La muerte de Carlos Caballero, el hombre de 69 años que falleció el martes pasado en el Hospital Marcial Quiroga -Rivadavia- tras haber ingresado con un delicado cuadro de salud, sigue generando conmoción. Luego de que trascendiera que vivía solo, que padecía ceguera y que había llegado al hospital en una situación de abandono, comenzaron a conocerse los testimonios de quienes fueron su principal red de contención durante los últimos años: sus vecinos.
En diálogo con Tiempo de San Juan, relataron cómo era el día a día de Carlos, las dificultades que enfrentaba para desenvolverse solo y los múltiples esfuerzos que realizaron para asistirlo, acompañarlo al médico y conseguir algún tipo de ayuda estatal.
Un hombre conocido por todos y apasionado por las fotos
Quienes vivían cerca de él aseguran que Carlos era una persona muy querida en la zona de Villa Posleman, en Rivadavia. Aunque con el paso del tiempo fue perdiendo autonomía a causa de la ceguera, mantenía una rutina que prácticamente todos conocían. Cada mañana salía hasta la vereda, se sentaba en un pequeño banco junto a sus perros y esperaba el paso de algún vecino.
"Lo que más le gustaba era que le sacaran una foto para subirla a sus estados y saludar a toda la gente", recordaron. Como ya no podía hacerlo por sus propios medios, pedía que alguien tomara la imagen con su teléfono y la publicara. Después, aguardaba durante horas para saber si alguien le había respondido.
Tenía dos celulares. Uno con teclado, desde donde llamaba de memoria a las personas más cercanas, y otro algo más moderno, que utilizaba exclusivamente para las fotografías y los estados de WhatsApp. Cada vez que un vecino pasaba, le pedía que revisara si había recibido algún mensaje o algún audio.
La ayuda cotidiana que intentó suplir la ausencia de una familia
Los vecinos aseguran que recién supieron que Carlos tenía hermanos cuando falleció. "Nunca nos dijo que tenía hermanos", explicaron. Durante años solo les había mencionado la existencia de una tía y un primo que vivían en Córdoba, además de una amiga en Buenos Aires.
Uno de los matrimonios de la zona terminó convirtiéndose prácticamente en su sostén cotidiano. El hombre lo llevaba a las consultas médicas, lo acompañaba cuando se desorientaba y trataba de ayudarlo a seguir correctamente los tratamientos.
Cuando comenzaron los problemas cardíacos, lo trasladó en varias oportunidades al centro de salud del barrio Aramburu, al Hospital Santa Clara y al Centro de Salud Barassi. Incluso llegó a comprarle un pastillero y le preparaba la medicación con distintas referencias táctiles para que pudiera identificar qué remedio debía tomar.
Sin embargo, los propios vecinos reconocen que la ayuda tenía un límite. "Nosotros trabajábamos. Le llevábamos comida, tratábamos de ayudarlo, pero necesitaba a alguien que estuviera permanentemente con él", explicaron.
Con el paso de los meses, Carlos dejó de cocinar, adelgazó considerablemente y comenzó a depender de viandas que muchas veces no podía pagar con su jubilación. Por ese motivo, varios vecinos empezaron a acercarle alimentos preparados para que pudiera alimentarse mejor.
Los pedidos de asistencia que, según los vecinos, no alcanzaron
La situación preocupaba desde hacía tiempo. Según relataron, intentaron gestionar la intervención de un asistente social porque consideraban que Carlos ya no podía vivir solo. Incluso plantearon la posibilidad de que fuera alojado en un hogar para adultos mayores.
Aseguran que un profesional llegó hasta la vivienda, pero la visita no prosperó porque el hombre no atendió la puerta. Después de consultar con personas de la zona, les informaron que, al contar con una vivienda propia, no se encontraba formalmente en situación de abandono.
"Ella necesitaba otro tipo de cuidado, un acompañante terapéutico, alguien que estuviera con él", resumieron.
También recordaron que la desorientación se había vuelto cada vez más frecuente. En ocasiones intentaba salir de madrugada creyendo que era de día y eran los propios vecinos quienes debían convencerlo de regresar a su casa.
El final, la aparición de familiares y el destino de su perro
Los vecinos contaron que la última vez que lo vieron fue poco antes de que fuera internado. Después de permanecer algunos días hospitalizado, recibieron la noticia de su fallecimiento.
Fue entonces cuando, aseguran, aparecieron por primera vez dos personas que se presentaron como sus hermanos, cuya existencia desconocían hasta ese momento. Según relataron, tras la muerte comenzaron a retirar algunas pertenencias de la vivienda, lo que generó una discusión con uno de los vecinos que había acompañado a Carlos durante tanto tiempo.
También hubo preocupación por el destino de su mascota. El hombre convivía con un perro ciego -después de que otro de sus animales muriera durante el verano por un golpe de calor- y, según contaron, tras el fallecimiento el animal quedó inicialmente en la calle hasta que finalmente una vecina decidió llevárselo para hacerse cargo de él.
La historia de Carlos Caballero volvió a poner sobre la mesa la realidad que atraviesan muchos adultos mayores que viven solos. Mientras la investigación judicial concluyó que no existió delito en su muerte, el relato de quienes lo acompañaron durante años muestra el costado más humano de una vida marcada por la soledad, la pérdida progresiva de autonomía y la solidaridad de un grupo de vecinos que intentó sostenerlo hasta el final.