Pocas instituciones argentinas pueden contar una historia tan extraordinaria como la de la sanjuanina Biblioteca Franklin. Nacida el 17 de junio de 1866 por iniciativa de Domingo Faustino Sarmiento, se convirtió en la primera biblioteca popular de Sudamérica y en un símbolo de la educación pública. A lo largo de sus 160 años atravesó incendios, crisis económicas, intervenciones políticas y el devastador terremoto de 1944. Sin embargo, cada vez que pareció desaparecer, volvió a levantarse. Su trayectoria es también la historia de una idea que sobrevivió a todas las tragedias: que los libros y el conocimiento son herramientas fundamentales para construir ciudadanía.
La historia de la Biblioteca Franklin comenzó cuando Sarmiento, entonces embajador argentino en los Estados Unidos, impulsó desde el exterior un proyecto nacido en su provincia natal. Inspirado por los modelos de bibliotecas populares que había conocido en Europa y Norteamérica, promovió la creación de una institución abierta a toda la comunidad, sin restricciones sociales ni económicas.
El 17 de junio de 1866, durante el gobierno provincial de Camilo Rojo, quedó formalmente constituida la Sociedad Franklin Biblioteca Popular. La presidencia recayó en el doctor Isidoro Albarracín y la flamante entidad inició un camino que la convertiría en una referencia continental.
El nombre elegido no fue casual. Sarmiento y Salvador María del Carril propusieron homenajear a Benjamín Franklin, considerado creador de las bibliotecas circulantes en Filadelfia y símbolo del progreso alcanzado a través del conocimiento y el esfuerzo personal.
Desde sus orígenes, la institución mantuvo el objetivo trazado por su fundador: fomentar la lectura y el acceso libre a la cultura como una forma de educar ciudadanos conscientes, participativos y comprometidos con la vida democrática.
El proyecto que anticipó una política nacional y sus duros inicios
La experiencia sanjuanina precedió incluso a la legislación nacional que promovió este tipo de instituciones. En 1870, durante la presidencia de Sarmiento, se sancionó la Ley 419, conocida como la “Ley Sarmiento”, que impulsó la creación y el sostenimiento de bibliotecas populares en todo el país.
La norma estableció el apoyo económico del Estado nacional y la creación de una comisión encargada de fomentar y supervisar estas entidades. Más de un siglo después, ese espíritu continuaría vigente con la creación de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip), consolidando una política cultural que había tenido en la Franklin uno de sus principales antecedentes.
Los primeros años estuvieron marcados por el crecimiento y el entusiasmo de socios, intelectuales y dirigentes. Sin embargo, la estabilidad duró poco. En 1876 fueron eliminados los subsidios provinciales y nacionales que sostenían su funcionamiento. Sin recursos para continuar sus actividades, la biblioteca debió cerrar sus puertas y resguardar sus colecciones en domicilios particulares. Más tarde, el Ministerio de Educación conservó el patrimonio bibliográfico, aunque permaneció fuera del alcance del público durante casi una década.
La situación cambió en 1884 cuando Sarmiento regresó por última vez a San Juan. Durante aquella visita reorganizó personalmente la institución, recuperó sus bienes, impulsó la aprobación de sus estatutos y logró que la biblioteca volviera a abrir sus puertas. Era la primera de sus grandes resurrecciones.
La recuperación parecía consolidada cuando una nueva tragedia golpeó a la institución. El 7 de julio de 1892 un incendio destruyó la totalidad de su patrimonio bibliográfico. Diversas versiones de la época sostuvieron que el siniestro pudo haber sido intencional y estar relacionado con el robo de documentos y ejemplares de gran valor histórico.
La pérdida fue devastadora. Sin embargo, una vez más la comunidad respondió. Apenas un año después, la biblioteca adquirió el inmueble ubicado en la esquina de Laprida y General Acha, donde estableció su sede definitiva y comenzó una nueva etapa de crecimiento.
La segunda mitad del siglo XX encontró a la Franklin embarcada en la construcción de un edificio especialmente diseñado para albergar una biblioteca. Tras años de esfuerzos y mudanzas, la institución inauguró parcialmente su nueva sede el 9 de julio de 1941.
Sin embargo, el 15 de enero de 1944 el terremoto que destruyó la ciudad de San Juan también derrumbó el flamante edificio. Como si eso no bastara, las intensas lluvias posteriores terminaron de arrasar con gran parte del patrimonio cultural recuperado durante décadas.
Pero la historia volvió a repetirse. Entre escombros, donaciones y trabajo comunitario, la biblioteca siguió funcionando. La reconstrucción de San Juan impulsada por el gobierno nacional incluyó a la Franklin, que logró recuperar su actividad y consolidar una nueva sede. Fue su tercera resurrección.
La década de 1950 presentó nuevos obstáculos. En 1954, debido a su política de apertura y a la realización de debates con representantes de diversas corrientes ideológicas, la institución fue intervenida y perdió su personería jurídica.
La medida fue revertida al año siguiente y la biblioteca recuperó su autonomía. Finalmente, el 10 de febrero de 1958 quedó habilitado el edificio actual, ubicado en Laprida 63 Este, con cuatro plantas y más de 2.300 metros cuadrados. Curiosamente, la construcción nunca fue inaugurada de manera oficial.
Desde entonces, la Franklin continuó ampliando su rol cultural, incorporando nuevas tecnologías, desarrollando actividades artísticas y educativas, y estableciendo vínculos con bibliotecas de distintas partes del mundo.
Un patrimonio vivo
A lo largo de su historia, la Biblioteca Franklin ha recibido numerosos reconocimientos. Entre ellos, una sesión especial de homenaje realizada por la Cámara de Diputados de San Juan en 1988, la declaración de Interés Parlamentario por el Congreso de la Nación en 2005 y el Premio ABGRA en 2007 por su aporte al acceso a la información y al desarrollo comunitario.
Entre sus tesoros documentales conserva, además, una carta de Sarmiento dirigida a Segundino Navarro, en la que insiste en preservar el nombre original de la institución.
Hoy, a 160 años de aquella asamblea fundacional de 1866, la Biblioteca Franklin sigue siendo mucho más que una biblioteca. Es un símbolo de la educación argentina, una pieza fundamental de la identidad sanjuanina y la prueba de que algunas ideas son capaces de sobrevivir al tiempo, al fuego y a los terremotos.
Para celebrar su larga vida y un nuevo aniversario, este miércoles, a las 18, se realizará una celebración especial en su histórico edificio.