Cuando no era el agua de regadío, eran los carrizales que el otro ya planeaba cortar o los animales que cruzaban al lote vecino. Siempre había excusas para que Nicolás y Wilfredo se provocaran y volvieran a discutir. Sus ranchos estaban separados por doscientos metros de distancia y no había forma de que no se vieran las caras. Los dos obreros rurales se detestaban y no tenían adónde más ir que esa finca de Pocito, testigo de las broncas acumuladas de uno y otro lado, como una bomba de tiempo que tarde o temprano podía estallar.
Amanecía aquel domingo 14 de abril de 1968. Nicolás Albino Pizarro volvía trasnochado y pasó por el frente de la casa de su vecino Wilfredo Lahoz, que a las 7.30 estaba parado en la puerta de su rancho. “Miralo, recién va. ¿Dónde habrá dormido anoche?”, tiró este último peón, todo irónico y desafiante, en alusión a su vecino.
Pizarro apretó los dientes para no contestarle y siguió de largo, pero mientras caminaba miró a sus espaldas y notó que Lahoz se alejaba en dirección a los cultivos largando insultos en voz alta. Pero, en vez de calmarse, Pizarro se engranó y, con los tragos encima, se dio manija diciéndose que debía pegar la vuelta e ir a contestarle al vecino.
Él mismo luego reconoció que en ese momento “tomó bronca” y apenas entró a su casa, calzó su cuchillo en la cintura y salió a buscar a Lahoz. A cien metros de la casa lo encontró: “Aquí estoy. Insultame como me insultaste…”, dijo Pizarro, desafiándolo con su cuchillo a la vista en una de sus manos.
Wilfredo Lahoz no se asustó y también desenfundó el puñal, dispuesto a todo. Los periodistas de la época calificaron al enfrentamiento como un “duelo criollo”, pero se trató de una pelea circunstancial originada por viejas disputas entre dos peones que vivían de prestado con sus familias dentro de la finca Sánchez, en el callejón Conte Grand, entre calles 9 y 10.
Lo que pasó esa mañana del domingo 14 de abril de 1968 fue atroz. Lejos de la vista de sus mujeres e hijos, los dos obreros rurales se trenzaron a cuchillazos e hirieron mutuamente. Pizarro era más terco y hábil con el cuchillo, y los resultados quedaron a la vista en esos furiosos y contados minutos. Lahoz cayó entre los pastizales producto de los once puntazos que recibió, algunos en el rostro y tres de ellos en zonas vitales de su cuerpo.
Pizarro también salió ensangrentado, pero las heridas no eran profundas. Siempre se mantuvo en pie y, cuando vio vencido a su víctima, lo desarmó. Minutos más tarde, las familias de los dos peones tomaron conocimiento de la sangrienta pelea y corrieron a socorrer a Lahoz. Pizarro, por el contrario, enfiló hacia la Comisaría 7ª de Pocito para entregarse.
Una escena grafica lo alterado que estaba Pizarro. Cuando un policía se acercó a atenderlo en el mostrador de la seccional, el jornalero levantó su cuchillo y afirmó: “Con este he matado al machito”, en referencia a Lahoz. Ahí mismo contó lo sucedido en el interior de la finca Sánchez y pidió que fueran a buscar a su vecino ya herido mortalmente.
Wilfredo Lahoz, de 38 años, fue trasladado al hospital de Pocito, pero llegó sin vida. Nicolás Albino Pizarro, de 35, para entonces estaba alojado en un calabozo. Al rato le informaron que quedaba detenido por el cargo de homicidio.
Durante la investigación, Pizarro se justificó afirmando que había actuado en defensa propia porque Lahoz también lo había atacado con un cuchillo. Esa versión contradecía otra parte de su relato en el que reconoció que él enfrentó a su vecino. En todo caso, quedaba claro que era la víctima quien intentó defenderse.
La sentencia, dictada el 27 de agosto de 1969, fue categórica. El magistrado que impartió Justicia concluyó que quien había creado la situación de peligro había sido el propio Pizarro, que se armó con ese cuchillo, salió de su vivienda y fue a buscar deliberadamente a Lahoz para desafiarlo. Por esa razón descartó la legítima defensa y lo condenó a 9 años de prisión por homicidio simple.