuclear más grande de la historia sucedió, su padre se ofreció como voluntario. Su niñez mientras reinó la Unión Soviética y su recuerdo de la convivencia con la radiación.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Pasaron 35 años de la explosión de Chérnobil, el accidente nuclear más devastador de la humanidad que causó una contaminación radioaciva que hasta hoy tiene consecuencias, y todavía quedan historias por contar, como la de Borys Yevsyukov, el 'sanjuanino' que vivió de cerca aquel momento que lo marcó a fuego.

Radicado en San Juan hace siete años, el ucraniano que tenía apenas cuatro años cuando sucedió el desastre cuenta que vivía a unos 800 kilómetros de la planta nuclear donde estalló el reactor, en la ciudad de Zaporiyia. Pese a la distancia, el lugar estaba dentro del radio afectado por la radiación y eso les cambió la vida a todos, de la noche a la mañana.

Borys, que hoy tiene 38, recuerda que su padre se ofreció como voluntario para colaborar en la zona del desastre. Es que hasta ese momento se desconocía el alcance que tenía el siniestro que se cobró la vida de al menos 31 personas, de forma directa e indirecta. Sin embargo, esas cifras hasta hoy son cuestionadas y se sospecha que hubo más víctimas que las que se cuentan oficialmente. Además, la radiación provocó mutaciones en niños, animales y adultos.

Borys mira al suelo, acompañado de su padre y sus hermanos. Unos meses después de la explosión 

Aunque había una remuneración económica para aquellos que prestaban tareas en el lugar de los hechos, Borys destaca que su papá no se ofrecía por la paga, sino por solidaridad y compañerismo, conceptos que -por aquellos tiempos- el socialismo de la Unión Soviética imprimía en la gente. Su país, Ucrania, fue una de las 15 repúblicas que compuso la URSS desde su creación en 1922 hasta su final en 1991.

“Estaba el deseo de cumplir con el deber de buen ciudadano, de ser voluntario, de ayudar y servir a la nación. Sin embargo mi madre, que estaba embarazada, se opuso y desistió de la idea”, recuerda y agrega: “Menos mal que no lo hizo, lo salvó de morir”.

Esta última afirmación corresponde al riesgo que representó estar en la zona del desastre. Primero, fueron los bomberos que acudieron a apagar el fuego en la planta nuclear quienes sufrieron consecuencias mortales y, después, las otras víctimas que se sumaron fueron los voluntarios, como los liquidadores.

A la izquierda, Borys y su familia. Su padre junto a sus hermanos mellizos y su madre, detrás de ellos

Cerca de 600 mil hombres fueron enviados para sellar el reactor número 4 de la central de Chérnobil, el mismo que el 26 de abril de 1986 estalló por los aires. Esos voluntarios, que actualmente son reconocidos como héroes, fueron enviados a la muerte o -en el mejor de los casos- hacia una epidemia nuclear. Es que a pesar de que las revisiones médicas los calificaban como aptos para el servicio, se vieron infectados por la radioactividad y eso les afectó el organismo para siempre.

Aunque el padre de Borys, Oleg Yevsyukov, eludió el camino de la muerte, la fatalidad que desató Chérnobil perseguiría a su familia un año más tarde con el fallecimiento de su tío. Borys relata que su familiar se hallaba al aire libre cuando la explosión ocurrió y eso fue letal para su salud. Es que por el viento, la radiación se esparció rápidamente y llegó a su ciudad.

“Como él estaba jugando al fútbol en ese momento y era una persona sana, tenía 18 años, mi abuela siempre atribuyó su muerte a la radiación”, cuenta y sigue: “Un año después murió de cáncer en la sangre”. Estudios sobre la mortalidad de la explosión indican Chérnobil elevó las tasas de cáncer en las regiones más contaminadas por la radiación.

“Como niño tengo pocos recuerdos, porque uno no tiene noción verdadera de lo que pasa alrededor. Lo que sí me acuerdo es que dos días después del accidente no fuimos a la escuela, que por radio -el único medio de comunicación al que todos accedían- avisaban si había clases o no”, detalla.

Zaporiyia, Ucrania. Su ciudad de origen, siempre contaminada, ya sea por la radiación o las fábricas

Entre las curiosidades, Borys cuenta que a los más chicos les daban la leche con gotitas de yodo, por las dudas y para evitar consecuencias de la contaminación. Estudios médicos demostraron que el yodo reduce los daños que la radiación causa en el cuerpo después de una fuga nuclear.

Si bien se sabe que la contaminación se esparció por el aire, Borys también asegura que se extendió a través del agua. “Hay un río que nacía en Chérnobil (Río Prípiat) y que propagó la radiación a otros lugares de Ucrania y Bielorrusia”, indica.

Un día después del 35° aniversario del mayor desastre medioambiental, en un café con vista a la Plaza 25 de Mayo, en San Juan, y a kilómetros de distancia de la ahora ciudad fantasma de Prípiat (que fue evacuada tras la explosión), el ucraniano que hace memoria de aquellos tiempos concluye con su relato con una explicación tragicómica -si se permite esa calificación- y dice que, como si hubiera sido un aviso del desastre, Chérnobil significa cuento negro.

El ruso que no es ruso

Aunque su cercanía con la explosión que cumplió aniversario esta semana lo trajo hasta esta nota, su historia personal resulta todavía más atrapante. Con 15 años, Borys emigró a la Argentina con su familia, en busca de un futuro mejor.

Aprovechando la disolución de Unión Soviética, el ucraniano, sus padres y sus hermanos dejaron atrás su nación para vivir nuevas oportunidades en estas latitudes. A pesar de que tanto Oleg como Olga Norik eran profesionales en Ingeniería, se la rebuscaron para salir adelante y trabajaron de todo.

Protagonista. Borys Yevsyukov

Él, un tímido adolescente que se esforzó por encajar y aprender rápidamente el idioma, se instaló junto a su familia en Villa Fiorito, en Buenos Aires. Sí, ahí mismo donde el Diez hizo sus primeras gambetas. “Conocimos lo que es venir bien de abajo, de crecer y luchar por las metas”, confiesa.

Después de trabajar y de estudiar, se recibió de la UBA de la carrera de Ciencias de la Computación y el amor lo trajo hasta San Juan. Es que en Buenos Aires conoció a una diseñadora local, Ana Cecilia Falivene, que lo encantó y con ella conformó su familia.

Como especialista en informática, le costó encontrar un trabajo de lo suyo en la provincia aunque logró hacerse un lugar en una empresa privada ligada a las obras de construcción. Sin embargo, sus deseos están en poder desarrollarse como profesional, con sus conocimientos en sistemas. “Me gustaría que podamos entender todos que, en la era de la información, el Estado encontrará soluciones en digitalizar absolutamente todo”, señala.

Con la oportunidad de volver a Rusia o de regresar a su país de origen, Borys -que también es músico, compositor, con gran talento para tocar el piano, prefiere quedarse en la provincia e intentar progresar desde acá. “Todos me conocen como el 'Ruso Borys' y ya soy un sanjuanino más, me gustan las semitas y no soy ningún huevón”, cometa entre risas.


 

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