Hay lugares que tienen la capacidad de detener el tiempo. Barreal es uno de ellos.
El silencio de la cordillera, el perfume inconfundible de la jarilla y el sol tibio del invierno crean un escenario donde todo parece invitar a bajar el ritmo. Fue allí, en el patio de su casa, donde conocí a Silvia Yanina Suárez, una artesana que lleva más de tres décadas dedicando su vida al telar.
Mientras compartíamos unos mates, ella sostenía entre sus manos un vellón de lana recién esquilada. Antes de hablar de tejidos, comenzó hablando de su familia. De su mamá, que le enseñó a tejer con dos agujas y crochet cuando era apenas una niña. De sus dos abuelas, que también tejían. De su tía Arminda, una de las grandes referentes del telar en Barreal. Entendí entonces que, mucho antes de aprender un oficio, Silvia había heredado una forma de mirar la vida.
"Yo creo que con el hilo estoy desde siempre", me dijo con una sonrisa. Y esa frase resume toda una historia.
Vivimos acostumbrados a comprar una prenda terminada sin preguntarnos de dónde viene. En el mundo artesanal ocurre exactamente lo contrario. Cada pieza tiene un origen, un recorrido y una enorme cantidad de horas invisibles.
En la casa de Silvia, el trabajo comienza mucho antes del telar. Empieza con el cuidado de las ovejas. Continúa con la esquila que realiza su marido, el escarmenado —ese paciente trabajo de limpiar la lana retirando hojas, espinas e impurezas—, el hilado y, recién entonces, el tejido.
Mientras ella me mostraba cada etapa, comprendí por qué muchas veces resulta tan difícil explicar el verdadero valor de una artesanía.
No se vende solamente una manta, una cartera o una tapadora.
Se vende tiempo. Se vende experiencia. Se vende una historia familiar que sigue viva generación tras generación. Silvia me contó que durante años muchas personas preguntaban por qué una pieza artesanal tenía determinado precio. Por eso hoy, junto a la profesora de arte Silvina Vásquez, reciben visitantes para mostrar todo el proceso. Quieren que quien llegue a Barreal pueda vivir la experiencia completa y entender que detrás de cada obra existe un trabajo que no puede acelerarse.
Hubo una respuesta que me quedó dando vueltas durante todo el viaje de regreso. Una visitante le preguntó cuánto tiempo llevaba hacer una pieza. Antes de responder, otra persona intervino con una frase brillante: "Treinta y dos años y una semana". Y tenía razón. Porque un tejido no tarda solamente las semanas que demanda terminarlo. Lleva treinta y dos años de aprendizaje, de errores, de observación, de paciencia y de amor por un oficio que nunca deja de enseñar. Silvia también lo resume de una manera simple: "En el telar nunca terminás de aprender".
Como asesor de imagen suelo escribir sobre tendencias, colores y las prendas que llegan cada temporada. Pero recorrer San Juan también me recuerda que la moda empieza mucho antes de las pasarelas.
Empieza en las manos de quienes todavía transforman la materia prima en una pieza única.Empieza en quienes tiñen la lana con jarilla, quintral o cáscaras de cebolla, utilizando los recursos que ofrece nuestra tierra.
Empieza en quienes siguen creyendo que el trabajo artesanal merece ser respetado. Antes de despedirme le pregunté qué significaba para ella cada una de sus obras. No habló de ventas, ni de clientes, ni de negocios.
Simplemente respondió: "Cada tejido es un sueño". Y mientras observaba los telares apoyados en aquel patio, entendí que esa definición también hablaba de ella. Porque Silvia no solamente teje ponchos, mantas o carteras. Teje recuerdos. Teje identidad. Teje la memoria de un pueblo que se niega a perder sus raíces. Quizá por eso, la próxima vez que nos crucemos con un artesano en una feria o recorramos alguno de los rincones de nuestra provincia, la mejor pregunta no sea cuánto cuesta una pieza.
Tal vez la pregunta correcta sea cuánta historia guarda entre sus hilos. Porque hay trabajos que no pueden medirse en dinero. Hay trabajos que, como los de Silvia, sólo pueden medirse con el tiempo, la paciencia y el corazón.