Siempre hay un vuelto, una traición o una venganza. Un despechado o un entregador que se apura por hablar y “buchonea”. Y algo de esto existió allá a fines de octubre de 2012 con un misterioso llamado telefónico a la Policía que increíblemente aportó un dato clave para una investigación que duró cinco meses y permitió el secuestro del mayor cargamento de droga en San Juan, con el hallazgo de cerca de 86 kilos, entre marihuana y cocaína. Lo sorprendente de la historia es que desbarataron a parte de una banda de narcos mendocinos, pero también cayeron presos cuatro baqueanos calingastinos que hacían de su oficio de campo una suerte de mini empresa bien rentable que transportaba periódicamente bultos con droga a lomo de mula a través de la cordillera con destino a Chile.
Los baqueanos de la droga
La maquinaria utilizada por esta organización no era muy sofisticada, pero tenía la logística suficiente para traficar marihuana y cocaína por las complicadas huellas de la cordillera a la altura de Calingasta. Es una incógnita desde cuándo lo hacían, pero la pista surgió el 27 de octubre de 2012 a raíz del llamado anónimo de una persona que alertaba que un tal “Matuaco”, que luego se supo era el baqueano Héctor Eduardo Castillo, recibía cargamentos con droga en su casa de Calingasta y los transportaba hacia Chile.
El 19 de noviembre de ese año, la Policía con el aval de Juzgado Federal abrió formalmente la investigación con la intervención de las comunicaciones telefónicas entre este sujeto, su padre y otras personas, entre ellas un tal “Hilario” de Chile. Las escuchas llevaron su tiempo, pero no tardaron en surgir indicios por los diálogos entre los sospechosos. El 1 de diciembre interceptaron una comunicación en la que decían: “la mosca viene para aquí”. Descifrando ésta y otras charlas, los investigadores descubrieron que hablaban del traslado de 135 kilos de droga. La Policía no pudo intervenir en la transacción en esos momentos por falta de datos precisos, pero a partir de las posteriores escuchas establecieron que el viaje a través de la cordillera y la entrega se había concretado entre los días 8 y 15 de diciembre y que, como suele suceder entre delincuentes, habían “perdido” o “mejicaneado” 30 kilos del cargamento. Alguien que recibió la droga del otro lado le reclamo al responsable de los baqueanos: “hay faltante de comida…Treinta personas se quedaron sin comer”.
Lo que puso al descubierto la investigación era que, en realidad, Roberto Feliciano Castillo -el padre de Héctor Castillo-, se encargaba de conseguir los cargamentos de droga que le entregaban un sujeto llamado Fabián y “La Tía” de Mendoza y organizaba los viajes con ayuda de su hijo, un tal Bruno y “Panchito” Tello para transportar la mercancía. Todo a cambio de una interesante suma de dinero.
Con los días, los investigadores policiales supieron que el negocio de los Castillo era por de más próspero. A principio de enero de 2013 prepararon otro viaje en mula con “cajones de tomates”, según las escuchas. Y la travesía se hizo entre el 17 y 21 de enero. Supuestamente traficaron 512 paquetes de droga, 6 de los cuales “se cayeron” al río.
La repartija de dinero por dicho trabajo era buena. Hablaban de pagos de 80.000 pesos para “Hilario” –el baqueano chileno-, de 50.000 para un tal Bruno y 30.000 para Héctor “Matuaco”, Castillo, además de lo que seguramente se quedaba Roberto Castillo, según se desprende de la causa.
Parece que la veían tan fácil, que no terminaron de cobrar por ese trabajo que ya estaban planeando otro para fines de enero con “300 cajones de tomates más”, de acuerdo a la investigación. En medio de esas negociaciones, los baqueanos sospecharon que los estaban siguiendo o vigilando, de modo que decidieron cambiar de ruta y de proveedor de droga. Planteaban llevar 150 kilos, a un costo de 2.000 pesos por cada kilo. Es decir que esperaban recaudar 300.000 pesos que repartirían entre los baqueanos de Calingasta y los otros del lado chileno por esa nueva expedición.
La mala racha
Al final frenaron ese viaje por un incidente inesperado. Roberto Castillo aparentemente ya estaba marcado por otros narcos con los que mantenía cierta rivalidad. Y es que, según revelaron las escuchas, el 2 de febrero de 2013, unos sujetos atacaron a golpes a Castillo padre en su casa, revisaron su casa y se llevaron algo de plata. En ese momento especulaban que buscaban droga. En las charlas mencionaban a uno de los “Pastelitos Sosa” y a un sujeto apodado el “Hijo del Negro”, como los agresores.
Esto último igual no amedrentó a los Castillo que continuaron manteniendo contactos telefónicos con “La Tía” y Fabián para organizar otra travesía por la cordillera. Lo que evidenciaban esas comunicaciones era que había disputas y traiciones entre los mismos narcos que proveían la droga y que aparecían más nombres, como los “El Gordo”, Cristian y “El Boliviano”.
Roberto “El Abuelo” Castillo dejaba en claro a todos que “su trabajo no era comprar ni vender”, que sólo era el encargado de pasar la droga por la cordillera y que no viajaba por menos de 100 kilos porque, caso contrario, no le convenía a la hora de repartir la paga.
Las negociaciones se fueron alargando hasta que, el 8 de marzo, “La Tía” contactó al viejo Castillo y le encargó un nuevo trabajo, en tanto que le aclaró que había roto la sociedad con “Fabián”, “Cristian” y “Miguel”. Paralelamente, Castillo llamó al tal “Fabián” para avisar que iba a viajar próximamente y le ofreció sus servicios para llevar alguna carga por si los requería.
“La Tía” le propuso que llevara “100 cajas”. Castillo en principio no aceptó, pero a posteriori terminó por cerrar el trato. “Fabián” no dio señales, de modo que el calingastino prosiguió con su plan para llevar el cargamento de la mujer, que supuestamente llegaría a Calingasta el 4 de abril. Pasado unos días, la narcotraficante subió la apuesta y prometió una carga de “200 pares, entre pantalones y camisas”. Al acercarse la fecha, finalmente “La Tía” comunicó a Héctor Castillo, y no al padre de éste, que la carga sería de “100 pantalones”.
Entre ellos mismos no tenían ningún código. Por ejemplo, en este caso Héctor Castillo aprovechó esa comunicación y le dijo a la mujer que su papá no tomaría el trabajo por esa cantidad, pero sí lo haría él. Es decir, dejó afuera del negocio a su padre y tomó el viaje para hacerlo solo con ayuda del baqueano “Panchito” Tello. Así se pactó otro nuevo traslado. La operación era sencilla. Los calingastinos esperarían la carga procedente de Mendoza y luego partirían a Chile.
El último viaje
Las escuchas eran reveladores. Los investigadores policiales presentían que ahora sí tenían algunos datos certeros y podían atrapar a la banda. Y lo supieron la noche del viernes 5 de abril, cuando oyeron que Silvia “La Tía” Berlanga y otras tres personas estaban partiendo desde Mendoza hacia San Juan. En esos instantes los policías se pusieron en alerta y con orden del juez federal Leopoldo Rago Gallo esa misma noche organizaron un rápido operativo para salir rumbo a Calingasta.
Los policías de civil se ocultaron a un costado de la ruta 149, a la altura del llamado Campamento 127, a 10 kilómetros de la villa cabecera de ese departamento. Era cuestión de esperar. Y lo que tanto aguardaban se dio a las 4.20 de la madrugada del sábado 6 de abril. Los investigadores salieron al cruce de un camión Mercedes Benz 1634 y un auto Renault Break y dieron el golpe jamás imaginado. Los bultos estaban casi a la vista dentro de ese coche, en el que viajaban Silvia Berlanga (53) y Rubén Alfredo Serra (56). En los asientos y en el baúl, envueltos con cintas y plásticos, encontraron un total de 88 paquetes. La prueba química de las sustancias y el pesaje permitió determinar que había 70,672 kilos de marihuana y 15, 921 kilos de cocaína.
En el camión, en el que se trasladaban Gerardo Antonio Álvarez (61) y María Eugenia Espinoza Jara (57), no encontraron nada. La presunción es que esta pareja iba abriendo paso con el vehículo de gran porte como pantalla y se encarga de alertar a los ocupantes del Renault de cualquier imprevisto. De hecho, Álvarez llevaba consigo 3 celulares y la mujer otros dos teléfonos móviles.
En los días siguientes, los investigadores allanaron el domicilio de Roberto Feliciano Castillo (79) en la ruta 149, en la localidad calingastina de Cerro negro, y lo apresaron. Francisco Miguel Tello (27) fue detenido en la localidad de La Isla y Bruno Alberto Álvarez (66) en la localidad de Cambacha. Héctor Eduardo Castillo (47) desapareció y permaneció prófugo hasta que se entregó en tribunales el 4 de julio de 2013. Así, finalmente caía toda la banda de los baqueanos.
Seguramente hay secretos en toda esta trama que nunca se conocerán y mucha gente involucrada que no cayó presa, pero por primera vez la Policía local dio un golpe tan importante en la lucha contra narcotráfico y llevó al banquillo de los acusados a la banda oriunda de Mendoza y el grupo de baqueanos de Calingasta.
Entre fines de octubre y principio de noviembre de 2015, los mendocinos Rubén Serra, Silvia Berlanga y Antonio Álvarez, la chilena María Espinoza Jara y los baqueanos calingastinos Roberto y Héctor Castillo, Bruno Álvarez y Francisco Tello fueron a juicio en los tribunales federales de calle Mitre. A decir verdad, la sacaron barata. Todos ellos acordaron ir a juicio abreviado y obtuvieron condenas que, para el común de la gente, podrían resultar leves. El tribunal cambió la calificación del delito del que se los acusaba inicialmente, pasando de la tenencia de estupefacientes con fines de comercialización a contrabando de estupefacientes, en grado de tentativa. Así fue que los tres mendocinos y la chilena recibieron penas de 5 años y 10 meses de prisión. Los Castillos y Bruno Álvarez fueron castigados con 5 años de cárcel. Tello fue el más beneficiado, dado que consideraron que tuvo una participación secundaria y en razón de ello le dieron 3 años de cárcel.