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miércoles 1 de abril de 2026

Historias del Crimen

“Me mandé una cagada, golpee a mi esposa y creo que la mate…”

Con esas palabras, Jacinto Marinero se presentó en la Seccional 7ma de Pocito una noche de 2008. Se hizo el compungido y como que no sabía bien qué había pasado, siendo que acababa de asesinar a su esposa de una manera brutal mientras ella dormía. Fue otro terrible caso de femicidio. Por Walter Vilca.
Por Redacción Tiempo de San Juan

A más de 10 años de aquella noche, todavía no se sabe qué sorprendió más. Si su criminal alevosía o su hipocresía a la hora de reconocer lo que había hecho. Y porque se tomó el tiempo de llamar a su hermana, de caminar hasta la comisaría de Pocito y al momento de hablar con los policías dijo verdades a medias. Sus palabras fueron: “Me mandé una cagada, golpee a mi esposa y creo que la maté…”. Lo que no contó es que no fue algo inesperado, que la atacó consciente y muy seguro mientras ella dormía en su cama. Tampoco mencionó que la golpeó con una piedra de más de 6 kilos y que sabía, con certeza, que la mató porque hasta dejó recostada a la mujer y la cubrió con una colcha antes de ir a entregarse.

Terrible manera de poner fin a su relación de pareja, la de este chacarero llamado Jacinto Leopoldo Marinero. Un hombre cruel y desalmado que durante su matrimonio hizo padecer los constantes maltratos a su esposa Delia Noemí Bustamante (30), quien hasta el último día de su vida no pudo defenderse de él.

Pocos conocían lo que pasaba en la intimidad de esa pareja con dos hijos que residía en una casa de la calle 11, cerca de la Costa Canal, en las afueras de Villa Aberastain. Ella se había hecho guardiacárcel por necesidad, para ayudar en el sostén del hogar. Sus hijos eran pequeños y la obra social indispensable, sostenía ella. Por eso sentía que valía la pena el esfuerzo en esa difícil tarea de tratar con los presos, soportar las largas guardias y recargos que aparecían cuando menos esperaba. Era su trabajo, pero Jacinto Marinero no lo entendía así. Y si ya antes era celoso, peor estaba con la complicada ocupación de su señora, que en aquel entonces se desempeñaba en el sector de requisa del penal de Chimbas.

Un obsesivo

Hay al menos cinco penitenciarias que testimoniaron que Delia vivía preocupada por las escenas de celos y la violencia que ejercía su marido. Una de ellas relató que él estaba convencido que lo engañaba y hacía suposiciones sobre un amante que, en realidad, era imaginario. Su acoso llegaba al punto que la controlaba hasta los minutos que se demoraba. En ocasiones la esperaba afuera de la cárcel para cerciorarse de que estaba trabajando y su absurda terquedad era tal que no dejaba que se maquillara o perfumara.

Su hermana Julia Bustamante declaró que escuchó decir a Delia que estaba hastiada de los reproches sin justificativos de Jacinto Marinero, que no la dejaba salir sola y la vigilaba incluso cuando iba a visitar a su madre. Otro que contó el drama de la penitenciaria fue su padre, don Enrique Bustamante, que calificó a Marinero como un obsesivo y reconoció con pesar que su hija no quería separarse por los niños y que estaba dispuesta a renunciar a su trabajo con tal de no destruir su matrimonio, pero no lo hacía porque necesitaba el trabajo para tener un mejor porvenir para sus hijos. 

Entre los episodios de violencia protagonizado por Marinero, lo último que recordaban sus familiares era que éste le había hecho un escándalo a Delia en una fiesta de cumpleaños, sólo por bailar con un primo. Que después la llevó afuera y la golpeó. Seguramente Delia Bustamante aguantó muchas más cosas como estas y las calló.

Así, la convivencia de la joven pareja parecía no tener retorno. Delia estaba atrapada en esa perversa y violenta relación o posiblemente creía que algún día su marido iba a cambiar. Mientras tanto, Jacinto Marinero alimentaba su odio y persistía en aferrarse en esa alocada idea de que la culpa de sus males era su esposa.

La mujer contó alguna vez a una de sus amigas que para desquitarse de ella, su marido golpeaba a los chicos. Que en otra ocasión que insinuó el tema de la separación, él directamente la amenazó con matar a toda la familia.

Puede que la noche del domingo 25 de mayo de 2008, la pareja haya discutido. Su hermana -que era vecina- contó que un rato antes se encontró con Delia, que llegaba del trabajo, y que ésta le dijo que estaba cansada, que se iba a bañar y a dormir. Fue el último contacto con ella. 

Lo que sucedió luego, fue terrorífico. Por supuesto, Delia jamás sospechó que esa noche se iría a descansar y que en el medio se desataría una pesadilla de la cual no despertaría nunca más.

Los chicos dormían en su habitación. Ella permanecía acostada en la cama matrimonial, cuando Jacinto Marinero caminó en silencio rumbo al patio y levantó con sus manos esa piedra de 6,300 kilos con la que solían trabar la puerta de la cocina para dejarla abierta. La cargó y, como un delincuente, cruzó sigilosamente toda la casa hasta la habitación principal. No pensó un solo segundo que sus hijos estaban en otro sector de la casa. Y en esos instantes en que Delia dormía mansamente, él levantó la pesada piedra y con una saña tremenda se la lanzó con furia sobre su cabeza. Fue un solo golpe traicionero, certero y mortal. Tanto que ella no pudo ni moverse y quedó tendida sobre la misma cama dando sus últimos respiros.

Con mucha frialdad, Marinero volvió a levantar esa piedra y salió hacia el fondo para arrojarla en el chiquero. Quería borrar las huellas. Posteriormente regresó a la habitación y, pensando quizás que realizaba un acto de humanidad, cubrió el cuerpo ensangrentado de su esposa con una colcha. Poco le importaron sus hijos, a los que dejó que siguieran durmiendo mientras su mamá yacía muerta en el dormitorio contiguo.

Ya pasaban los primeros minutos del lunes 26 de mayo. Él atinó a tomar su celular y llamar a su hermana Silvia Marinero. En esa charla, le confesó que había matado a Delia y que planeaba entregarse a la Policía. También le pidió que cuidara a sus hijos y a su madre. Ella cortó y salió urgente a buscarlo.

Jacinto Marinero atravesó la puerta de calle y enfiló a pie en dirección al centro de Pocito. Al rato, cuando Silvia Marinero llegó en remis a la plaza de Villa Aberastain, vio que éste se acercaba caminando a la Seccional 7ma. Entraron juntos a la comisaría. Él entonces dijo a los uniformados de la guardia: “me mandé una cagada, golpee a mi esposa y creo que la maté…”

Los policías le pidieron más datos, pero Marinero no dio precisiones. Dos uniformados fueron rápido a la casa de la calle 11 y, al entrar, se toparon con un cuadro macabro. Encontraron a Delia Bustamante en la cama en medio baño de sangre. Las manchas rojas se veían hasta en las cortinas. La mujer tenía hundimiento de cráneo.

Lo único que pudieron hacer los policías fue salir y buscar a la hermana de la víctima para contarle lo ocurrido. Ante la situación, le ordenaron que con mucha discreción sacara a los niños de la vivienda para que no vieran la terrible escena. Al otro día, hallaron la piedra utilizada en el crimen en el corral de los chanchos.

Jacinto Marinero, que quedó preso esa madrugada, no fue capaz de reconocer su crimen durante un largo tiempo. Con el asesoramiento de su abogado, el ahora juez Pablo Flores, procuró de todas las formas hacer creer que no recordaba nada. Aun así no se privó de cargar las culpas contra su mujer, quien no podía defenderse. En su declaración indagatoria contó que se llevaba muy bien con Delia y que no había problemas en la pareja, pero remarcó que esa tarde del 25 de Mayo ella llegó del trabajo muy “rara”. Que cuando se fueron a acostar, la mujer le digo que no lo “soportaba” y le daba “asco”. 

Intentando armar una cobarde justificación, alegó que él salió compungido al patio a fumar, que Delia fue por detrás y lo provocó diciendo: “no te das cuenta que tengo otro macho…” Agregó que él lloraba y que ella se agachó, que fue ahí que tomó “algo” –no explicó qué- y se lo tiró. Buscando cerrar esa burda coartada, continuó relatando que vio que su mujer se desplomaba, por lo que rápido de reflejos la tomó en sus brazos, la llevó a la cama y trató de auxiliarla. Y que como no logró reanimarla, salió corriendo rumbo a la comisaría y en el camino llamó a su hermana.

Ni él pudo sostener esa mentira, menos su abogado defensor. Llegado el juicio en abril de 2010, Jacinto Leopoldo Marinero entendió que tenía asegurada la condena y no le quedó otra salida que proponer un juicio abreviado. En el acuerdo con la fiscal de cámara Alicia Esquivel, reconoció a secas el brutal asesinato de la madre de sus hijos. Los jueces Juan Carlos Peluc Noguera, Félix Herrero Martín y Ernesto Kerman ratificaron el acuerdo y la condena de prisión perpetua contra él por el delito de homicidio doblemente agravado, por el vínculo y la alevosía. Hoy, el femicida tiene 40 años y continúa preso en el penal de Chimbas.
 

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