Doble violación

Caso El Pinar: “Yo te avisé” - Por Omar Garade

En febrero de 1989 dos jóvenes de Buenos Aires fueron emboscadas por doce sanjuaninos en el camping de Rivadavia. Nueve de ellos las violaron y solo algunos recibieron algún tipo de castigo por lo que sucedió. Este hecho en particular fue el primero de la época democrática, de una serie de crímenes en San Juan en los que predominó la impunidad.
viernes, 16 de diciembre de 2011 · 19:51

La primera línea de la canción de los Fabulosos Cadillacs dice: “Yo te avisé, y vos no me escuchaste”. Pareciera que esa frase representa lo que fue el caso de doble violación en el camping  El Pinar en 1989 para la sociedad sanjuanina.

Fue tan solo un aviso de la cadena de crímenes que se cometieron en esta tierra y de los  que nunca se encontrarían culpables, o peor aún,  que se escabullirían de la justicia por la ineficiencia tanto de los oficiales de ese Poder, como de los miembros de la policía local.

Lo dramático de la situación, es que como dice la canción, “vos no me escuchaste”. Desde esos días de febrero de hace 22 años atrás, pareciera que nadie hubiera escuchado este grito de pedido de justicia para las víctimas, que hasta el día de hoy se escuchan entre las familias Pacheco,  Verdú, Roldán, Martínez, Salas, entre otras.

Y si hay que ser sinceros, no tan solo la justicia y la policía tuvieron que ver con el resultado de este  caso. También tienen su responsabilidad los medios holgazanes y cómplices, y el poder político y su manía de mandar todo bajo la alfombra para que parezca que nada pasa, cuando en realidad todo pasa.

Esa entidad cultural sanjuanina de ocultar se veía en cómo trataban a los protagonistas. A las víctimas se las mencionaba como “las porteñas” y a los criminales de “jóvenes sanjuaninos de buena familia”. Hay que ser claro. Las dos jóvenes fueron violadas por nueve de los doce componentes de esa banda de criminales.

Y la palabra es criminales y no queda duda de eso.  No tan solo porque cometieron las violaciones, las presenciaron, fueron cómplices, o todo lo que tuviera que ver con el hecho en sí, sino que también se fugaron de la justicia, falsificaron documentos y otros delitos afines a su causa.

Se llama criminal al que comete una serie de delitos, y sin duda estas dos personas más allá de participar en la violación, iniciaron una cadena de ilegalidades ya sea por si mismos o motivados por familias y abogados que no querían.

Sin duda que los hechos hablan por sí solos. Las crónicas de la época indican que las dos muchachas oriundas de Buenos Aires pasaban  sus últimos días de vacaciones en la provincia. Era a fines del febrero de 1989 y Mónica Patricia Castro y Carina Bertolini aceptaron dar un pequeño paseo hasta el Dique de Ullum, invitadas por Andrés Di Febo y Francisco Merino, dos de los acusados que las conocían con anterioridad.

El viaje en el Fiat 600 tuvo de todo. Desde risas y conversación, hasta sorpresa y golpes de puños hacía esas dos muchachas que habían pasado de turistas a víctimas de una pandilla de indeseables.  Cuando la violencia comenzó, el viaje cambió de destino y en vez de direccionar para el embalse, el auto tomó la dirección del Camping El Pinar, en el departamento Rivadavia.
Allí fueron emboscadas por otros diez cómplices, quienes las golpearon e inmovilizaron para violarlas. Aseguraron que de los doce, solo nueve de ellos lo hicieron. También cuentan que una de las víctimas se hizo la desmayada para que no siguieran abusando de ella.

Hay que imaginarse lo violenta que debe haber sido la situación. De cómo doce varones hacían cola para violar a dos mujeres. ¿Cómo habrá sido el ruido de los golpes que recibían las víctimas? ¿Cómo sonarían los gemidos de dolor y los llantos de esas dos personas vejadas? ¿Cómo se comportarían los perpetradores? ¿Gritarían de gozo ante un festín de violencia y sexo? ¿Hacían bromas sobre lo que hacían  a sus víctimas?

Cómo habrá sido el horror que una de ellas tuvo que hacerse la desmayada para que no siguieran violándola. ¿Alguien se imagina pasar por una situación así? ¿Peor aún, alguien se imagina que una esposa, una hija, o una hermana suya pase por eso? ¿Alguien podría soportar esto?

Después de imaginarse esta escena, ¿alguien se anima a volver a mencionar a estos criminales como “jóvenes sanjuaninos de buena familia”?  ¿Alguien se imagina quienes habrán abusado de estos acusados para que ellos abusen de otras personas? Porque sin duda un abusador, un violador, es una persona que ha sufrido el mismo abuso y que cuando se lo hace a otra persona solo repite lo que le hicieron a él.

Y luego el ocultamiento. ¿Es posible que en una comunidad tan pequeña como la de San Juan un hecho de esta característica y de esta magnitud fuera ocultado al público por tres días? Sí es posible. La violación ocurrió entre la noche del 23 y la madrugada del 24 de febrero de 1989. La primera noticia que se conoce en un medio masivo de comunicación, fue el día 27 de febrero en las páginas del Diario de Cuyo.

Tres días. ¿Qué sucedió en esas 72 horas? ¿Cuántas pistas se ocultaron? ¿De qué manera se contaminó la escena del crimen para que no se descubriera nada? (esto ya lo hemos visto en otros casos que hemos narrado en TSJ). ¿Sirvió ese tiempo para que los responsables salieran de San Juan y del país y no ser “alcanzados” por la justicia? ¿Sirvió este tiempo para que los miembros de las “buenas familias” y sus abogados lograran una estrategia para que los acusados quedaran libres e impunes de su crimen?

Y luego la duda. De forma directa e indirecta la policía, la justicia, los medios y el gobierno se dedicaron a sembrar la duda sobre las dos víctimas. Duda que le vino como anillo al dedo a una sociedad que estaba acostumbrada a mirar para otro lado en vez de pedir justicia. 

 Quizás esta costumbre les quedó desde la última dictadura militar. Porque de alguna forma pareciera que en ese momento en San Juan, a pesar de que había llegado la democracia al país, no había cambiado nada, ya que el Bloquismo que gobernó en complicidad con los militares en ese oscuro periodo sin justicia en la Argentina, fue el mismo que gobernó cuando en 1983 volvió la democracia al país.

Quizás fueron esos dirigentes políticos los que mantuvieron el mismo método de difamar a las víctimas y dejar impunes a los criminales, de la misma forma que se hizo en esos años y como ahora se está viendo en los juicios a responsables de crímenes de Lesa Humanidad cometidos en San Juan que se realizan en el Rectorado de la Universidad Nacional de San Juan.

Tanto se insistió en la posibilidad de que “no era para tanto”, “que ellas habían accedido, que las ‘porteñas’ no habían sido violadas”, qué recién hubo un aceptación en la justicia de un caso de doble violación, cuando las víctimas entregaron sus prendas interiores desgarradas y ensangrentadas a las autoridades para que les creyeran de una buena vez. Por lo menos vergonzoso.

Y luego la impunidad.  Francisco Merino, Fernando Aguirre, Sergio Quintana, Alejandro Orozco, Gustavo Centeno, Marcelo Gallardo, Sergio Landa, Sergio Brazzolotto,  Juan Antonio González  Andrés Di Febo, Alfredo Landa y Alfredo Gómez. Estos son los nombres de las personas que participaron de la doble violación. Estos son los nombres que tuvieron la oportunidad y el tiempo para quedar impunes por su crimen.

Gallardo, Landa (Sergio), Brazzolotto y González, fueron condenados por violación, pero cumplieron su sentencia en libertad por ser menores. Muy conveniente. Merino, Di Febo, Landa (Alfredo) y Gómez pasaron algún tiempo en prisión, pero quedaron en libertad por oportunos beneficios judiciales. Y finalmente Aguirre, Quintana, Orozco y Centeno, nunca fueron atrapados y todavía continúan prófugos  de la lenta justicia sanjuanina.

Seguramente muchos opinarán que no todo se puede achacar a la justicia, a la policía, a los medios o al poder político en San Juan. Que tal vez se hizo lo posible en este caso. Quizás es posible entenderlo. Era pasar de una mentalidad en la que la justicia era para unos pocos, a un sistema en  que la justicia era para todos.

Lo que no se entiende es cómo este caso no sirvió como una advertencia para toda la sociedad sanjuanina. Cómo se permitió que hechos de este tipo se siguieran produciendo y que nadie haya hecho nada. Que los apellidos Hensel, Pacheco, Tellechea, Roldán, Martínez, Salas, Verdú, sean solo un archivo de la vergüenza de no encontrar culpables.

El caso El Pinar les gritó a todos los sanjuaninos: “YO TE AVISE”, pero como nadie hizo nada, como nadie se preocupó, porque tan solo las familias y las víctimas sufren, “VOS, YO Y TODOS, TODAVÍA NO ESCUCHAMOS”.

Dolor

Tomadas de la mano y sentadas frente a la periodista de un semanario porteño, Carina Daniela Bertolini y Mónica Patricia Castro contaron su historia en el año 1996. La foto las muestra de espaldas, flanqueadas por los padres de ambas y el novio de Mónica. Así fueron desgranando de a poco recuerdos de una noche que les cambió la vida para siempre.

“¿Qué me acuerdo? Una de las cosas que más me acuerdo fue el dolor en la espalda , porque de tanto arrastrarme por las piedras me lastimaron y las marcas quedaron por mucho tiempo. También la impotencia de escuchar a lo lejos los gritos de Daniela y no poder hacer nada. El instinto me ayudó y fingí un ataque para que me dejaran en paz, pero ya me habían violado dos de ellos”, relata Mónica.

Daniela habla menos. No baja la mirada, pero aún cuando ya pasó el tiempo, todavía conserva ese vacío tan propio del sufrimiento cuando es muy profundo. “¿Eras virgen?”, le pregunta la periodista. Y ella responde que sí. “Llegaron a decir que yo quería debutar con muchos. En un momento mientras uno me violaba, otro me abría la boca a la fuerza. Entre ellos se hacían chistes. Al último, perdí las fuerzas y llegué a pensar que mejor era morirme ahí mismo”, cuenta.

Las pericias comprobaron, además de la violación, que habían sido muy golpeadas. “Me tiraban del pelo para que no gritara, me decían histérica. Cuando se fueron, lo único que podía escuchar en la oscuridad fue el llanto de Mónica. Ahí recién pude llorar yo”, dijo Daniela.

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