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RINCONCITOS SANJUANINOS

El monumento al lomito

Es el Ford 46 que está en la esquina de la avenida España y Agustín Gómez. Desde hace 49 años que en ese viejo micro se venden lomitos. Dejó de deambular y ya forma parte del paisaje estable. Por Gustavo Martínez Puga.

Por Redacción Tiempo de San Juan
Por Gustavo Martínez Puga

Los comerciantes más viejos del rubro dicen que debe ser uno de los carros pioneros en la venta ambulante del tradicional lomito sanjuanino. Certeramente está en la esquina de la Avenida España y Agustín Gómez desde 1965, hace 49 años. Pero algunos años antes de esa fecha el viejo Ford modelo ´46 ya andaba por la zona, parándose a vender en ese corredor vial entre Rawson y Capital.

Hoy todo el mundo lo ubica por su nombre comercial, Tri Car, aunque popularmente la expresión se reduce a "el eterno micro de los lomitos”.

Hoy ese micro, del cual quedó la carcasa pintada de blanco y los neumáticos enquistados a la ochava de la esquina, forma parte del paisaje urbano y es una marca registrada del comercio que se expandió ediliciamente, pero incorporando a Ford ´46 como una marca registrada.

Y como siempre estuvo vinculado a la cultura del trabajo, lejos de ser jubilado el Ford ´46 sigue prestando servicios a sus dueños y al vecindario: hoy funciona como una verdulería casi full time, ya que a las 7 de la mañana ya está listo para recibir a sus clientes y suele tener abierta su puerta y ventanas casi hasta que se va el último cliente de la lomoteca que supo alumbrar.

HISTORIA ESCONDIDA

Pero lo que muchos sanjuaninos no saben es que ese colectivo devenido en cocina ambulante del tradicional sándwich de carne made in San Juan, equipado en su momento con una cocina y piletas para higienizar a la perfección los alimentos, conserva en su interior una historia de sacrificio, trabajo y esperanza. Esa historia es la de Antonio Peregrina (69), más conocido por todos como Lalo.

"En 1978 lo movimos por última vez. Como tiene un motor V8 naftero que consumía una barbaridad, y encima yo no tenía un peso partido por la mitad, ese año lo movimos a los empujones. A cálculo, porque en ese momento no estaba la Avenida España, lo movimos y lo pusimos donde está ahora. Quedó medio metido en la ochava, pero le calculamos bastante bien”, cuenta Lalo, con cierto orgullo por la historia recorrida.

Junto a su pareja, Laura González (64), Lalo pasó de ser cliente de los lomitos que se vendían por la zona en ese micro, a ser dueño del viejo Ford ´46. Fue cuando el dueño original, don Pepe Rocha, ya no pudo seguir adelante con la venta ambulante de lomitos.

Como el Ford ´46 quedó parado en esa esquina de España y Agustín Gómez, Lalo se lo compró, lo fijó y empezó a trabajarlo en ese mismo lugar en el que perdura hasta hoy en día.

"En ese momento, en el ´78, yo atravesaba un momento laboral terrible. Mi familia fue dueña durante muchos años de un restaurante muy tradicional que se llamaba La Tablada, que estaba por calle Sarmiento, entre Córdoba y Santa Fe. Eso se perdió y yo empecé a trabajar la venta de lomitos en este viejo Ford ´46 al que sabíamos ir con mi familia a comer”, recuerda Lalo.

Los comienzos fueron difíciles. Por esos años esa zona era muy distinta a lo que es hoy en día, ya que no estaba la Avenida España ni el puente de la Circunvalación. Era una zona bastante oscura y marginal.

"Empezamos alquilándole unas sillitas plegables y mesitas a un señor Salguero de Rawson. Primeros se las llevaba y las traía. Después ya las dejó y me venía a cobrar el alquiler. La cocina la adaptamos con una vieja estufa a combustible que se usaba para calentar grandes ambientes. Todo se lavaba con jabón en polvo y lavandina. No teníamos agua potable, así es que de noche hicimos unas instalaciones clandestinas con la conexión que nos daban algunos vecinos. Y para tener agua en un bañito que hicimos, acarreábamos a balde y subíamos el agua a un tanque todos los días”, cuenta Lalo.

Con el paso de los días Lalo se dio cuenta que el grueso de su público eran grupos de hombres que, más que nada, iban a tomar. Lalo sabía que eso no tenía mucho futuro, así es que le buscó la vuelta: "En vez de vender vino de mala calidad y en cantidad, lo reducimos a uno más fino de Hagmann. También servíamos coñac Reserva San Juan y buen whisky. Así corríamos al que venía a tomar y se quedaba la familia”.

Cuando el negocio empezó a prosperar, y como siempre fue un hombre de prosperar, Lalo se dio cuenta que en algún momento el Ford ´46 le iba a quedar chico. Entonces empezó a comprar de a poco el terreno en el que se había instalado precariamente.

Esos lotes eran una sucesión de la familia Silva Curuvetto, por lo que tenía varios dueños. Lalo fue buscando de a uno y comprándoles. "Habían unos viejos galpones de paredes de adobe. Las rejas de los portones eran labradas a mano y hoy son las que tengo como parte de las rejas de mi casa”, cuenta, señalando hacia la vereda de la vivienda que está pegada al carro, por Agustín Gómez al Oeste de España, donde Lalo construyó una casa nueva, mientras que por España, al Norte de Agustín Gómez, construyó la lomoteca que supo alumbrar el viejo Ford ´46.

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