“Cada momento que uno vive hay que agradecerlo a Dios, a la vida, a la familia y a los amigos; somos personas comunes que hemos sabido aprovechar cada instante”, dice él. “Al espíritu hay que alimentarlo, ponerle un poco de sol, sobre todo en esta época tan dura; por eso nosotros no nos quedamos quietos”, agrega ella.
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Bety, Juan y su secreto de la juventud eterna en Villa Krause
Se conocieron en una escuela de Buenos Aires, pero eligieron las tierras sanjuaninas para sellar un compromiso que hoy los encuentra subiendo cerros y bailando entre jóvenes. Son el alma de toda fiesta.
En el corazón de la Unión Vecinal de Villa Krause, el Ballet Nuevo Arte despliega su estampa bajo las luces de la peña. Entre adolescentes y jóvenes, dos figuras se mueven con una agilidad que parece reírse de las leyes del tiempo. Son Bety Menzo y Juan Peralta, quienes saltan y giran en un gato o una cueca cuyana con la energía de quien recién comienza a vivir. Él tiene 81 años y ella está por cumplir los 78, pero en la pista se miran con un cariño absoluto, ajenos al ruido externo, danzando con la misma pasión que si tuvieran 20 años mientras los pibes los rodean con admiración y alegría. Aunque él nació en Lincoln, Buenos Aires, y ella pasó gran parte de su vida en la gran urbe, hoy son sanjuaninos por adopción, llevando la hospitalidad y la tonada en el corazón como si siempre hubieran pertenecido a estos valles.
El destino en un giro de chacarera
La historia de este amor no comenzó entre las montañas, sino en el ritmo frenético de Buenos Aires. Bety, nacida en Trinidad, se había marchado a la Capital Federal a los 15 años por cuestiones laborales de su padre camionero, trabajando allí en el comercio tras recibirse de docente. Por su parte, Juan era un empleado bancario que vivía en la ciudad desde su niñez. Fue en agosto de 1997, en los talleres de la escuela Vera Peñaloza de Villa Crespo, donde el destino decidió cruzar sus caminos.
Juan recuerda aquel día con nitidez: “Yo fui a folklore para reemplazar a un tercero y aprender la sajuriana (esa danza tradicional de pareja suelta y carácter cortesano que alterna partes lentas con movimientos de vals) para una fiesta de San Martín; cuando entré a la escuela, la vi a Bety y entró luminosa como un sol, y desde ese momento tuvimos un punto en común, que Dios nos puso en ese lugar”. Bety, impulsada por un consejo de su hijo que la instó a buscarse un novio tras enviudar, llevaba ya unos años bailando, y recuerda con ternura que “bailábamos una chacarera, él por un lado y yo por el otro, dimos un giro, nos miramos y desde entonces estamos enamorados y juntos”.
A pesar de haber formado sus vidas en Buenos Aires, el deseo de regresar a la tierra de su infancia siempre estuvo latente en Bety, quien estuvo 41 años fuera pero nunca se resignó a no volver. Al jubilarse, hace ya 21 años, Juan no dudó en acompañarla para radicarse definitivamente en San Juan, trayendo consigo un bagaje lleno de esperanzas.
Juan, acostumbrado al frío de la gran ciudad donde “uno compra y nada más”, se enamoró rápidamente de la calidez local: “Acá uno nota el gran afecto y está obligado moralmente a ser una buena persona para devolver esa alegría y atención; hasta aprendí a respetar la siesta, que es algo sagrado aquí”. El compromiso de la pareja se selló legalmente el 15 de diciembre de 2006, cuando se casaron en su nuevo hogar, rodeados por la calma del Barrio San Ricardo en Rawson, donde viven desde que llegaron.
El movimiento como motor del alma
Para Bety y Juan, la jubilación no fue el fin de la actividad, sino el comienzo de una rutina que envidiaría cualquier deportista. Sus días son un desfile de disciplinas: hacen kinfilaxia, que combina yoga, pilates y cardio, y no perdonan las caminatas semanales de trekking. Juan, que es hipertenso, asegura que gracias a este estilo de vida y al control médico, su salud es excelente: “El folklore para el adulto mayor obliga a pensar, a memorizar coreografías y a girar en ritmo; nosotros invitamos a todos a bailar porque mientras uno se mueva, nuestra mente y nuestras piernas caminan”, dice. No se limitan a las peñas; suben regularmente el Cerro Tres Marías, alcanzando los 1.061 metros de altura, y han recorrido gran parte de la geografía sanjuanina, desde el Cerro Turquesa hasta el Ischigualasto, siempre guiados por el espíritu de superación.
La vida de esta pareja es un pura resiliencia y esperanza que se siente en cada gesto que comparten con los más jóvenes. Bety, con una chispa en los ojos que parece no apagarse nunca, deja un mensaje para quienes sienten que el tiempo se les escapa: “La vida continúa y no hay que darse por vencidos; si uno sigue con alegría, el peso de la carga es mucho menor, y lo más hermoso es seguir haciendo cosas con el amor de tu vida al lado”. Mientras ella habla, Juan la mira embelesado, con la misma luz en los ojos que tuvo aquel martes de agosto en un salón de Villa Crespo, como si el tiempo se hubiera detenido justo en aquel primer bailecito que los unió para siempre.