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viernes 3 de abril de 2026

Historias del crimen

Sigalat, el cruento asesino y gran simulador

Ángel Eduardo Sigalat será recordado por el brutal asesinato de su mujer Lucía Arancibia, ocurrido en 2010, pero además por su denodado esfuerzo por intentar ocultar el crimen y desviar la investigación, algo que por su propia torpeza no consiguió. Por Walter Vilca
Por Redacción Tiempo de San Juan

"Negro te dejo los niños, cuidalos mucho, algún día volveré, tenías razón que tenía un amante el que me acepta sin los niños, cuidalos mucho, los KM".  Ese era el mensaje que recibió Ángel Sigalat supuestamente de parte de su mujer, quien le confesaba su infidelidad y le comunicaba que abandonaba el hogar de forma intempestiva. Una suerte de despedida que no fue tal y que resultó ser una coartada del propio hombre. Una de las tantas mentiras que inventó en esa gran e increíble puesta en escena para encubrir uno de los más cruentos asesinatos: el de Lucía Arancibia, una trabajadora y madre de tres chicos que fue masacrada a golpes por Sigalat en el dormitorio de su casa, en septiembre de 2010.

No deja de sorprender la capacidad de imaginación que tuvo este sujeto - que hoy tiene 52 años- demostrando su despiadado accionar, su acting de víctima y su faceta de gran simulador en toda esta historia que empezó mucho antes de esa trágica noche.

Ángel Eduardo Sigalat llevaba viviendo algo de quince años con Lucía del Carmen Arancibia en una casa de calle Urquiza, en Santa Lucía. Pero no era una pareja feliz. En qué momento se deterioró la relación, nadie lo sabe, pero estaba dicho que aquello iba a terminar.

Él últimamente estaba desocupado y Lucía se había convertido en el sostén de la casa, trabajando como contratada en el municipio y vendiendo cosméticos en las horas libres que le quedaban después de atender a sus tres hijos y su hogar. Pero ni siquiera era el problema económico. Sigalat estaba insoportable, se sentía inútil y andaba muy obsesionado con la idea de que la mujer lo engañaba, con el agregado de que su lado violento ya no tenía freno. Los familiares de Lucía contaron que varias veces la vieron con moretones y hasta desfigurada. El hombre, que se mostraba de bajo perfil y serio, era de temer: a su anterior esposa casi la asesina intentando ahogarla en un canal. Con Lucía también era posesivo, la seguía por todos lados, incluso cuando iba a misa, y le hacía escenas de celos.

Así llegó la madrugada del 19 de septiembre de 2010, la fatídica noche en que Sigalat sacó su costado más perverso. Ni siquiera se sabe si discutieron, quizás él ya lo tenía pensado. Es más, había conseguido que su hija mayor pasara la noche en casa de sus tíos y esperó que los dos más chicos se durmieran para ejecutar su siniestro plan.

Brutal asesinato

Lucía y Ángel Sigalat se encontraban solos en su habitación, con la puerta cerrada. Si hubo pelea o un entredicho, quedará en la nebulosa, lo que se puede decir con certeza –de acuerdo al informe forense- es que la mujer  estaba sentada o parada al lado de la cama cuando él la atacó a traición por la espalda. El muy cobarde agarró un caño metálico de más de 50 centímetros, por 4 de diámetro, y la golpeó una y otra vez en la cabeza. Aparentemente, ella apenas intentó defenderse poniendo una de sus manos. Esto quedó demostrado por la fractura en una de sus muñecas. La golpiza fue brutal, y también mortal. Un verdadero baño de sangre. Fue alevoso y con mucho ensañamiento para un hombre corpulento y de 1,85 metro de altura, contra una mujer de 55 kilos y de 1,55 de estatura. Los médicos forenses contabilizaron 18 lesiones, la mayoría en el cráneo y el rostro.

Consumado el asesinato, dio comienzo la trama para tapar todo. Con total frialdad, el homicida se puso unos guantes, envolvió el cadáver de su mujer con las sábanas y lo metió en una bolsa grande de residuos junto a una almohada manchada con sangre. Subió el cuerpo a un carro, el cual enganchó a la moto Juki 50cc y de ahí salió de la casa con intenciones de deshacerse de la prueba del delito. Minutos más tarde arrojó la bolsa con el cadáver dentro de un zanjón al costado de la Avenida Benavidez, a unos 300 metros al Este de calle Balcarce. Luego se trasladó hasta un canal de riego situado en los callejones Jáchal y San Juan y tiró la moto Juki al cauce.

Sigalat regresó a pie, empujando el carro. Una vez que llegó a su casa, intentó borrar todo vestigio de sangre en la cama y lavó el piso del dormitorio y en otras partes de la casa. Una vecina testificó que lo vio baldeando a hora muy temprana ese día domingo.

En su afán por cubrirse, hizo algunos llamados desde el celular de Lucía como para hacer creer que ella estaba usando el aparato. De la misma manera, durante la mañana envió mensajes de textos de dicho móvil. Uno de esos mensajes fue el que mandó a su mismo celular: "Negro te dejo los niños, cuidalos mucho, algún día volveré, tenías razón que tenía un amante el que me acepta sin los niños, cuidalos mucho, los KM…” Algo parecido le escribió a la madre de Lucía.

Eso tenía una clara intención, la de instalar la versión de que la mujer había abandonado la casa para irse con un nuevo amor. El propio Sigalat le fue con ese cuento a su hermano tratando de victimizarse. A sus hijos, les dijo que su mamá había salido y que se había llevado las sábanas, una almohada y su ciclomotor.

La familia de Lucía intentó comunicarse con el celular de ésta durante toda la mañana, pero no tuvieron contestación. Una hermana y un primo fueron a buscarla a su casa para invitarla a un asado y Sigalat los atendió de forma esquiva, de hecho no supo responderle dónde estaba la mujer. Con absoluta despreocupación, les comentó que no sabía dónde andaba. Eso generó intrigas entre sus parientes, que entraron a preocuparse porque sabían que el hombre era violento. Él igual ni se inquietaba, andaba tranquilo y ni se ocupó de buscarla, siendo que otras veces estaba pendiente y obsesionado en qué hacía su mujer.

La burda coartada

Al notar que la familia de Lucía empezaba a hacer muchas preguntas, esa tarde Sigalat concurrió en compañía de su hermano a la Seccional 29na y radicó una denuncia por la desaparición de su mujer. En su declaración dio a entender que ella había abandonado la casa por propia voluntad.

Lo que no imaginaba era que, para ese entonces, la Policía ya había encontrado la moto arrojada en el canal y que él daba por extraviada en la denuncia. Fue así que en esos momentos en que el hombre se encontraba en la comisaría, los uniformados lo llevaron al patio y le mostraron el rodado hallado para ver si lo reconocía. Él respondió que no, pues negó que esa moto fuese la que manejaba su mujer. Sin embargo, minutos antes los policías habían hecho lo mismo con su hermano y éste le contestó que sí, que dicha rodado pertenecía a su cuñada. Sigalat supo de esto después, cuando habló con su hermano.

Esto último dejó descolocado al homicida, que salió preocupado de la comisaría porque presintió que su coartada podía desmoronarse. Entonces hizo otra de sus actuaciones. Cuando llegó a su casa, mandó un mensaje a su hermano insinuándole que iba a quitarse la vida y se colgó del cuello con un alambre. Su hermano llegó a auxiliarlo y, aunque fue trasladado al hospital, no le pasó nada.

A todo eso, los policías ataban cabos y comenzaban a surgir sospechas de que no estaban frente a un abandono de hogar o un simple caso de una persona extraviada. El hallazgo de la moto de la mujer dentro del canal era un fuerte indicio de que algo no andaba bien, encima las versiones contradictorias del marido lo ponían en aprietos.

Ese domingo ordenaron detener a Sigalat, que permanecía internado tras su fallido suicidio. Al otro día, es decir el lunes 20 septiembre, dieron aviso de la aparición de un cadáver en un zanjón de avenida Benavidez. Era el cuerpo masacrado de Lucía Arancibia.

Al rato, los investigadores allanaron la vivienda que compartían la víctima y Sigalat. Pese a que el hombre había intentado limpiar la escena del crimen, los peritos encontraron manchas de sangre en la cama, en el piso y hasta en las paredes. A posteriori secuestraron prendas de vestir del sujeto, que también tenían restos de sangre. Todo condujo a Sigalat, como único responsable de tremendo crimen.

En el banquillo

El cinismo de Ángel Eduardo Sigalat llegó al extremo que continuó mintiendo inclusive durante el juicio, en octubre de 2012. Así como lo hizo en las declaraciones anteriores, en el debate procuró siempre ponerse en el  papel de víctima haciendo ver a Lucía como una mujer infiel y a veces violenta con él, a la vez que negó rotundamente haber asesinado a la mujer y aseguró no acordarse qué hizo el 19 de septiembre de 2010. El “no recuerdo” fue casi una muletilla para él durante el juicio, con tal de esquivar las preguntas del fiscal y los jueces. Su abogado defensor, el ahora juez de Flagrancia Ricardo Moine, buscó de distintas formas inclinar la balanza para presentar a Sigalat como un pobre hombre que era maltratado y engañado por su mujer. En otra palabras, la típica estrategia de atacar a la víctima.

En ese sentido, apuntó a descalificar los testimonios y las pruebas en contra del único acusado. Moine sostuvo que no existía certeza de su culpabilidad. Y si en caso fuese así, Sigalat actuó en un  estado de inconciencia que no le permitió medir la criminalidad de sus actos, aseguró. En esa línea, pidió lisa y llanamente su absolución.

El tribunal de la Sala III compuesto por los jueces Eugenio Barbera, Héctor Fili y Ricardo Conte Grand opinó todo lo contrario y dio crédito a los argumentos del fiscal José Eduardo Mallea. Es que éste enumeró y fundamentó una a una las incontrastables pruebas contra el acusado, además puso de relieve todo su accionar para encubrir el asesinato y su puesta en escena para mentir y mentir.

El fiscal Mallea, al igual que el abogado querellante, pidió al tribunal una condena para Sigalat de 24 años de cárcel, entendiendo que fue otro caso brutal de violencia de género. La opinión del juez Eugenio Barbera fue algo dispar. “Considero como atenuante la calidad de primario del encausado y como causales agravantes encuentro la relación de concubinato que lo unía con la víctima; el medio empleado para lograr su cometido y el daño causado a los hijos de la damnificada”, sostuvo el magistrado, para luego expresar: “Debo admitir que me resulta sorprendente e inadecuada la pena requerida por el Fiscal de Cámara -24 años de prisión- porque no advierto razón alguna para llevar el quantum casi al límite máximo previsto por la ley.” Esa misma opinión fue compartida por sus pares y en un fallo, con sabor a poco por tan espeluznante asesinato, resolvieron condenar a Ángel Eduardo Sigalat a la pena de 15 años de prisión.

 

 

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