Tras años de trabajo al servicio de la comunidad y luego de traer al menos a 100 niños al mundo, la partera sanjuanina Selva Gil falleció y por ello la localidad de El Encón, en 25 de Mayo, resultó conmocionada con la triste noticia. La enfermera profesional que allí desempeñó tareas se convirtió en un querido personaje y fue pionera en llevar campañas de vacunación a localidades alejadas.
Murió la partera sanjuanina que trajo 100 niños al mundo
Si bien no trascendió cuál fue el desencadenante de su muerte, los medios allegados a esa comunidad confirmaron la información del deceso de quien fuera madrina de un centenar de niños de ese lugar. La mujer que vivió por más de 45 años en el pueblo se jubiló, pero a pesar de ello nunca dejó de visitar a diario la salita de primeros auxilios para colaborar con lo necesario.
Hace casi 7 años atrás, Tiempo de San Juan la entrevistó y contó su inspiradora historia. Mendocina de nacimiento, pero sanjuanina de corazón, la enfermera fue criada por monjas que le inculcaron la pasión por la medicina y la generosidad con los demás. Cuando terminó sus estudios, se vino a San Juan de la mano de unos familiares que vivían desde hacia tiempo en Ullum. Con 21 años recién cumplidos arrancó con las prácticas en el hospital Marcial Quiroga. Después siguió perfeccionándose en el Rawson hasta terminar en el hospital Félix Aguilar, de Caucete.
Caucete fue el último lugar en el que estuvo antes de mudarse a El Encón. Allí se fue a vivir con su padre y su abuela, que si bien no la criaron siempre estuvieron presentes durante su infancia. 25 de Mayo fue para Selva el lugar que le dio todo profesionalmente porque allí hizo de todo: encaró partos, atendió a accidentados desahuciados y hasta curó quemaduras.
La primera ambulancia que llegó a El Encón la manejó Selva. Con ese vehículo se metió por todos lados, ni los médanos representaron para ella una amenaza. Como en muchas oportunidades los médicos no estaban en la localidad cuando moría alguien, la enfermera subía en la ambulancia a policías y se dirigía a verificar la muerte de algún vecino.
Los vecinos de 25 de Mayo adoraban a Selva. Incluso por iniciativa de ellos le pusieron a la plaza de la localidad el nombre de la profesional. Según contaron, la enfermera siempre estuvo presente.
Si bien la enfermera siempre convivió con la muerte, admitió que le costaba despedirse de un paciente que estuviera por fallecer. Era por eso que se refugiaba en la religión y le ayudaba creer que una nueva vida mejor les esperaría al morir. Esta vez, quien estaría esperando una mejor vida es ella, aunque es casi seguro que vivirá por siempre en la memoria de su pueblo.